sábado, 20 de enero de 2018

La significación de la vagina o del significante democrático.


Mientras en los guetos intelectuales continua la discusión por la herencia lacaniana, en relación a sus distintos seminarios, uno de ellos, que plantea “la significación del falo” pronunciado en 1958, llevado al plano de lo político (suponiendo la existencia de esta faz, sumada a los planos psicoanalítico y filosófico) representaría la anuencia, la aceptación, de lo humano, con respecto a las formas de gobierno que irrumpieron en aquel entonces, donde el poder como tensión (como demanda inmanente en o de lo colectivo) se obliteraba, en el otro plano, es decir se reconvertía en un significante político que se presentaba, fálico, turgente, penetrante, agresivo, invasor; gobiernos autoritarios que reaccionaban a la fantasía de poder ser castrados, con la impetuosa e irrestricta aplicación de una ley penal, que en su primera como última ratio, ejercía violencia en todas y cada una de sus modalidades posibles. En la actualidad, a plena luz de nuestras complejidades democráticas, el poder desentrañar los nudos (“El complejo de castración inconsciente tiene una función de nudo”, afirmaba Lacan en la significación del falo, que más luego citaremos en forma más extensa) que nos propone la faz política, nos permitiremos el analizar, la cuestión democrática, en donde se inscriben sus acciones, o sus faltantes, ausencias, obliteraciones entre las demandas (per se naturales ) y los deseos que surgen como resultantes de la no totalidad o no concreción de lo demandado. Llamamos a esta faz, psicoanalítica, que bien podría ser correspondiente al plano simbólico, desde donde se terminan de inscribir los significantes. Esta es la razón por la que la vagina, como otrora desde los tiempos de Freud y luego Lacan, funge como el elemento que se traducirá más luego como el significante democrático, como lo señalábamos al comienzo, a diferencia de los tiempos políticos incluso de quiénes postularon al falo como el objeto constituyente de lo normativo, o constitutivo del poder como de su administración.
La vagina es democrática por antonomasia. La vagina es abertura, es dolor de parto como pliegues de succión, es puerta de salida del ser invaginado como puerta de entrada al mundo del clímax en donde se funde y confunde, placer con satisfacción. La vagina es la última instancia, el último responso antes del vacío sideral, símil a los agujeros negro, en donde el tiempo y el espacio, se van de razón, se tergiversan en la posibilidad de la otra vida, en el más allá de esta vida, que no debe ser más que el estadio intrauterino del cuál provenimos, en donde no había nada por demandar, de allí que no existiera el deseo en cuanto tal y por ende la no facultad de conciencia, mucho menos de deseo.
En la constitución de esto mismo, es que antes de ser seres deseantes, somos seres demandantes. Al no poder sernos correspondidas todas y cada una de ellas, esos faltantes, desajustes o no provisiones, las constituimos en deseos que operan en el plano de lo filosófico, es decir en lo que puede como no puede ser, en el reino de las primeras y las últimas causas. El deseo se agrava en complejidad, dado que al cumplimentarse, deja de ser tal o de operar como deseo, lo mismo sucede con la filosofía, no puede ser ciencia que determine un campo acotado, ni mucho menos un ejercicio que cumpla una función específica.
Al no tener, el sujeto político, es decir el hombre atado al contrato social (entiéndase este como condicionante, o como sucedáneo de una lógica de amo y esclavo) un resultante conveniente, convincente, que lo reafirme en su posibilidad de ser todos a la vez (de aquí surge la igualdad de posibilidades o de oportunidades, como si fuese un axioma al estilo la prohibición del incesto antropológico) no en el mismo tiempo claro está, respetando el principio de no contradicción, y habiendo atravesado la fase del falo, es decir, habiendo transido la consumación del poder, desde la turgencia peneana de los modos y las formas abusivas y arbitrarias de los gobiernos pre democráticos, es que ingresamos a esta viabilidad democrática o vaginal.
Recordemos, en el siguiente extracto, el texto del que tomamos la referencia: “El falo es el significante privilegiado de esa marca en que la parte del logos se une al advenimiento del deseo. Puede decirse que ese significante es escogido como lo más sobresaliente de lo que puede captarse en lo real de la copulación sexual, a la vez que como el más simbólico en el sentido literal (tipográfico) de este término, puesto que equivale allí a la cópula (lógica). Puede decirse también que es por su turgencia  a la imagen del flujo vital en cuanto pasa a la generación…Digamos que esas relaciones girarán alrededor de un ser y de un tener que, por referirse a un significante, el falo, tienen el efecto contrariado de dar por una parte realidad al sujeto en ese significante, y por otra parte irrealizar las relaciones que han de significarse” (Lacan,J. “La significación del falo”. 1958).
A lo largo de la historia, el sujeto de lo humano, es decir el ser, no decodificado en sus manifestaciones en los otros planos desde los que habla, dispuso, por citar ejemplos, que la histeria, etimológicamente, útero, refería solo a una suerte de incapacidad o problemática, solo atribuible a la mujer, a la misma se le impuso (en muchas culturas, lamentablemente sigue siendo así) la posibilidad de sus desarrollos de derechos laborales, cívicos o electorales, en tiempos en donde se escribían las fases del falo y la significación del mismo.
No es casual, que en todas las manifestaciones, o quejas o demandas (en verdad deseo de tener una sociedad o una democracia mejor) existan principios tales como “la revolución será feminista o no será” y se acompañen acciones del llamado género para luchar desde la perspectiva de la mujer como nunca antes.
Esto es un claro síntoma, no un diagnóstico ni la postulación de un tratamiento o del mejor.
En términos claros, no significa que quién porte vagina, tenga más (como tampoco menos) derechos que quién no la porte. El significante de la vagina, es que la democracia es una gran vagina social, plausible de comportamientos histéricos, de aplazar la concreción, de mostrar sus ambivalencias entre madre y mujer, de estar abierta, pero no siempre, sino a resguardo de ser comprendida, bien tratada, de lo contrario, puede cerrarse, volverse frígida, seca, petulante, indiferente y hasta cruel, como la muerte misma que no deja de ser la misma puerta, esta vez de salida, como lo fue la de entrada, la vagina de la mujer.
En el plano desde donde operemos, transitemos, nos obliteren o podamos desandar nuestra experiencia de lo humano, esta es una válvula, por no decir vulva que nos compensa en todo lo no correspondido, que nos devuelve la esperanza (que nos transforma en deseantes), de esa añoranza arquetípica de haberlo tenido todo, en ese mundo perfecto de lo intrauterino, pero esta vez, con el encanto de la seducción femenina, de que elegimos, a cada paso que nos va a suceder, como la promesa democrática, que no tiene solamente perfume, sino que es en su esencia, el sujeto político, en lógica femenina de nuestros tiempos actuales.



jueves, 11 de enero de 2018

La fase del falo debiera ser la fase de la vagina (Deconstruyendo a Freud).

“La elevación del falo a estatuto de fase. El falo pasa a constituir una fase del desarrollo de la libido…Fase implica obligatoriedad en el tiempo, más emergencia de una estructura nueva…para Freud esta fase tiene un valor fundamental en la constitución del sujeto. ¿Por qué el pene es elegido para elevarlo a nivel de fase, por qué no la premisa universal de la vagina?. Las dos respuestas de Freud son: La primera por la estética y la segunda por la clínica…La primera por propiedades de forma, estéticas, por su modo de aparecer… La vagina no se ve…La vista es constitutiva de lo sexual en tanto tal. La razón es algo pobre pero no se puede decir mucho más. La razón clínica es que se le atribuye un pene a todas las cosas, el infante y no quiere reconocer hasta muy tardíamente que la madre no lo posee…Freud era un poco misógino, hay que reconocerlo…Las mujeres no inventaron nada, dice, salvo el tejido, que proviene de tejer con los vellos pubianos para ocultar la falta de pene” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Pág. 77. Paidós. 2015. Buenos Aires.)
En el parricidio intelectual de arremeter contra la ley instituida (que es simbólicamente el parricidio), de acuerdo a los contextos sociales y políticos existentes, podemos dar cuenta de este cambio radical de perspectiva, que más allá de cómo sea entendido, tiene su razón de ser, independientemente de que se lleve por delante, postulados o axiomas de quiénes fueran, e incluso de su grado de verosimilitud.
La vagina como fase resolvería además la razón de ser de la angustia primigenia que pasaría a ser del temor a la muerte, el regreso a la vagina. Es decir, desde el nacimiento mismo, que es ni más ni menos que la muerte o la extinción de la vida intrauterina, todos estamos condicionados a volver a tal sitio seguro en donde no estábamos expuestos a todo lo que estaremos más luego en el andamiaje mismo de la vida. No tememos morir en cuanto a todo lo que se escribió sobre la muerte (fin de lo conocido, ingreso a lo desconocido, cese de conciencia, etc.) el temor es que con la muerte, se resuelve, finalmente, la tensión que nos mantuvo en esta vida y con vida. Regresamos finalmente a la abertura (llamamos de esta manera a lo que significa la vagina, que debiera ser llamada, para evitar el falogocentrismo del que hablaba Derrida, Chumino tal como se las bautizaron las andaluzas a sus vulvas), se nos termina la duda, el entre que nos debatía entre razón e instinto, que operaba tanto culpa (la felicidad terrenal es contraria a la perfección de la vida invaginada) como posibilidad de deseo, o deseos contrapuestos (la satisfacción de tener instantes de certeza en la incertidumbre de la vida, y la insatisfacción que nos produce el no poder perpetuarlos o absolutizarlos tal como sucedía en el útero). 
Arquetípicamente, la vagina incluso podría constituirse en lo sagrado. Es decir, su significante, lo femenino, extrañamente no fungió como tal, más que nada en la idea de lo divino.
Lo expresamos en un artículo que refería al “olvido del chumino (vagina)”: pensar, intuir o sentir, que la idea de un dios (o creador) tenga que ver con lo masculino, cuando en verdad y desde el sentido común, sí necesitamos construir una referencia teleológica, que nos brinde las certezas de las que carece lo humano, obligadamente, debe ser pensada, intuida y razonada como algo vinculado a lo femenino. Lo femenino no en su genitalidad, sino en lo iniciático, en lo basal, en lo obviamente primigenio que significa y representa la vagina.
Podríamos referir lo que significaría en un código freudiano o como se deconstruiría los fenómenos de la fantasía de castración (tanto la amenaza como el complejo de) como de envidia de pene, ante esta reformulación, sin embargo no se trata de un rectificación doctrinaria, dogmática, siquiera científica. Solo agregaremos que coincidimos con Freud en que la fase llamada fálica por él, y resignificada como fase vaginal por nosotros, es fundamental en la constitución del sujeto.
La definición misma de lo que somos, es decir no lo otro; cosa u objeto, sino sujeto, nos habla de que estamos atados, aprisionados, invaginados, creemos nosotros a, la contradicción manifiesta que nos hace evidente la conciencia, cada vez que se va constituyendo como tal, de que podemos seguir el lazo umbilical, pese a habernos desprendido del mismo, pero que simbólicamente nos acompaña por el resto de nuestra estadía en la tierra, hasta que finalmente nos recoge, nos retome, nos volvemos de la abertura de donde provenimos.
Sí alguna figura de la mitología griega debiésemos tomar para sostener la argumentación, sin duda sería la del hilo de Ariadna. Esta que etimológicamente significa la más pura, es sin duda, una denominación muy pertinente para la vagina. Es decir para la vagina como abertura en donde se desarrolla el feto, no como vulva o chumino por el cuál la mujer específica además puede encontrar placer. Ariadna es la representación de una concepción inmaculada, una suerte de figura previa a como, de acuerdo al catolicismo, fue concebido Jesucristo, el hijo de Dios.
Desde esa pureza, y tal como en el mito, el hilo (vendría a ser el cordón umbilical, primero real, luego simbólico) acompaña por el resto de su aventura (vida) al hombre que sin tal instrumento (es decir la necesidad de que tengamos esa tensión entre volver al útero, añoranza del mismo, culpa por lograr placeres fuera de él, temores inacabados en ese afuera que desconcierta, etc.) acabaría por inanición existencial. El verdadero sentido de la experiencia humana es ni más ni menos cómo se resuelve tal angustia primigenia, fundante o fundamental.
En términos políticos, es decir la constitución de un yo colectivo, no yoico, o el intento de, Hanna Arendt en el siglo anterior, el que le tocó vivir y que nos deparó el horror de los totalitarismos, afirmaba que “El padre es el gran criminal del siglo”, dando la pauta a lo que recién ahora reaccionan ciertos movimientos que pretenden, desde esa concretud femenina, masculinizar sus protestas, demandas y demás aspectos que no hacen a lo profundo de la cuestión.
En verdad tal criminal, no fue más que un matricida, del que surgió como movimiento dinámico de lo político; la democracia. La democracia también es una abertura, es una vagina simbólica, a la que mal usamos, mal predisponemos, y en términos machistas antediluvianos, la penetramos (sea con un falo orgánico o simbólico) una y otra vez, cuando solo la entendemos como el momento en que metemos el sobre en la urna, en la cesta en donde se reciben los votos. No es casual que esta imagen, refleje con contundencia esto mismo. El lugar que recibe el voto de los ciudadanos, la firma del contrato social, es una figura simbólica que semeja a una vagina, en donde la ciudadanía hace cola, una vez cada cierto tiempo, solamente para penetrarla, casi en una suerte de violación colectiva, de la que después nos horrorizamos cuando de tal acto, salen nuestros gobernantes.
Finalmente y a modo de presentación de esto mismo, hemos trabajado el aspecto continúo de que el sistema económico-financiero, de acumulación, es ni más ni menos que la réplica que pretendemos trazar de la comodidad en la que nos encontrábamos en la faz de invaginación.
El salirnos, con el hilo de Ariadna, de la vagina, y saber que vamos a retornar a ella, es toda la trama en la que constituimos nuestra experiencia humana, en donde en el medio, a los efectos de tapar, de llenar la angustia del horror al vacío que nos produce el agujero negro de esa vagina generadora, arrojadora, expulsadora, a la que finalmente, regresaremos, nos hemos servido del falo, del pene, como una suerte de antídoto, de talismán, de un dios de mentira, por haberlo masculinizado, y del que nos ayudó o ayuda, al letargo sempiterno del olvido de la vagina, la que como si fuese poco, además de hacernos los que nos hace, en caso de que queramos también nos puede otorgar un placer circunstancial, propinándonos una suerte de borrachera que mitiga la angustia primordial, pero que no ayuda ni a resolverla, ni al menos a razonarla o pensarla.

  


viernes, 5 de enero de 2018

El ministro o el tercero en discordia entre el pueblo y el gobernante.


“Viene el prefecto de policía a pedirle al detective Dupin que le ayude. Estando la reina en sus cámaras reales recibe una carta comprometedora para ella, y eso en el momento en que el rey entra en la cámara. La reina deja la carta sobre la mesa, como por descuido, para no llamar la atención del Rey. Pero justo en ese momento entra el Ministro, que se da cuenta de que en esa carta, hay algo comprometedor y de que la Reina procura que el Rey no la vea dejando la carta abandonada sobre la mesa como si no tuviera importancia. El Ministro se acerca entonces a la carta, y ante los ojos asombrados de la Reina, que no puede hacer nada, la toma y se la guarda, depositando sobre la mesa otra carta que ha sacado previamente del bolsillo. Y desde este mismo momento, el Ministro comienza a chantajear a la Reina. Esta ve, que en sus propias narices, el ministro roba la carta, llama entonces al prefecto de policía, quien pone en marcha a todos sus efectivos para dar con la carta pero no lo consigue. El prefecto acude al detective Dupin. Este va la casa del Ministro. Le basta entrar y da una breve ojeada para darse cuenta que la carta está a la vista; es decir que el Ministro vio que la mejor manera de ocultar la carta era ponerla absolutamente a la vista de todos. Dupin toma la carta sin que el Ministro se dé cuenta  y la que carta que deja de recambio dice “Destino tan funesto, si no es digno de Atreo es digno de Tiestes”.    
Oscar Masotta nos dirá que: “La función del ministro es la definición misma del chantaje. ¿Pero que es un chantaje? Es un poder sobre el otro, pero un poder cuyo término está marcado de antemano (cuando se consigue lo que se quería o en todo caso cuando se hace uso del poder) esta definición del chantajista implica la cuestión del tiempo durante el cual no hace uso de su poder. Un chantajista es aquel que para conservar poder no debe usar aquello que se le da, porque en el momento que lo usa, cae fuera de la estructura, cae fuera del interés del otro…Sí por un instante el Ministro se siente omnipotente y genial, pensara que en verdad su genialidad depende de la imbecilidad del policía (que es quién ante no poder encontrar la carta, recién acude a Dupin) podríamos decir que se le caerían las medias de vergüenza, entendiendo psicoanalíticamente que si uno tiene vergüenza en realidad lo que desea es lo contrario: exhibir…El relato consiste en ver a donde va a parar la omnipotencia del Ministro, esta es realmente la estructura del cuento lo que realmente nos apasiona: ¿ a dónde irá a parar este tipo tan desamparado, cuyo único amparo es una mirada que lo ratifica en la imagen que él se hace de sí mismo?” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Paidós. 2015. Buenos Aires)     
“La carta no tiene propiedad, no es propiedad de nadie. No tiene ningún sentido propio, ningún contenido propio que interese, en apariencia, con respecto a su trayecto. Es pues, estructuralmente volante y ha sido robada. Y el robo no se habría producido si ella hubiese poseído un sentido, o al menos si la hubiese constituido el contenido de su sentido, si se hubiese limitado a tener sentido y a ser determinada por la legibilidad de ese sentido: “Y además la movilización del bonito mundo cuyos retazos seguimos aquí no tendría sentido si la carta se contentase a tener uno. Lacan no dice que la carta no tiene sentido, no se contenta con tener uno solo y esta multiplicidad posible parece originar el movimiento” (Jaques Derrida en “El Concepto de Verdad en Lacan”).
El cuento de la carta nos habilito a ello, lo concreto (el plano de lo real) es el robo, pero el valor es algo que ni siquiera el relato devela, pues nunca se sabe que decía la carta (si es que decía algo), pero su tenencia o su destino en manos de otros, genera poder a su tenedor, al punto que es objeto de deseo de un tercero que roba la carta al primer robador. Lo que da valor al supuesto o enigmático contenido de la carta es el sentido que se le pueda brindar a la misma, la finalidad, no su mera tenencia (es decir si esa carta terminara en manos de alguien que no supiera como utilizarla, la materialidad de la tenencia sería la misma, pero caería a cero el valor de uso de la carta).
Sin embargo en el plano de lo simbólico, el Ministro, tal como lo afirmó Masotta es el personaje central y el destino de la omnipotencia para ponerlo en términos psicoanalíticos, es lo basal.
Para nosotros, que le daremos a partir de esta, una lectura política. El cuento tendría la siguiente representación.
El único que sigue siendo el mismo es el Ministro. La Reina es el gobernante y el Rey el pueblo. El Ministro, que sólo es elegido por la Reina (el gobernante) y no por el Rey (el pueblo) chantajea aquella, presumiendo que la ayudara para contentar al Rey (al pueblo) o en su defecto para que este no se dé cuenta que algo le está ocultando (la carta en el cuento, las buenas intenciones o las cuentas, o el acceso a la información pública en nuestra relectura).
El ministro, opera a su vez, bajo el báculo de la adulación permanente ante la Reina (es decir no puede, o difícilmente pueda, sostener una posición que realmente aporte, desde otro lugar,  dado que debe obedecer a esta obcecación primigenia) dado que el volumen de su chantaje se acrecienta en la medida que es estimado, por su adulación, que le propina a la Reina, sin importar si esta, le esconde cosas, lo engaña o lo daña al Rey (el pueblo).
El Ministro, en el caso de que sea per se, es decir que hubiera resultado elegido por sus condiciones, por sus méritos o por su idoneidad, y que además pueda sortear, favorablemente la intriga palaciega que le suscita el responder, ciegamente, como chantajear a la vez, a su mandante, la Reina, que no es quién manda, final ni eternamente (el Rey o el pueblo), jamás podrá dar lo mejor de sí, que sería su conocimiento, su asesoramiento o su capacidad, dado que trabaja en relación directa con alguien, (la Reina o el gobernante) de quién se puede presumir que trabaja a favor del Rey (el pueblo) pero sin que esto quede clara o expresamente acendrado. En el mejor de los casos, la relación entre gobernante y pueblo (Reina y Rey), es una vinculación íntima, marital, en donde el Ministro opera como una suerte de tercero en discordia.
Finalmente la carta,  sí alguna inscripción tiene es la del destino funesto, para Atreo o Tieste (obra de Racine, una tragedia de hermanos que se hacen a la fuerza de matanzas y que finalmente se matan entre sí a sus propios hijos, habiéndose perdonado mutuamente por ofensas previas) que vendría a ser algo así como la representación del tercero excluido (dos proposiciones en las que una niegue lo que se afirma en la otra, una de ellas es necesariamente verdadera.)
En nuestra interpretación; O manda el pueblo o manda el gobernante, pero nunca mandará el ministro.
Sí algo pretende el gobernante, para seguir haciéndole creer a sus gobernados, que trabaja para este, debiera más temprano que tarde, disponer de un sistema en donde la ciudadanía tenga algo que ver con la elección de los ministros (gabinete ciudadano por ejemplo) de lo contrario se continuara con una relación  “patológica” entre estos tres que no es beneficiosa para nadie (al menos en el plano real, donde las democracias occidentales demuestran severos problemas para encargarse positivamente de resolver problemas urgentes y acuciantes, como la pobreza y la marginalidad).



   




   


sábado, 7 de octubre de 2017

El maridaje entre el culo y la filosofía.




 “Una vez que se asesina a Sócrates, quizá surge un pálido remordimiento que impide nuevos asesinatos, y aunque la actitud filosófica no conquiste a las grandes masas del público, termina por llamar tanto la atención y hasta por crear un superficial respeto, que se fundan escuelas, facultades, institutos, bibliotecas en que, por unos siglos, se ha permitido e incluso se ha financiado la filosofía o, por lo menos, algo que se le parece a ratos. Hoy hay signos abundantes de que esta tregua está acabando”. (García-Baró, M. “Fenomenología y hermenéutica”. Editorial Salvat. 2015. Barcelona. Pág. 21.)
La cola es parte integrante de nuestra morfología. Como característica especial, no debe haber parte del cuerpo humano que semánticamente posea tantas, diversas y hasta contradictorias significaciones a partir de la misma. Tener culo, como obviamente todo lo tenemos, expresado con énfasis, es sin embargo una exclamación que está dirigida a señalar que hemos sido tocados, rozados o tutelados por  el azar. El que tiene culo es el que tiene suerte. La frase exclamativa, posee, sin embargo, un tinte o una connotación que destila cierta envidia por parte del propalador. Es decir, sí alguien nos dice que tenemos culo, nos lo está expresando con la carga que conlleva la malicia intrínseca de la perfidia. El culo por más que en su dimensión real, este asociado al rol, menos estético que posee el humano, el de las cloacas, el de desechar lo que al cuerpo no le sirve, traducido en materia fecal, mierda, sorete o caca; eliminada, incluso bajo el rigor del hedor característico de la misma, posee, paradojalmente, un encanto erótico, sensual, sexual y hasta comercial.
El culo es una parte admirada tanto en mujeres como en hombres. El culo es un espacio apetecible para la sexualidad, independientemente de que la misma práctica, sea clasificada (entendiendo que toda clasificación es una limitación) como homo, bi, hetero o pansexual. Sin embargo el culo, a nivel orgánico no demuestra que ese cuerpo está gozando, como sí lo hacen otros órganos sexuales, como el pene o la vulva que segregan sustancias específicas y concretas que ratifican la sensación orgásmica. Al culo, a lo sumo, hay que lubricarlo artificialmente para que su dilatación permita el ingreso de, e implorar, asimismo, que en la práctica sexual, el culo nunca excrete nada, para que no se tenga que sacar nada del mismo, en calidad de “embarrada”.
Se dice, se expresa, en tono, de deseo gozoso o de placer “Te voy a romper el culo”, en una suerte de codificación sádica, de tener un rédito sensitivo o espiritual a partir de propinarle una agresión al otro, de romperle algo que supuestamente se aprecia, se valora estéticamente, pero del que sin embargo lo único que salen son las heces, muchas veces hediondas y pinceladas por colores toscos, grumosos y poco afables. Esta particularidad del culo, se distancia abismalmente de lo inimaginable que sería que nos digan “te voy  a gastar el pene” o “te desgarraré la vagina” o cualquiera de sus diversas versiones que tengan que ver con aquello de exclamar agresión a los efectos de un supuesto placer.
Pasando del plano de lo imaginario y lo simbólico, al plano de lo real, el culo nos sigue proporcionando su condición filosófica, aporética, o por decirlo en buen romance, su encantadora, como contradictoria, condición de órgano tabú, del qué nos avergonzamos tanto como nos excitamos al solo mencionarlo.
Sí pasáramos al ejercicio, siquiera científico, sino simplemente informal, de preguntar a amigos, conocidos o mediante plataformas informales de encuestas, cuantas personas practicaron, realmente sexo anal (sea en calidad de activos o de pasivos, en relaciones hetero, bi, homo o pansexuales), la evidencia será contundente. La proporción del culo como objeto de prácticas sexuales, a diferencia de cualquier otro órgano del cuerpo humano, no debe arribar al 10 % en tal  proporción. Es decir de 100 veces que alguien pudo haber practicado sexo, como mucho 10, habrán sido teniendo como eje principal de la práctica al culo. Esto no sería nada extraño, ni llamativo, por las razones orgánicas que lo determinan, sin embargo, se constituye como tal, dado que esta no realización en el plano de lo real, la llevamos, la transformamos, en el plano de lo simbólico o lo imaginario.
El culo es un talismán de la sexualidad no practicada. El culo es el significante más acabado de nuestra condición de seres contradictorios. Nos puede “ir como el culo”  (es decir mal) o podemos “tener el culo” de habernos sacado la lotería que será siempre igual para el culo, pero muy distinto para la significancia que queremos expresar mediante el mismo término.
El culo es el lugar mediante el cual deponemos lo que no usamos, hasta antiestéticamente (al menos así lo es por alguna razón occidental) pero que con la misma gravidez, desde otro contexto (un culo tapado, sea por una calza, una falda, una zunga, una vedetina) es exaltado en grado sumo, constituido como sanctasanctórum del erotismo como de la sexualidad.
El culo, en  esta condición de tabú-social, ratificó la misma, en la concelebra película “El último tango en París” en donde la afama escena de la joven untada con mantequilla para ser penetrada analmente, no sólo escandalizo en el momento (los setenta) sino que cuarenta años después continúo escandalizando dado que de acuerdo a las confesiones del director como del protagonista, la realidad de la escenificación incluyó que la actriz no sea consultada para que brinde su consentimiento (otras versiones indican que no fue tan así, sin embargo la protagonista luego del film, cayó en un llamativo espiral  de autodestrucción). La película, tuvo el éxito, cultural, artístico y comercial, porque grabo una violación anal.
Nuestra relación morbosa con el culo no acaba allí. La tesis que sustenta estas líneas es que nos genera tanto atractivo erótico-sensual el culo porque es la garantía de que luego de su práctica no derivará la misma en la concepción del ser humano, es decir, culeando no procreamos y ese es el verdadero encanto de un culo del que decimos, alardeamos y vociferamos el gozar sexualmente, pero del que nos da culpa, no nos da pleno gozo o solo nos lo da en un plano imaginario o simbólico pero nunca real.  
Nos alecciona  Bruno Mazzoldi  en “La prueba del culo ¿existe una filosofía latinoamericana?”: “Culo, en efecto, pariente, como collón, de culleus (el saco en que se cosía y ahogaba al parricida) sugiere del trasero más lo infundibuliforme que lo fundacional”.
Ese saco en donde se ahogaba al parricida (recordemos que el parricida es el que cambia las reglas de juego establecidas), la penalidad para el infractor político-cultural, o para el verdadero filósofo, devino en el culo y más luego en su furibunda como rizomática polisemia.
El culo es por antonomasia el órgano filosófico. Así nos va cómo el culo al no darle importancia, dimensión o al penalizar la filosofía. De culo nos podrá ir, tal como venimos, desconociendo el origen y la sustancia o la relación intrínseca entre el culo, tan seductor y popular, con la filosofía, tan selectiva, cuasi vergonzante, o en su doble condición de totémica y tabú.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Democrafobia.

El neologismo, o el término que viene siendo usado casi informalmente, por parte de ciudadanos occidentales del mundo que preocupados por el desandar del sistema político instituido, buscan resignificar o conceptualizar, el menosprecio o la escasa afección a la democracia de los que se dicen democráticos o los que formal y políticamente la representan (en término Lacanianos podríamos aducir: "El arte y la palabra suelen estar para velar la falta.") con la finalidad, precisa y obvia, de generar presencia, en el agujero de lo no democrático (sobre todo la criminalidad de que la democracia supuestamente garantice libertad y derechos humanos, a expensas de mantener a millones en la pobreza, la marginalidad y la exclusión) necesita de una definición precisa y taxativa. Por esta razón, en este único sentido, de un sendero que se nos impone (de lo contrario estaríamos obturando nuestra naturaleza humana, de salirnos de los automatismos o de los egocentrismos que sólo especulan con la acumulación idiotizante que es lo único que puede asegurar o garantizar esta democracia no democrática) es que apelamos, a los otros, la generalidad y solidaridad de los que somos en tanto otros, para desgarrar lo democrático, redefinirlo, interpelarlo, desmenuzarlo, estrujarlo, desenvolverlo, una y otra vez, resetearlo. Este es el único camino posible, para que la humanidad no abandone del todo su realización como tal. Padecer democrafobia es lo peor que nos puede pasar como sujetos colectivos, como sujetos políticos, como ciudadanos. Tenerle miedo a la palabra democracia, evitar criticarla, por una suerte de temor reverencial, de sacramento ante lo totémico y lo sagrado, no es más que continuar en una zona de confort que nos llevará como la fábula del sapo y del agua hirviendo, a sin darnos cuenta, agotarnos en la carencia absoluta de lo democrático como tal, por ausencia de una perspectiva crítica que la ponga delante de sus faltas, que la redefina para resucitarla, rescatarla del olvido indómito al que parece que la hemos sometido, en un oscuro rincón en donde duerme el sueño de los justos. Todos y cada uno de los aspectos que se vivencian de un tiempo a esta parte, en cada comunidad que se precia de democrática, y que últimamente, se recrudece, se multiplica en sus problemáticas, en sus indefiniciones, en sus traumas, en sus revueltas y en su crasa falta de mayor integridad como de razonabilidad, no es más que esto mismo, el señalamiento claro de la democrafobia que nos aterroriza, que nos paraliza que nos detiene, con pavor pantagruélico y que en caso de no tomar medida alguna para salir de tal y grave mal, nos terminará envolviendo con su mortaja, apelmazada de una cruenta y letal agonía, democráticamente funesta.
La democracia es palabra. Por el temor descripto, por el que padecemos a diario hasta para pensar en términos críticos lo democrático, hemos transformado a la democracia en número. Sólo interesa saber la cantidad delos que supuestamente apoyan una idea, una expresión, supuestamente colectiva o una individualidad envestida en supuesto ropaje democrático.
Debemos devolverle el sentido de la palabra, del logos, del concepto a lo democrático. El número, nunca pudo haberse constituido, como lamentablemente sucede desde un tiempo a esta parte, en lo basal de lo democrático, dado que la razón última de lo numérico, termina siendo la suerte o el azar.
Ponerle palabras a lo democrático, en los términos que fueren, enfrentar la democrafobia, es no el primer, sino el paso, dado que la cuestión numeraria, hasta podríamos dejarla para definir elementos secundarios que hemos transformado en primordiales, como la elección de representantes. Ir o no a una demarquía, podría ser un camino para redefinir lo representativo (existen algunas consideraciones teóricas acerca de esto mismo) sin embargo lo elemental o sustancial, es ponerle palabras, buscarlas, encontrarlas, inventarlas, escribirlas, compartirlas, hacerlas correr.
La democracia es antes que nada y por sobre todo, logos, palabra, concepto.



martes, 11 de julio de 2017

La selfie o el otro estadio del espejo en tiempos democráticos.

“El sentido es justamente lo que no es provisto por sí mismo, sino por lo otro; es en eso en lo que la metafísica, que busca un sentido más allá de las apariencias, ha sido siempre una metafísica de lo otro” (Rosset. C. “Lo real y su doble”, Libros del Zorzal. Buenos Aires. 2016. Pág.  79) ¿Qué buscamos al retratarnos mediante instrumentos inteligentes para luego multiplicar tal toma en las redes? ¿Acaso nos hemos detenido a preguntarnos acerca de esto? ¿Acaso nos preguntamos? ¿Cuánto de nosotros, es decir en concerniente a la toma de decisión, no le hemos cedido automáticamente, al apéndice instrumental que nos retrata una y otra vez, en un automatismo funcional que nos condiciona, tal vez a que no nos preguntemos, a que no nos cuestionemos, a que no pensemos, ni sintamos, sino que simplemente exterioricemos, que posemos, que vivamos en el postureo para haber pasado a ser ese otro de nosotros traducido en una interfaz o pantalla? “Privada de inmediatez, la realidad humana, queda naturalmente privada también de presente, lo cual significa que el hombre queda privado de la realidad a secas, si hemos de creer lo que dicen los estoicos, uno de cuyos puntos fuertes fue afirmar que la realidad sólo se conjuga en el presente. Pero el presente sería demasiado preocupante si no fuera más que inmediato y primero: sólo es abordable por medio de la representación, luego según una estructura iterativa que la asimila a un pasado o a un futuro en favor de  un ligero desfase que corroe su insoportable vigor y únicamente permite su asimilación bajo la forma de un doble más digerible que el original en su crudeza primera” (Ibídem. Pág.  67)
Recurrimos a la teorización Lacaniana acerca del estadio del espejo: “Al ocurrir el estadio del espejo el infante deja de angustiarse de sumo grado ante la ausencia de la madre, pasando a poder regocijarse percibiéndose reflejado, y, sobre todo, dotado de unidad corporal, de un cuerpo propio (al que identificará con "su" yo). El regocijo experimentado al observar su imagen es también un primer momento de sentimiento de placer con su cuerpo, sin la directa asistencia de la madre. Así el estadio del espejo revela la configuración del yo del sujeto. Como para que tal haya ocurrido ha sido menester el estímulo externo desde un semejante, Lacan deduce de allí que, en principio, inicialmente, todo yo es un Otro. Pero el estadio del espejo por sí solo, con la implicación de la madre o la función materna, no resultan suficientes para la subjetivación. Lacan deduce luego que se requiere un tertium, un tercero. Es la función paterna la que permitirá mantener la noción de unidad corporal del sujeto y luego el desarrollo psíquico que deviene a partir de esta primera percepción de unidad”.
La representación de nuestro yo, la segunda instancia, o para hacerlo algo complejo, lo otro de nosotros mismos, está en eso que dejamos de ser, en la traducibilidad de la selfie, de la toma, que nos toma, el artefacto, que nos ha enajenado, que tal como se profetizaba en diferentes películas desde “Al morir la noche” de 1945 hasta nuestros días, en aquella el muñeco domina al ventrílocuo en las actuales las computadoras o la inteligencia artificial, nuestro mundo o lo que hemos dejado que suceda con él, la dejar de intervenir en el mismo como nosotros mismos.
La retratación sistémica, la iteración de la selfie, no sólo que nos conduce a la afirmación psicoanalítica de la constitución del yo como otro, realizada en aquel primer estadio del espejo en la niñez, sino precisamente, en nuestro retorno, gozoso que se traduce en que pretendamos obtener los comentarios o las implicancias al socializar las selfies o autorretratos que nos toma el teléfono inteligente.
Es decir, tal como en la niñez, frente al espejo, la autopercepción nos brindó el reconocimiento del gozo, sin intermediación sobre todo materna, en la adultez, supuesta, ese otro en que nos traducimos, en que nos representamos, vuelve, mediante el comentario (sea positivo o negativo ) el me gusta o todas las opciones de respuestas que brinden las distintas redes sociales a las que el teléfono móvil (como una suerte de padre autoritario o narcisista) dispara al compartir nuestro acto gozoso, del autorretrato, la selfie o la foto.
Políticamente, dado que lo está en cuestión o en juego, es sí estamos eligiendo lo que nos sucede, tal como creemos elegir un gobierno o a nuestros representantes, el retrato, de lo que no somos, es decir la promesa, lo imposible de lo democrático, precisamente, funciona en ese no cumplimiento, en esa no realización. No constituimos un gobierno ni del pueblo, ni para el pueblo, sino una entelequia como doble, que sin embargo, es todo eso y más, la festejamos, la simbolizamos en el ejercicio electoral, la convertimos en fetiche. Las elecciones que se llevan a cabo en distintas partes del mundo, son las selfies, las fotos que socializamos, la imagen que nos da gozo de lo que supuestamente somos, a sabiendas de que no lo somos.  Nos ha dejado de importar que nos importe ser, ahora nos alcanza con vernos, más allá de cómo, cuando, donde y porque, consiguientemente nos importa nada, quien nos gobierne, como, cuando y porque. Tal vez, este segundo estadio del espejo, de habitar dentro de la interfaz, de habernos convertido en ese doble, nos evite la angustia de la muerte, no por nada tenemos gobernantes que nos dicen amar y trabajar por nuestra felicidad. No se trata de creer, sino de sentir, hemos dejado de desear para obtener el goce, a como dé lugar  y esta es nuestra gran tragedia en sí misma, a la que no podemos escapar desde la condición del doble, del autorretrato, del democrático supuesto.
  



miércoles, 21 de junio de 2017

El ser almibarado.

El almíbar es la sustancia que alumbra la sociabilidad del hombre. Tal como el líquido amniótico, o su predecesor o posibilitador, el semen, el almíbar también es una sustancia viscosa, espesa, pegajosa y gelatinosa, a diferencia de las primeras dos mencionadas, hasta ahora nunca analizada, en el sentido lato del término, que posibilita en este caso, que el sujeto, construya su yo simbólico, mediante el atesoramiento de situaciones placenteras,  que necesitan ser cosificadas, materializadas en números dulces, redondos, empalagosos, gozosos, que impiden la posibilidad, a quién queda embalsamado en tal puro placer, en determinarse en el deseo y la realización del mismo, o su camino hacia. El almíbar, como sustancia constitutiva, esconde tras su aparente bonhomía, el poder destructor de perforar, de atorar, de sepultar de una única sustancia al sujeto, encerrándolo en el plano de lo real, en donde consigue lo que quiere, el simple gozo, a costa de obturarle la posibilidad de seguir deseando y con ello de seguir siendo humano al sujeto encantado, que de esperma pasa a amniótico para terminar almibarado.
En este ciclo circadiano, el sujeto, deja de ser tal, y sólo se constituye en un mero ser biológico, en donde, a lo sumo será contemplado como tal, y en el mejor de los casos, tratado biopolíticamente, pero no subjetivamente, pues petrificado en tales líquidos, conservados en sus distintas espesuras, no se da la posibilidad de ser tal.
Sí bien, y tal como magistralmente lo detallara Jacques Lacan, con la metáfora de los nudos de Borromeo, cortando uno de los mismos se cortan los restantes, o como en la cinta de moebius, partís de un lugar le das la vuelta y volves al mismo lugar de donde saliste pero desde otro lado, la cuestión nodal, de nuestras democracias occidentales actuales, se puede apreciar más evidentemente desde este pliegue, desde esta perspectiva que se asoma desde lo almibarado de nuestra sociabilidad.
Bien podría decirse que el clivaje, para no ser traumática la escisión del hijo con la madre, debe realizarse almibaradamente, es decir, es el momento en el que irrumpe la sustancia, sustitutiva o complementaria de lo amniótico y seminal, mediante el rol paterno. Así como la prohibición del incesto es el principio de autoridad que trasciende la cuestión de género, e instaura un padre regulador, una regla que se masculiniza dado que en última instancia puede echar mano a la violencia instintiva para justificarse, a lo largo de nuestra historia el símbolo que logramos conceptualizar para cumplir o no cumplir una aceptación social, es el dinero, el billete, la teca, el contante y sonante, la tela, la lana, la mosca, la biyuya, la lata, la papota, la tarasca, o como lo quiera denominar. Esto es ni más ni menos que las distintas denominaciones en las que se desplaza la entidad simbólica de lo almibarado. La regla pasa a ser social, el padre, en su rol, no sólo que copula con la madre, que se sostiene en la prohibición del incesto, sino que además es el que consigue el dulce, el almíbar, la libada, la tajada, la porción de la torta, como también se expresa metafóricamente, en el accionar arquetípico de la succión que es en el plano individual y que en el plano social es la dinámica de la exacción. Las disputas últimas en relación a las preponderancias en cada uno de los roles desarrollados por géneros (hombre, mujer), no tienen que ver precisamente con la cuestión señalada del rol, que es precisamente la constitución predeterminada, como lo es, el juego, que encajan perfectamente como lo señalamos, o lo hubo de señalar el Lacanismo, con las figuras de Borromeo y Moebius, en las oscilaciones, que aportamos desde estas sustancias que no sólo han sido constitutivas (de hecho la vida misma proviene del agua y sin ella no sería tal) sino que lo siguen siendo, no solo a nivel individual, sino también social.
Este almíbar que permite la sociabilidad, que le garantiza al padre que se cumpla la ley de prohibición del incesto y con ella, todas las otras leyes que los padres simbólicos, mas luego dictaminan, a través de la política, debe ser en un proceso razonable de tiempo, escindido, nuevamente accionado el clivaje, para que el sujeto ya adulto, ya sujeto político, pueda experimentar la libertad, individual como política.
En estos períodos, es cuando la humanidad experimenta sus procesos de radicalidad cambiante, los llamados procesos revolucionarios, que son por lo general, en su mayoría, sangrientos, violentos o dolorosos, precisamente, porque prescinden del dulzor, se limpian de tanto almíbar y el descarnamiento, produce esta sensación de incertidumbre y desamparo, además de culpa y temerosidad de transgredir la regla de no tener regla y que todo valga (hasta en ese imaginario imposible el incesto y esto es lo que vuelve impracticable por mucho tiempo los periodos o momentos acotados de anarquía).
La filosofía así como la psicología para el individuo que busca o se busca en tal exploración de las palabras, se convierte en descarnada, en inservible, en impracticable, en enemiga de las cosas serias, de lo hacendoso, de lo importante, cuando se acendra en esta búsqueda que no es de lo verdadero, sino de lo descarnado, de lo enojoso, de lo despresurizado de las vainas de mielina en que se recubre el sujeto social, como para no sufrir, o para no temer.
La filosofía se transforma en un elemento a ser obviado, en ser encaramado en el almíbar de lo académico, de sus vanidades y complejidades, por un poder que está en uso de sujetos que no pueden, ni se animan a verse en su verdadera dimensión.
Los seres almibarados que construyen el gozo de que habitemos en un pacto social que siempre es perfectible, nos ofrecen más dosis del mismo producto, lo cual nos dispara a un paroxismo social que cada tanto, retorna, a un punto cero. En verdad al mismo punto como la cinta de Moebius, o se desatan todo los nudos, al desatarse uno, como los de Borromeo.
Sólo nos queda determinar en qué momento estamos, sí más próximos a barajar y dar de nuevo, de soltarnos de tanto almíbar, o aún resta para ello. Esta es la explicación de porqué, es el síntoma, de la importancia que cobraron los adivinadores modernos, los que auguran. Los encuestadores, los pronosticadores o gurúes de lo metodológico que nos dicen quiénes ganaran la próxima elección para que luego, tal resultado sea explicado por los comunicadores o analistas de tal fenómeno.
Esta es la razón, por la que cuando hablamos de la sinrazón de la razón entronizada, almibarada, aplacada por esta eruptividad de glucosa, los medios y canales se cierran a que estos planteos puedan circular con fluidez.
Somos seductoramente encantados, por quiénes decimos criticar, en tal lecho empalagoso, en donde dulcemente hemos rubricado la complicidad almibarada, seguramente, en un lento y progresivo camino sin retorno a una letanía de la que implosionará un nuevo orden que se ajuste a nuestras demandas como a nuestros límites que recorremos y recurrimos, una y otra vez, pero desde lugares distintos y con sustancias diversas.