sábado, 3 de noviembre de 2018

La democracia es lo indecible del poder.



“Lo que circula entre nosotros denominado como vacío, es lo indecible, sin representación para quien advino al lenguaje (sujeto)”. Levín, R. “Hacia un psicoanálisis de lo indecible”. (Psicoanálisis APdeBA - Vol. XXVI - Nº 2 – 2004. Pág. 339). Sí al principio fue el verbo, como reza en las sagradas escrituras, ante sin duda, en la cronología de la historia occidental, debió haber sido, el poema de las dos vías de Parménides que nos insta a que sigamos por lo que expresaba la diosa, voz de su poema: “Vías de indagación que se pueden pensar». La primera es nombrada de la siguiente manera: «que es, y también, no puede ser que no sea»; la segunda: «que no es, y también, es preciso que no sea». La primera vía es la «de la persuasión», que «acompaña a la verdad», mientras que la segunda es «completamente inescrutable» o «impracticable», puesto que «lo que no es» no se puede conocer ni expresar”. (Platón, Timeo I 345, 18–20 dos versos del poema de Parménides).
Claramente Parménides inaugura la vía de lo indecible. Sin embargo, desde su señalamiento, que bien pudo haber sido el prohijar una prohibición, lo que establece es la historia misma de todo lo otro que viene sucediendo con el fenómeno humano. Creyéndonos, desde Platón mismo, con su división entre el mundo eidético y el real, vía participación, habitamos lo indecible, con la firme convicción que las conjeturas que brindamos como palabra, como logos, como concepto, como posibilidad, nos hacen algo más certeros, más auténticos en la experiencia que nos podríamos dar de acuerdo a las atribuciones de lo humano, que implican libertad, felicidad, placer, vida y sus consabidos contrapesos de opresión, tristeza, goce y muerte. Semánticas del desequilibrio o nominalismos oscilantes, nada puede variar que allí donde no estamos es donde la eternidad se consagra. En el no lugar de la experiencia fallida es precisamente, desde donde venimos o hacia donde vamos, en este mientras tanto, que damos en llamar vida, una suerte de epojé o de parentésis homeopática, el entre abrevado entre cielo y tierra en donde transcurridos, es lo accidental, lo pasajero, mientras que aquello, lo inalterable, lo inescrutable, a lo que consagramos tanto temores, como esperanzas, es la razón de ser, de nuestra permanencia finita en este presente al que sólo le dedicamos palabras, que siempre serán escasamente vacuas, para llenar el vacío del que provenimos y hacia donde regresaremos.
Aquí es donde interviene el poder y el triunfo, dialéctico como flagrante de la democracia, como todo lo que nos puede brindar a una comunidad dada, sin que nos cumpla siquiera lo mínimo, lo elemental o lo básico. De todas las formas de organización política que hemos experimentado, no salimos de las mismas, por vía consensual, razonada o bajo la lógica en que previamente nos mantuvieron tras sus normas o prerrogativas. Con esto queremos expresar que es imposible el ansiar, el desear una democracia democrática o que se guie o manifieste bajo tales parámetros.     
Sí en la ambivalencia de lo humano, entre lo agonal de las fuerzas que pugnan, sean como pulsiones de vida o muerte, de verdad y mentira, de esto y lo otro, o las contraposiciones que fuesen, la democracia plantea en la actualidad, la versatilidad conjetural de hacernos creer que el poder puede ser asimilado, maniobrado, manipulado con razón y por sobre todo emoción humana e ilusamente con amor, verdad y justicia.
El pliegue, el borde, por donde, asoma el desborde lo democrático, es de acuerdo a la mayoría de las apreciaciones teóricas e intuitivas, el movimiento, el giro o la disrupción de lo femenino, una suerte de mare magnum, en donde todo parece girar alrededor de la vulva o de la vágina, como siglo atrás, el hombre (en su sentido genérico) giraba desde la hendija del falo.
Podríamos añadir entonces la siguiente apreciación; sí la ley es el padre, el deseo de la madre es la transgresión. “Desde Freud, inventor del psicoanálisis, la maternidad se inscribió como un síntoma de las mujeres, un modo particular de ellas de hacer con la falta. La lógica freudiana para las mujeres parte del no tener el falo, encontrando en el hijo su equivalente. Entonces, ellas se completan o se sienten completas teniendo niños. A partir del psicoanalista Jacques Lacan, el niño no ocupa tanto el lugar del falo de la madre, sino el lugar del objeto que causa su deseo, un objeto de satisfacción no representable, carente de significados, y que escapa a la imagen y al Ideal. De modo que, el lugar del niño en el deseo materno se emparenta con los objetos pulsionales: la voz, la mirada, la caca” (Graciela Giraldi, Psicoanalista. Notas escritas una mañana cualquiera, a la orilla del río Paraná, 2015, Rosario.)
El poder, como lo pulsional por antonomasia de lo indecible de lo humano, embarazó, nuevamente, a nuestra condición, y estamos en tránsito, en proceso, de ser a la vez, al unísono, concomitantemente, la parturienta, el engendrador y el gameto formado.
Nos vamos licuando, en deconstruir los principios mediante los cuáles comprendíamos los conceptos que otrora nos apaciguaban al brindarnos cierta precisión en explicaciones que creíamos o sentíamos como conmensurables, atendibles o que básicamente nos conformaban en un grado mínimo.
No nos tranquilizarán las mismas palabras, modos o dialécticas en las que nos veníamos desenvolviendo de acuerdo a los roles que nos fueron dados o que fuimos heredando.
Lo único cierto, e inmodificable, es que en este plano, desde Parménides, como desde siempre, la vía que pensamos que estamos transitando, no es precisamente la de la verdad o del conocimiento. Esa es de la que provenimos, hacia donde vamos siempre, al concluir esta experiencia de lo finito. En este mientras tanto, todo puede ocurrir, y estaremos más cerca de aceptarlo, es decir de manejarnos con ello, sí es que nos convencemos ( o confabulamos que es lo mismo, hasta tal vez lo sea suprimir y reprimir) de que toda la palabra, toda razón que se articule mediante ella, no puede dejar de traducir, de significar, de representar un beneficio para quién la plantea, y un perjuicio, velado, oculto, por ende engañado o engañoso, para todos aquellos a quienes necesite convencer o persuadir a los efectos de consumirles su fuerza, o cegarlos en su reacción. Esta es la razón por la cual la democracia posee sus horas contadas, el nuevo cuerpo en el que el envase del poder, referirá al fenómeno humano, tiene tras sí, otras formas, otras codificaciones y por ende, estipulará otros movimientos, otras manifestaciones.
Llámese como se llame (incluso le podrán seguir llamando democracia, o neodemocracia o democracia reformada) lo cierto es que ninguna organización de lo humano, podrá ponerle palabras, o un decir, al poder. Este seguirá siendo indecible. Salvo que se haga filosofía, pero para ello, antes que nada y por sobre todo, se debe poetizar. El único índice serio que manifieste un cierto “avance” en términos de calidad de lo humano, debe tener correlación en como tratan sus comunidades a sus poetas. Y tal como sucede con la política, desde Platón a esta parte, en relación al vínculo con nuestros poetas, estamos igual o peor que antaño.

viernes, 28 de septiembre de 2018

La inevitabilidad de la pobreza.


Psicoanalíticamente la falta no sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable. Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus social,  la asociación es inmediata y se cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político, escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o de la exclusión.
Hemos naturalizado, o mejor dicho tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que, adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.
El síntoma, es decir la manera, la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría.
La inevitabilidad de la pobreza, nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y que sólo tengamos,  medios, recursos, instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros los pobres o  marginales, en el mejor de los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.
La democracia se sostiene en la falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de completar tal falta.
La anemia democrática es en verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta, como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.
Cuando, ciertos informes estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”) que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.
La pobreza se nos torna, inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.
El problema de la pobreza, jamás puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número, esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo único  que nos preocupa de la pobreza es que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal calamidad,  cayendo en la trampa de creer que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni llenará, que no cubre la falta.
Insistimos la pobreza, en su inevitabilidad ya pertenece a  una suerte de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas” que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia .





jueves, 30 de agosto de 2018

Una relación de mierda.


Sigmund Freud sostenía que el dinero y las haces eran equivalente simbólicos. El placer que obtenemos al retener o al largar la materia fecal, se corresponde con la forma en la que nos manejamos con el uso del dinero. Si acumulamos, atesoramos, no lo largamos, es en definitiva no porque tengamos, sino porque no la queremos gastar. La ecuación es sencilla, rico es en definitiva el que no tiene nada propio. El largar, hacerla circular, tanto como inversión o gasto, cobra sentido, en toda su dimensión, mediante la traducibilidad, es decir mediante la cotización que hagamos de los intercambios. Mientras más consolidado y seguro estemos de lo que hacemos, mas podemos hacerlo valer ante los otros con los que nos correspondemos en el transitar el intercambio y por ende de la existencia, ontológica, como colectiva y de mercado. Esto es básicamente la confianza, de la que hablan los que no la tienen o no la generan. El día que entendamos o que queramos, que los números nos cierren o se traduzcan, favorablemente, nos daremos cuenta que más que economistas, necesitamos personas que piensen en las distintas áreas de gobierno.

Lo propio, lo de uno, más luego, debe ser siempre, indefectiblemente, validado por un otro. Si yo digo que esto es mío, debe existir un ámbito para que otros se notifiquen de mi manifestación de propiedad, hasta para el caso de que la pretendan para sí o me la pidan prestado. Por lo general el circuito de validaciones, es algo más sofisticado, o más entretejido que una lisa y llana transferencia. Se nota con excesiva claridad en el ámbito educativo-profesional. Para ser un doctor en algo, se necesita haber pasado por cientos de exámenes, haber aprobado la consideración de tantísimos docentes, más la consabida convivencia con pares, para luego, tener la legalidad como la legitimidad de cobrar honorarios por una actividad regulada en el concierto de la comunidad en donde uno se desenvuelva. Ahora bien, y existen muchos casos por cierto, se puede comprar un título de algo, que más allá de la encrucijada moral y la acción claramente ilegal, tenga como finalidad aquello que se expresa siempre de seguir estudiando y no abandonar, para al menos tener el título colgado, por más que no se trabaje ni se haga nada más con el mismo. Esta es la acción que define al rico en relación al dinero. Al acumular, es decir al obtener el título de grado, robando el espíritu y la finalidad del mismo (es decir comprándolo para atesorarlo) quién piensa que obtiene algo en verdad desvirtúa el concepto del tener. Es decir lo violenta, lo cosifica y lo petrifica en una mera transacción que le hace perder al comprador, como a la compra, la razón de ser de ambos, cómo y por sobre todo, del intercambio. De aquí que, el rico en el fondo, nunca tiene nada propio, nada que le haya valido la pena, sino que acumula transacciones para finalmente para la transacción, es decir no gastar. Para continuar con una proyección en clave psicoanalítica, podríamos decir que el rico, nunca deja de ser el niño que guarda los dulces que obtuvo en el cumpleaños, para llevárselo al significante madre y no consumirlo ni hacer nada mas con esos dulces, que perpetuar su relación de niño para con esa madre, mostrándoles tales adquisiciones y ofrendándoselas.
Las relaciones de sentido, adultas y extrapolando, las comunidades o sus mercados, en donde la traducibilidad, el intercambio, se encuentra más razonado, genera ámbitos más productivos como ecuánimes.
Es decir ninguna sociedad con altos índices de pobreza y marginalidad, puede tener o acarrear estos problemas, solamente por variables o variantes económicas.
Sí los ciudadanos de las aldeas occidentales, en donde las tormentas económicas, financieras, de tipos de cambio, de recesión, inflación, estanflación o de cualquier anomalía en términos de administración, piensan, creen, sienten o se convencen que tales situaciones coyunturales se pueden solucionar bajo resultantes numéricos, es decir mediante enclaves económicos, entonces tal aldea, tendrá más que un problema puntual, sino uno conceptual y de entendimiento pleno. Cualquier suma, que de lo que sea, hará de tal lugar, un sitio, en los términos que fuese, inviable.
Hasta la reforma protestante la humanidad concebía al dinero como algo sucio, oscuro, demoníaco. Luego de tal hito, se endioso a lo que era el vil metal y la traducibilidad, como la acumulación, se constituyeron en dogmas incuestionables.
Debemos repensar la relación de mierda que tenemos con el dinero, tanto en el ámbito del lenguaje evidente, como en el estructurado como tal en el inconsciente. Lo que podríamos hacer mientras tanto, es seguir escuchando a los que hablan de números, pero sin dejar de comprender que ellos ven la fotografía, el fenómeno superficial, en definitiva el resultante. Nos dicen el olor que tiene la mierda, pero no la relación que tenemos y por ende como mejorarla, para esto están las personas que piensan (llámese intelectuales, filósofos o como fuese) y estos son los que debieran estar más en contacto, más a mano, más cercanos con las personas, que votadas por el pueblo, toman las decisiones que impactan en la comunidad.
Usted podrá retener este pensamiento o hacerlo circular.


domingo, 5 de agosto de 2018

El deseo no se expresa en lo manifiesto.


Tal como en la afirmación Hegeliana “Yo no soy nada, lo otro de mí lo es todo”,  nada que pretendemos desde lo más auténtico de nuestro ser, podemos exteriorizarlo desde la traducibilidad de las palabras. El poder de garabatear signos, no es más que el síntoma expreso de la mudez a la que no podemos escapar, del contundente y silente presidio a la que nos condena el sinsentido. Esto mismo se explica sólo sí en la medida de su no explicación, mediante palabras, tras la epocalidad en la que transitamos, bajo la conciencia en la que nos creemos lógicos como comunicables.
Que seamos finitos, que perezcamos sin aceptar este contundente condicionamiento, es la prueba efectiva de que estamos habitando otro lugar, en donde latimos más profundamente, o para decirlo de otro modo, somos más auténticamente, donde tal vez los deseos se correspondan con nuestros actos o sensaciones más palmariamente.
Sí es que alguna vez hemos pensado, que vivimos en el mejor de los mundos posibles, es porque naturalmente, podamos ser, una versión diferente, apocada o disminuida de la que potencialmente pudimos desarrollar y que por ello, tendemos a desear lo imposible de un mundo que se nos escapa de la mundanidad finita.
Ningún ejemplo será tan explícito cuando afirmamos que estamos realizando algo que lo hacemos porque nos interesa el otro, el colectivo o lo público. Nada es menos real que expresar que hacemos algo que nos impulsa por lo que nos excede, por lo que nos es ajeno, lo que no nos pertenece. En todo caso, o en el mejor de los casos, lo hacemos, porque tememos a eso que se nos presenta como extraño y por tanto, pretendemos tutelarlo o maniobrarlo, desde la bondad, que no deja de ser el engaño, de que estamos interesados en tener el control de manejar, lo otro, por temor a ser manejados o tutelados por eso mismo que desconocemos.
Es muy difícil el reconocer esto, el ponerlo en palabras, difundirlo y actuar en consecuencia. La palabra, ni bien expresa, ya construye literaturidad, es su verdadera razón de ser. La semántica no pretende tener ningún valor de verdad, sino solamente de señalamiento. La nominalidad no busca discernir, sino simplemente caracterizar. La verdad, a decir de I. Bergman es sólo la pasión de los mentirosos, es un canal de ida en la que la salida se corresponde con el mismo ticket de entrada.
Tal como indica la teoría psicoanalítica, el inconsciente, estructurado como un lenguaje, nos manifestaría sus posiciones por intermedio de lo sabido; sueños, chistes y lo decodificable, analista mediante.
Sin embargo, es necesario, como imprescindible que en todo lo que creemos o definimos como asuntos públicos, a través de lo que comunican los medios de prensa, podamos socializar este principio que podría sintetizarse como; Nadie que nos prometa lo mejor para todos, está en su búsqueda o tiene tal intención.
En el oxímoron de la definición democrática, su imposible es lo perverso. Nadie quiere ser gobernado por el pueblo, dado que este o es el otro, o en su significante extenso, no es nadie.
Más allá de lo que podamos querer para cada uno de nosotros, muy difícilmente, queramos para organizarnos social o políticamente, ser gobernado por un otro o por nadie en el engaño del todos o del pueblo. Esto es lo que nos promete lo democrático, lo que inercialmente, aceptamos como un supuesto deseo colectivo, que no es tal, ni por asomo.
Sería interesante que manifestemos lo que deseamos, mediante los canales que vayamos encontrando y que se correspondan con lo eso que pretendamos.
Los poderes del estado, constituidos, instaurados y legitimados, por la prensa que únicamente se encarga en sostener tal régimen, tal status quo, jamás dirá que es lo que pretendemos o deseamos, por ello, los medios de  comunicación, solo expresan lo expresable, no solamente porque están codificados como una tabla en donde se manifiestan mediante el lenguaje socialmente aceptable.
Es decir, sí tuviésemos un canal de noticias, un  periódico o una radio, en donde sólo se brindaran todas y cada una de las informaciones que tengan que ver con lo público y no desde donde emanan o sale esos supuestos manifiestos (el poder político, el poder institucional, el poder académico, el poder religioso, el poder económico y todo poder  que oblitera lo que enuncia se encargará el trabajar u ocuparse de los demás) podríamos dar por sentado, que a la humanidad le interesa algo que tiene que ver con su propio género y que exceda la individualidad del que está pensando, enunciando o comunicando.
Desear, expresar y manifestar, podrían ser sinónimos o significar aspectos semejantes, esto no sólo es prueba fehaciente de los límites del lenguaje y por ende de nuestros propios límites, sino por sobre todo, que nada que tenga que ver con el todos, de lo colectivo, de eso que la política nos presenta como democrático, saldrá de algo que no tenga que ver con un aspecto personalísimo de cada uno de los existentes, que apenas nos diferenciamos de los que nos rodean, por atravesar cosas semejantes o iguales en un fractal de espacio-tiempo, distinto o diferente.
Esto es todo nuestro fenómeno humano, al resto lo dimos en llamar literatura y es lo que nos solapa, narcotiza y adormece, haciéndonos creer que estamos encaminados por un deseo o sueño, del que más nos alejamos a medida que creemos alcanzarlo o asirlo.
La sexualidad es el correlato del pliegue en donde creemos estar actuando por otra cosa que no es más que lo instintivo de continuar, pese a que no nos preguntemos o preguntándonos, más allá de las respuestas que podamos encontrar, sí es que vale la pena la experiencia humana. La sexualidad, en última instancia es el consuelo de nuestras carencias, las irredentas  respuestas que no refieren a lo que nos preguntamos o lo que podríamos pretender ser mediante esas preguntas que tal vez no se correspondan ni con nuestros miedos ni con los medios que tengamos como para hacerlos visibles.
Tener sexo es como ir a votar, en el mejor de los casos, no sabemos muy bien porque lo hacemos, que nos impulsa a ello, pero nos gusta, nos debilita, fortaleciéndonos, nos engrandece en la medida que nos empantana.
No nos interpelamos en nuestra sexualidad, en preguntarnos en que buscamos al perpetrar la continuidad de la especie, bajo el argumento no expresado de que alguna vez lo haremos mejor, tal como cuando votamos o cuando nos organizamos políticamente, siempre esperanzados por un deseo que no sabemos sí es tal.
Conviene que busquemos, bajo esas otras lógicas, que es lo que queremos, sí es que queremos algo y si podemos plantearnos esto mismo, bajo estos términos. De lo contrario, seguiremos haciendo lo que hasta ahora, que no es más que lo igual, o variaciones muy escasas de un modelo que aburre, cuando no oprime, otras posibilidades de ser, que tal vez, se animen a ir más allá del límite, de lo pensado o de lo deseado.






martes, 31 de julio de 2018

La indiferencia el arma concedida a los estultos.


Tal como narra magistralmente el danés Andersen (junto a Kierkegaard las celebridades del país desde donde la empresa Lego señorea al menos en occidente, a nivel de juguetes creativos) en uno de sus tantos,  celebrados cuentos, en este caso en el “nuevo traje del emperador”, la trama se consolida mediante el temor que profieren los incapaces,  que afectados por la inseguridad de sus límites que no reconocen, negando tales limitaciones, se enredan en las ilusiones y mentiras de otros, que a sabiendas de la impostura de estos, fabrican un mundo ficticio, en donde los estultos se creen sabios y termina todo como en el cuento, saliendo un rey desnudo a un acto público, creyendo que va con las mejores ropas, aplaudido por una cohorte de lisonjeros y lamebotas que a final del día, siquiera perciben que lo más virtuoso que poseen es tal capacidad de genuflexión y de concesiones laudatorias, para con sus reyes o amos absolutos. Esto no sería novedad, es decir no estamos, hasta ahora, agregando nada que no haya expresado, con mayor calidad, dinámica y poder de encantamiento, siglos atrás, Andersen.
La pena, irredenta, que les cabe a estos señores grises, estos don nadie, que teniendo la posibilidad de conseguirse un nombre y apellido, o dejar sus propias huellas en el sendero de la humanidad, la obturan por la supuesta seguridad o confort que les pueda llegar a dar (sensación ilusoria, además) un par de mendrugos que les sobran al amo-patrón del  que dependen en grado sumo y por el cual se aniquilan la posibilidad de ser, es precisamente esta, la de no llegar nunca a terminar de constituirse como entidades en el plano humano.
Ser indiferente es negar al otro. En la trama, compleja de la otredad, el camino más cruento es el de precisamente, censurarle la existencia, a ese que no es uno y que no se le reconoce. Para que un ser humano llegue a este extremo de agresividad, precisamente, es porque no alcanzo nunca en verdad la condición de sujeto, no tuvo la posibilidad de sentirse en plenitud consigo mismo y por ende, irradiar su humanidad o emprender la aventura de ser en sentido pleno. Ante la carencia, reacciona, con iracundia, con violencia, destilando lo peor que le han dado, que es ni más ni menos un ser mutilado, que preso de la incompletud, regurgita, el veneno que le hubieron de inocular, imposibilitándole como ser humano y vomitando, agresión mediante, la falta, lo ausente que enmarca la dimensión sideral de tal carencia.
No pasa porque el amo sometedor, juegue al esclavo cómo en la canción de la mítica banda de rock “Patricio rey y los redonditos de ricota”, dado que obrando de esta manera, existe conciencia y perversidad al esconderse en el antagonista, en reconocerlo a ese otro, desde la rivalidad de supuestamente representar, o tutelar también sus intereses.
En la indiferencia, el patronímico primigenio que coarta la libertad humana en nombre de garantizarla, despliega a millares de centuriones que van por el cometido de negar la existencia de quiénes osen pensar, cuestionar las cosas dadas o simplemente preguntar sin pedir permisos o concesiones.
El orden establecido que se sostiene en la pobreza conceptual de cada uno de sus integrantes que no se plantean el vivenciar la experiencia plena de la humanidad, riega cual vergel destinado al ocio distractivo a la jauría de cancerberos, que privados de la posibilidad de advertir la presencia de los otros, en lo único que ratifican su existencia es en su presencia tenebrosa, rendidos a los pies de quiénes los ponen en funciones y les insuflan su razón de ser.
Son los cortesanos de aquel Rey descripto por Andersen, quiénes habiendo perdido la posibilidad de construirse una identidad, a cambio de rasgar las vestiduras oficiales, tienen como objetivo no advertir la presencia de esos otros, que preguntan, pensando la verdadera razón de un ser humano en la tierra, más allá de las funciones que pueda, quiera o pretenda ejercer en el mientras tanto.
Sí existiese algún tipo de continuidad para el cuento del danés, suponiendo que pensó en que su público lector, infantil, pasase al mundo adulto, sin que esto signifique nada más que otro estadio, podríamos arriesgar que el rey, no se da cuenta que va desnudo, sino en todo caso, que todos, el resto, están desnudos y por ende, posiblemente, tal vez él.
El mejor combustible, dinamizador de la experiencia repetitiva y maquinal que practican los centuriones, desangelados y coartados en su posibilidad de ser, es el que obtienen mediante el poder, fáctico, concreto, real, de suponer que están tomando decisiones y que con tales discrecionalidades le modifican la vida a todos los que a ellos se les antoje, salvo a los que cuestionan tal supuesto poder o posibilidad, a estos lo destierran, tratándolos con indiferencia.
Cada vez, cada instancia en cada oportunidad, en que uno de estos centuriones, que estos lisonjeros del incuestionado poder, en el que reposan sus supuestas seguridades, no otorgan una firma, un derecho, un recurso, una posibilidad, a alguien que con su simple proceder u obrar, es decir con el sencillo vivir, demuestran que puede existir otra manera de ser en el mundo, temen el realizar tal cometido, para no verse desnudos, desolados y descarnados con sus propias pieles, con sus órganos, con sus genitales al viento, de los que tampoco deben estar ni conformes ni seguros, porque carecen, de valor, para tomar del destino de sus propias demostrar, y con ello, experimentar con profundidad lo que ofrece la condición humana.

   

jueves, 5 de julio de 2018

La tiranía del número o el síntoma de nuestro vacilar.



A diferencia del concepto, la cifra es indiscutible, inescrutable, inexpugnable, inapelable,  incuestionable y podríamos arriesgar, inhumana. En verdad es producto de lo humano, una suerte de reverberación, de herramienta o instrumental, que terminó, o termina,  obliterando, ocluyendo nuestras posibilidades más acabadas de entendimiento y por ende de traducibilidad (en la paradoja de haber sido alumbrado para lo contrario). Es decir, sabemos el precio de las cosas, más no así su valor, nos desesperamos por los índices macro como micro económicos, o por los indicadores numéricos que reflejarían nuestra salubridad o de que enfermedad estamos escapando, pero no cómo nos sentimos o que nos podría hacer más feliz. Creemos ser democráticos, por participar, como número, optando entre los que se nos ofrecen y obedeciendo a quién prevaleció por otro número que dictaminará su sentencia, que le pone cifra al pacto social, que se transforma en tal instancia, en una cuenta numérica.  Como sucede con los escritores, que caen en la tiranía, pese a creer habitar en el concepto. Los que se definen por la cantidad de libros que escribieron, editaron o vendieron, por la cantidad de lectores, de público que concitan sus acciones intelectuales o tertulias, convirtiéndose estos, en los tránsfugas de aquella causa, que dicen abrazar o encabezar, la del hombre como ser indiscernible de su posibilidad de pensar, como de expresar o exteriorizar estos pensamientos. Tal como la del banco, esa que nos dice, cuánto tenemos, cuantos autos, o de que año, podemos acceder, cuantos kilómetros más lejos podemos transitar, cuantas casas, terrenos, bienes muebles o inmuebles podemos ostentar, mediante ese número, que borra, acaso, lo conceptual y por ende lo más importante, nuestra noción auténtica de lo humano, como lo que no puede ser definido, ni absolutizado por un producto de nuestros propios temores, como lo es el número; un mero síntoma de nuestras vacilaciones.
En términos psicoanalíticos, o en su codificación, en su estructuración, el número es un síntoma. Para Lacan, los síntomas eran efectos del lenguaje, podríamos ajustar la significación y redefinirlo como defectos del lenguaje, es decir, lo ausente del mismo, es decir, el número. Siguiendo con lo propuesto por el autor francés, el síntoma es una manera que encuentra el sujeto de gozar. Gozar  que no es placer, sino una satisfacción paradójica que implica a las pulsiones parciales y conlleva a la vez sufrimiento.
Esto es lo que hacemos sistemáticamente, con respecto al síntoma número y sin darnos cuenta. Nos blindamos en el mismo, nos replegamos en su amparo que nos refiere a su noción de útero, que nos seduce, maternalmente, a los efectos de que no salgamos en nuestra búsqueda de realización humana. Obliterados, sujetos, atados umbilicalmente, nos privamos del placer que nos daría una humanidad realizada, por la intermediación o interdicción de ese goce, que no es más que la traducción imposible del número, que nunca nos terminará dando, aquello que buscamos que nos complete. El asirnos en la destemplanza de lo incierto, como imposibilidad, nos impele al accionar, dramático o sintomático de pretender, el imposible, de traducirnos, mediante la cifra cosificada, caemos en el reinado del goce, que nos hunde cada vez más al hacernos creer que con ello nos  estamos aferrando a algo, o construyendo una salida, un éxito (aprovechando el concepto en el inglés de exit).
El número funge síntoma e interactúa a nivel sistémico, transformando el proceso, colectivo, es decir económico, en depresivo.
La depresión económica, que se manifiesta en los índices de pobreza, de marginalidad, los desajustes financieros, como inflación, recesión, burbujas o bicicletas financieras, no son más que la depresión en sí misma, que cómo síntoma, está indicando el número,  o mejor dicho su tiranía, su accionar tiránico tal como en la lógica del amo, nos ponemos bajo él, en condición de esclavos, privándonos de nuestra posibilidad de conquista de ser por nosotros mismos, de realizarnos desde y para nuestra hábitat natural, que es el concepto, el logos, la palabra.
Quién pretendiera absolutizar el accionar filosófico, determinó que el vacilar de las cosas no es más que la revolución. Que vacilemos es señal, como síntoma, que estamos enfermos, en la paradoja que sólo los cuerpos vivos, enferman.
El número nunca cierra, nunca puede terminar de ser real. El número es lo más alocado, y poético, en el sentido peyorativo que se le da al término (sobre todo por parte de quiénes tienen todo, lo material, y muy pocas posibilidades o deseos de pensar o poetizar, que es lo mismo) que pudimos haber inventado.
El número es la muestra cabal de nuestras debilidades, de nuestros trémulos temores, de nuestra perfidia y por sobre todo, de nuestra insignificancia.
  

viernes, 8 de junio de 2018

Sólo hay vida humana, cuando se manifiesta el deseo.



Desde ciertos sectores se pretende abonar la tesis cientificista, de qué la vida humana posee un comienzo, preciso, unívoco y taxativo, en el momento mismo de la concepción. El derecho, que, no es más ni menos que la burda pretensión, de hacer ciencia de la palabra como imperativo (es decir desde lo tautológico que se define como un proceso, que en algún momento, se discute, se debate o se desafía, cuando en verdad esto apenas es así, por puro montaje, a los únicos efectos escenográficos que dieron en llamar antítesis) apostrofa en todas y cada una de las oportunidades normativas que se concelebran para darle legitimidad, es decir para que se le rinda, la debida como impracticable obediencia.
Sí existiese la vida, desde el momento mismo de la concepción, festejaríamos nuestros cumpleaños, la conmemoración de nuestros natalicios, en tal momento y no cuando lo hacemos, al momento que salimos del útero o en que nos alumbran a la realidad presente. No se trata de una argumentación baladí, expresamos, tal como vulgarmente se dice, el más común de los sentidos, el sentido común, que no significa que tengamos, sobradamente otros argumentos, para recordarnos en la obviedad, de qué al ser seres deseantes, esto es lo único que nos define, como seres y que por tanto, debe ser considerado, como razón principal para saber sí existe vida, tal como la entendemos, en un determinado organismo.
La vida no existe como una abstracción. Es decir, en caso de que quedemos solos ante el mundo, no tengamos a ningún otro para reconocernos en tales, la vida pasaría a ser no vida o una no reconocida en la dimensión actual, por más que la concepción, diga que tal sujeto, es un ser viviente y tiene derechos por tanto. Sin embargo, el derecho sí pasaría a ser, cabalmente la abstracción que es. En la actualidad, principios jurídicos consagrados no permiten la posibilidad de que personas vivan en la pobreza y la indignidad, o penalizan a quiénes puedan favorecer esto mismo, sin que tengamos noticias con respecto a la disminución en los últimos años de los horripilantes, como vergonzantes, índices que nos ensalzan en lo humano, soportando, que sólo lo seamos de ratos, en los que nos olvidamos de los que tienen hambre o sed y a los que alimentamos sólo con una falsa, como en el fondo, ruin expectativa.
Tutelar las ausencias, no es más que fagocitarlas. Nadie lucha, ni se preocupa menos que aquel que se precia de hacer de eso que denuncia, declamando, su causa, doblemente ajena. Porque no la padece, ni tampoco le interesa subsanar la misma, sólo lo moviliza, la adrenalina que gesta, al azuzarlo, esto mismo lo posiciona, en una suerte de atalaya moral, que lo enriquece vilmente, a expensas de las carencias, por las que dice estar luchando o declamando. No es raro, ni casual, que estos oportunistas, no hagan más que apocar, que trivializar y denostar, peyorativamente, lo conceptual como lo filosófico.
Son los que aferrados, acendrados, en lo inexpugnable de la docta ignorancia, quieren hacernos creer que la ciencia existió antes que la humanidad, ateridos en la maraña leguleya, pretenden que la felicidad sea un hecho porque lo dicta una norma.   
 No existen, ni existirán menos pobres, en  caso de que más personas se encarguen de resolver esa pobreza que les resulta ajena o les excede. A contrario sensu, posiblemente,  sea un obstáculo, el combatir la pobreza, ante tantos que dicen hacerlo; probablemente, la clave resida, en que los propios pobres, sean quiénes, de alguna u otra manera, puedan reformular el vínculo o la relación de lo humano, con sus extensiones, con sus objetos y de tal manera, reconvertir, reconfigurar, redimensionar, deconstruir, no solo su pobreza, sino lo humano, en toda su complexión. Bajo esta lógica, bajo esta posibilidad, bajo este sendero, no sólo que es un estorbo, sino también un impedimento, aquellos que dicen hacer algo por otros, a los que tutelan con el único fin de sacarles lo poco que les queda o que poseen.
No debe existir nada más dictatorial, en sentido potencial, que pretender tutelar,  o constituirse en la salvaguarda de la fusión de gametos. Llámese como se llame, tal organismo, y por más que antojadizamente, una lógica jurídica, performativamente (es decir desde el vamos, argumentándose en el decir, en el expresar, en el nombrar) pretenda ordenar, clasificar y determinar, qué es la vida, cuando la hay y cuando no, la misma, sólo se puede sostener, como tal, es decir cómo vida, cuando se manifiesta en su deseo de ser.
Por más crudo, que pueda sonarnos, que pueda reflejar nuestra condición de lo humano, sólo reconocemos la existencia de lo otro, cuando se nos figura como algo. Es más que obvio, como evidente, que cuando queremos dañar a alguien, lo destratamos con una frase que refiere a que no lo conocemos: “No existe” solemos expresar ante ese otro  al que violentamos, no reconociéndolo en su entidad. En sentido contrario, el llevar un antecedente semántico, como el apellido, es signo de pertenencia, para que precisamente nos conozcan, una carta de presentación que dice cosas, acerca de donde provenimos (en sociedades cerradas, incluso la marca del apellido no permite la identificación de los individuos de mismo apellido pero características o comportamientos sociales diferentes).
La vida, comienza a existir, cuando se manifiesta en su deseo de ser tal. Sea en el útero de alguien, o en la probeta de un laboratorio, un humano en formación, en determinado momento (que no puede ser precisado con exactitud por ciencia alguna, así como tampoco puede determinar el color de la felicidad, el olor del alma, o la textura del dolor) se manifestará y recién cobrará entidad, será vida, cuando sea reconocido por ese otro, que por lo general es la madre que siente su vientre mover o un médico, percibir un movimiento o una reacción que le indique que algo está surgiendo, que eso que antes era un fenómeno, casi de inexpresión, cobra vida, se manifiesta en deseo.
Se nos mueren, y se nos seguirán muriendo a tantos a quiénes no reconocemos en su identidad de sujetos, por más que se manifiesten, y en esta tragedia de lo humano, existen quiénes, nos piden, exigen y proponen que nos ocupemos de aquellos a los que la vida aún no se los alumbró, en la constitución del deseo de ser vida.
En el nombre del potencial de la vida, no sólo que nos quieren juzgar por acciones no cometidas, sino distraer la atención que debiéramos dedicar (dado que es finita y limitada) para esos cientos de millones, que aun expresándose, llevando al límite la manifestación de lo humano, les hacemos oídos sordos, los mutilamos, los aniquilamos en su identidad, abortándolos en nombre de vidas que aún no son (por más que la fantasía jurídica pretenda vindicar lo contrario), y que hasta que no se manifiesten como tales, dependerán de la configuración, sea de otros o de un destino, que nunca nos pertenecerá, ni a uno, ni a nadie, mucho menos a una norma, a una ley o a un conjunto de ellas, dado que lo humano, trasciende sus propios dictados, movilizado por un deseo, que siempre es indómito como tendiente a expresarse para confirmarse como algo viviente.

"Somos seres deseantes, destinados a la incompletud...es eso lo que nos hace caminar." Jacques Lacan.

Artículo por Francisco Tomás González Cabañas.