martes, 20 de marzo de 2018

Eyaculación, procaz y precoz.



El macho que en la prepotencia de su machismo se siente tal, al encontrar la reacción de la mujer, tras no haberle brindado a ésta el goce (ni que hablar de placer) inmediato de lo sexual, se encuentra desnudo en su condición (fálica como retrógrada) de macho. Deja de ser tal, es decir no logra con el falo ratificarse como hombre y acude, a la violencia para no perder, no ya su condición, sino su existencia que la subsume a una cultural razón de ser, específica y determinada (dador de felicidad, mediante la penetración). La mujer, la mejor elección que toma, es la de no entrar en el juego de la hembra, y la peor decisión que podría tomar, es la de escoger por el hombre, la opción que este debería hacer para dejar de ser macho. Antes que la impotencia, que afecta al hombre por lo general de edad avanzada, y que puede ser resuelta mediante fármaco, el principal problema masculino es, el de contexto civilizatorio mediante, transformarse en un procaz y precoz, que lo haga todo rápido, vertiginoso, amontonado, fatalmente intenso, maquinal, acumulatorio, sea en la cama, en un recinto o en la oficina de gobierno.

Al haber decidido, sí es que realmente tomamos tal decisión, el renunciar a la serenidad para vivir en reflexión y pensamiento, a expensas de recrear, las ficciones más temibles de nuestros temores, que son las que nos conducen a diario, nuestros adictivos grilletes a los que endiosamos y creemos que nos liberan, cuando más nos anulan y nos cercenan en nuestra posibilidad de ser humanos, a dejarnos llevar, como tristes ilusos que van, irremediablemente a la frustración, a en-cementar, blindando, que no es lo mismo que brindar, los acuciantes horrores de los otros, para atacar el síntoma, el sucedáneo y no la causa.
Ocurre en la cama como en el atrio del gobernante. Sí una de las partes, pretende el goce sexual, por separado, no sólo que está violando el acuerdo tácito del encuentro (así incluso se hable o se pague antes por lo contrario) sino que además, está perjudicando, violentando al otro, que como si fuese poco, terminara reaccionando, de alguna u otra manera, devolviendo tal desaprensión al desaprensivo. Eyacular precozmente, es un buen ejemplo, de esta disfuncionalidad que en realidad es mucho más que eso, dado que sale de las sábanas y como actitud llega a los recintos institucionales y a las casa de gobierno.
 Nadie puede desconocer que el atavismo cultural de la imagen del poder se asocia, aún al hombre, confusa como injustamente, pero lo cierto es que el gobernante aún reina en el orden simbólico de muchos “como el que la tiene más larga”, en un claro y palmario ejemplo de lo primitivo y soez de nuestras consideraciones públicas y políticas.
No se trata que estos machos cabríos, hagan de su pene real (lo que tantos escritores narraron en distintos libros, verbigracia “La fiesta del chivo” de Vargas Llosa) los desaguisados machistas que sus procacidades les habiliten, sino de lo que harán con su miembro simbólico, que es ni más ni menos que la lapicera de sus decisiones públicas.
No debe importar el tamaño, ni el color de la lapicera,  sino como la use. La similitud con lo sexual, no tiene una razón metafórica o una necesidad del suscribiente para ratificar una tesis, es lisa y llanamente sentido común. Gobernar es dar lo mejor de uno (el gobernante) como el amante da lo mejor de sí para el otro en la cama o en la intimidad.
Uno de los mayores peligros es que en el afán de hacerlo todo rápido, bien y a la perfección, es caer en la precocidad. En una suerte de cumplimiento de lo dictado, en la parusía de las recetas pre-moldeadas de gobernanza que con tanto y supuesto éxito, terminan de colonizar nuestra imposibilidad de recuperar la serenidad.
En un mismo orden de ideas, en pleno contexto occidental en donde nos hemos amputado la mencionada posibilidad de actuar con serenidad, sí vamos vertiginosa o alocadamente, seguramente vamos a acabarnos y el problema no tiene que ver con la finalidad misma, es decir con terminar acabados, sino de disfrutar el viaje y de al menos dotarlo al mismo de un sentido fuerte y con una valedera como valiosa, significación.
Tanto actuar meramente administrativo, así se trate de obras de infraestructura o de reparto de dádivas, prebendas o asistencialismo, generará que gobernado nunca reconozca el esfuerzo del otro (es decir siempre querrá un polvo más, un encuentro  en donde depositará la expectativa de ser comprendido y acabar a la par, que del goce luego se camine al placer) dado que estará solamente alimentando,  este canal, esta sintonía, este orden. La escenografía, de las democracias occidentales actuales, nos remite al mito de Sísifo con la piedra que cae,  sempiternamente desde lo alto de la montaña, pese a ser levantada y llevada una y otra vez.
A veces cambiar el color de la tinta de la lapicera puede ayudar para lo inmediato (pero nunca es una solución de fondo, todo lo que el marketing, el coach y demás tácticas de rapiña ofrecen a los políticos y por ende a la política), lo cierto es que el ritmo de viajes, inauguraciones, de reuniones, de presencia en fiestas, en redes sociales, debe tener un anclaje en una construcción que contemple a ese otro gobernado, o amado. El gobierno debe estar acendrado en algo más que en la minuta, que en la eyaculación precoz, que ofrecen los especialistas en medios y en comunicación.
La política es esa comarca, esa morada, la cama en donde el gobernante debe dar cuenta de sus mejores artes. El que se hable de cómo generar mayor participación, de brindar y no blindar, un sistema o forma de votación, más claro, más transparente, que se colijan las experiencias de otros (los ex) que hayan gobernado y mediante homenajes lo mejor de cada uno de los tiempos pasados, fungirá como ejercicio pleno de un haber dado amor público y político, que le cambiará o al menos, se irá en la intención, a la mayor cantidad de gente.
Repartir planes, proyectos, power point que vienen digitados de otros lugares (con intereses y beneficios que siempre están fuera del lugar de arraigo), robotizarse en el envío atontado y alocado de gacetillas para cortar cintas que no desatan ningún nudo, es una mera eyaculación precoz, que más temprano que tarde, sino se ofrece más que esto, el amado o gobernado, además de recriminarlo, elegirá a otro (incluso un objeto) que le prometa amor, y que verá con el tiempo sí le cumplió o si se trató de otro mero eyaculador precoz.    
Este finalmente, como proverbial narcisista, al no tener la posibilidad de ver al otro, por ende de interesarse en lo que le pase, o en esforzarse por comprenderlo, dejará un tendal de gobernados, no sólo sin amor, sino también sin dignidad y sin comida. Nada muy diferente a nuestras democracias actuales que minadas, desbordadas de pobres y de pobreza, necesita una cura analítica, en términos de la palabra, de la razón, del logos.


domingo, 11 de marzo de 2018

Adyacentes.


Término y terminó, como tantas acepciones, en distintas lenguas, se distancian más en significado que en su nomenclatura. Es una cuestión semántica, la que disfraza lo conceptual. Necesitamos de tal representación de nuestra oralidad, que a su vez representa, lo pensado. Consuetudinariamente, son varios los órdenes mediante los que se organizan las representaciones de lo pensado. Lo real, lo imaginario, como lo simbólico. Obliterados estos, por la posibilidad de que en la escritura, en el tránsito, en su traducción final, funja la operatividad de lo consciente o de lo inconsciente.  En el engranaje en que en tal instancia se convierte, en lo que estamos sujetos y que nos define como tal (sujetos), nos condicionamos por delimitar aquello que nos impulsa, que nos impele a algo. Así este algo, sólo signifique vivir, hesitar, o sobrevivir.
A todo le hemos puesto nombre, y lo seguiremos haciendo, en tren de redefinirlo, de reescriturarlo, de reconvertirlo, de deconstruirlo, o como lo queramos llamar o significar, que en este caso sería lo mismo. Algunos han buscado más luego, una razón, un sentido, el nombre del impulso que nos lleva, que nos conduce a ello. Así surgieron ciencias, imperios, lenguas, expediciones y todo aquello que pueda implicar el ejercicio de lo humano.
No trazaremos una síntesis encicplodedista, de lo que representa la imposición de razones o las argumentaciones de la realización, como de lo realizado, por lo humano de la condición (que no es lo mismo que la condición humana). Una frase, abusando de la perspectiva que dan en llamar economía del lenguaje, nos redimirá, en la búsqueda de comunicarnos lo mejor posible con la mayoría de nuestros congéneres, a quiénes le podemos reconocer muchas virtudes, pero no necesariamente la de ser una generación devota de la lectura y ejercitada en la reflexión.
Sí algo nos define, en verdad nada, pero insistimos compulsivamente en acotarnos (la muerte es una invención, nosotros sabemos que los otros mueren, pero jamás podemos afirmar que cada uno de nosotros morirá, dado que cuando nos toque tal experiencia, tal vez le demos otro nombre, que por alguna razón no se puede comunicar en tal estadio) es tal proximidad, tal inmediatez, tal cercanía, somos, básicamente, seres adyacentes.
Lo adyacente es lo que somos, dado que tal instancia, no es ni física ni temporal, tampoco puede delimitarse como algo o lo otro, es (somos) simplemente lo próximo, lo cercano, lo inmediato, lo contiguo.
Nuestra condición adyacente es lo que explica nuestra naturaleza familiar. No necesitamos, nos alerta la antropología que ve más allá de las aldeas occidentales, las estructuras familiares por todos conocida. Necesitamos la adyancencia de estar cerca del otro ser humano, no fundirnos, mimetizarnos, ni sintetizarnos, sino hermanarnos, maridarnos, familiarizarnos, por esta noción adyacente, no porque nazcamos con una necesidad de padre, madre, abuelo, tía, prima que consabidamente, más luego, legitima todo lo otro en que se constituye la comunidad.
Lo adyacente, explica el deseo que nos moviliza, para que algo suceda. Al no estar en el lugar exacto, preciso, final (paraíso, cielo, nirvana) estamos cerca, sin que eso signifique cuanto o sí nos podemos alejar (es decir no es una idea de purgatorio o de antesala, en donde se esperan las decisiones o  resoluciones de otros).
No haber arribado aún, es lo que nos moviliza a que pretendamos hacerlo, por más que tengamos la íntima convicción de que nunca lo lograremos.
A tal punto, nos detuvimos en una reflexión de tal perspectiva, que nos hemos encargado de definir, hasta el hartazgo, la condición subyacente, mediante la cual escrituramos muchas cosas, pero que marchan en un mismo sentido, destino o finalidad, estar cerca, próximos, pero nunca acabados o terminados.
Lo que subyace son las distintas codificaciones, para ir al mismo destino que es el no lugar de lo adyacente.
En todos los ámbitos, campos  y disciplinas se alienta, se promueve, se incentiva, se insta, a la adyacencia. Bajo las diferencias nominales o del significante (mero), los senderos se unifican, sin embargo para empalmarse a la ruta que nos conduce a la tierra señalada.
Desde el “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-31) de una de los principales credos occidentales, conceptualizando, al prójimo como al próximo, al cercano, al adyacente, hasta el dilema del erizo de Schopenhauer (el punto exacto en que estos animales pueden estar cerca, sin estar demasiado como para dañarse o tan lejanos como para no necesitarse, como parábola de la interdicción, justa, de la proximidad exacta) que tomada luego por Freud, desarrolla este, a partir del concepto o la idea de lo siniestro. Solo puede ser perpetrada por el conocido, por el otro al que le damos valor, cuando precisamente, se nos muestra extraño, al punto que nos daña. Esta concepción funciona precisamente, para definir como lo adyacente se convierte, como sucedáneo en lo amigable. Somos amigos de la sabiduría, porque nos acercamos a ella, porque la rodeamos, porque la concelebramos, pero nunca por una noción que la podamos tener, absoluta o dictatorialmente, encerrada, sea en un sistema o en un conjunto, por más que de esto trate el paradigma del amante de la sabiduría, del filósofo, que en el caso de que pretenda aquello, nunca lo conseguirá, dado que siempre existirán otras concepciones, otros pliegues, otros rebordes, de la lectura de lo humano, cumpliéndose la máxima etimológica, que lo mejor que se puede hacer es hacerse amigo, estar próximo, cercano, contiguo al saber.
Tal cercandad, proximidad, no genera el conocimiento del límite, sino que anterior, como atávicamente, nos brinda confianza hacia ello, es decir nos posibilita avanzar con seguridad, ante la naturaleza incierta del futuro, temporal como espacial, caminar más allá de lo que no sabemos que existe, en el caso de que exista, y seguir sin la constante, ratificación de que seguimos estando.
Esta es la clave, mediante la cual, se comprende, porque traducimos, exitosa o mayoritariamente, nuestro futuro, expectativa de ello, mediante el dinero, al tener cercano, adyacente el fenómeno, confiamos en que el papel moneda, puede ser cambiado, por algo razonablemente justo, en relación a lo que hicimos para obtenerlo (sí se lo piensa, la mayoría de las personas que crítica este sistema de intercambio, en verdad lo hace en esta instancia, porque considera que sus esfuerzos o los de su facción no son debidamente, reconvertidos o reconocidos, en la cantidad de dinero que pretende contar como para ello seguir la lógica del funcionamiento de un intercambio, hipostasiado que de imposible, pasa a reconvertirse en otro  de acumulación).
La noción de propiedad privada, funciona desde lo axiomático de lo adyacente. Nunca es de un individuo, contante y sonante, dado que el patrimonio particular, debe estar sostenido en compendios normativos, legales de una comunidad que así lo determinen. Lo privado, nominalmente podrá ser de uno o de unos cuantos, pero en términos reales o en el orden simbólico, solo lo es desde su adyacencia. Lo mismo para un sistema comunitario, en donde se suprima lo privado y todo sea determinado por lo público, el uso, circunstancial, determinado y condicionado por lo colectivo, siempre será por la misma condición de aproximación, nunca de totalidad.
La democracia, como sistema político imperante, funciona, también bajo este principio adyacente. El político, que representa la política, siempre estará próximo, cercano, pero nunca será, personalmente o como entidad, el estado en sí, el poder taxativo, que nos responda en todas y cada una de las necesidades que podamos tener, en el transcurso de cada una de nuestras vidas. Todo está  cerca, tendemos a ese acercamiento, a los que damos distintos nombres, a sabiendas de que nunca obtendremos la cosa en sí,  a la que supuestamente buscamos o perseguimos con el afán, fundante o movilizador de la vida misma.
La automatización, de la que somos víctimas y que nos impele, a que cada cosa, a cada rato, le preguntemos, que nos dará en términos de resultados, es precisamente, lo contrario a lo que dispone nuestra condición de seres adyacentes.
Sí algo interesante de este modo de ser en el mundo, nos es dado mediante esta posibilidad de no llegar a ningún lugar, sino estar cerca, es precisamente la facultad, de vivir en la libertad de no estar condicionados por un número que nos diga, que nos depare, que nos califique, que nos determine, que nos exija, que valemos o cuanto en relación a esa posición totalmente distorsionada e inhumana.
Sin embargo, todo parece ir en ese lastimero, como lastimoso sentido, queremos la exactitud de la respuesta para todo, cuando, al parecer, por aproximación, solo tenemos preguntas, que pueden tener múltiples interpretaciones o correspondencias y allí radica cuanto vivamos o cuanto deseemos morir, incluso en el mientras tanto, todos los otros, resultados, definiciones y certezas, son cuestiones anexas, secundarias, producto de nuestros temores, de nuestra imaginación, de la no posibilidad de disfrutar que somos cercanos, próximos, merodeadores de nuestra propia condición humana, que para poco como para mucho, será en la medida que la interroguemos que nos preguntemos, acaso que otra cosa podemos esperar, a que otra cosa nos podemos dedicar que no sea a elaborar aproximaciones que permitan tantas respuestas como signos de pregunta y de interrogación, que nos hagan con vivir con plenitud, nuestra inefable condición humana.

jueves, 22 de febrero de 2018

Del aparato psíquico al aparato institucional.


Tras los conceptos fundamentales que se conocen como; ello, yo y superyó, constitutivos del aparato psíquico, otorgándoles funcionalidades políticas o encontrando las mismas, en la tríada que divide los poderes de los estados occidentales, podríamos maridar, sin temor a que digamos nada que no se traduzca como real, como operando en lo simbólico y tal vez, en lo arquetípico de lo imaginario, que el ello es el poder legislativo (el carácter deseoso de la ley, que muchas veces hasta resulta, o todas las veces, incumplible en tales términos) el yo (la ejecución de lo presente, o la administración de lo circundante, el poder ejecutivo) y el superyó (penalidad y contrarresto de lo deseante puro, poder judicial).  La explicación psicológica o psicoanalítica del molde institucional que concibió y concibe el engranaje mediante la cual, la ciencia política creyó concebir algo que le perteneciera en un porcentaje destacable, no es más que la prueba fehaciente que de la frase “lo personal es político” debiéramos buscarlo en sus trasfondo, en lo subyacente, para explicitar que lo político-democrático, actual, estructurado como esta, jamás podrá permitirnos algo más allá de un tratamiento y jamás una cura, respuesta determinada, acabada o definición manifiesta. Se trata de nuestra condición, no de los sistemas, ni de como estemos cada uno de los cuales podemos llegar a interpretarlo o en el mejor de los casos plantearlo bajo modificaciones.
En la siguiente como brillante, síntesis para un artículo que busca enhebrar también el vínculo entre psicoanálisis y política, Nora Merlín, nos alumbra de la siguiente manera: “Recordemos brevemente el planteo que hace Freud en Psicología de las masas y análisis del yo. Afirma allí que las masas son asociaciones de individuos que se manifiestan con características bárbaras, violentas, impulsivas y carentes de límites, en las que se echan por tierra las represiones. Son grupos humanos hipnotizados, con bajo rendimiento intelectual, que buscan someterse a la autoridad del líder poderoso que las domina por sugestión. Se trata de una constitución libidinosa producida por la identificación al líder, en la que una multitud de individuos pone en el mismo objeto (el líder) el lugar del ideal del yo –operador simbólico que sostiene la identificación de los miembros entre sí–. Por lo tanto, dos operaciones constituyen y caracterizan a la masa: idealización al líder e identificación con el líder y entre los miembros. En resumen, la masa implica una respuesta social no discursiva sino puramente libidinal”. Merlín, N. “Laclau y el Psiconalísis”. Página 12. Buenos Aires. 22 de Abril de 2014).
El artículo de la autora, como su título lo indica, continua con una interesante interpretación del giro psicoanalítico, mediante el clivaje “populismo” que le daría, según su consideración Laclau, a lo expresado por Freud, que naturalmente leen la perspectiva desde el fenómeno sujeto y sus conflictividades y para nosotros, sin embargo, la lectura, pasa por pararse desde la óptica de lo estructurado, tanto en lo que luego deviene como lenguaje, pero que funge como aparato, psíquico y más luego, el político, que replica las misma y tajante estructuración.
En el aparato psíquico, (del que no queremos profundizar tanto por economía del lenguaje, como por el riesgo que implicaría el salirnos de eje) que navega bajo (en la mítica referencia del iceberg) los tópicos de lo consciente, lo preconsciente y lo inconsciente, la réplica política, es cabal y contundente.
El aparato político que sostiene los tres poderes del estado (hemos trabajado, sobre todo en la razón de ser del poder judicial y de la necesidad que le brindan los politólogos de ese contrapeso con los otros poderes, pero que a nivel argumental es escaso o pobre, desde Montesquieu en el “Espíritu de las leyes” a todos sus continuadores como muestra fehaciente de lo que afirmamos, nos replica la estructura no obramos ni pensamos política o racionalmente) navega en la legitimidad, en su continuidad, por obra y gracia que los tres tópicos que le permiten tal transitar, no son más ni menos que las clases sociales, o grupos o facciones que bien podrían dirimirse entre los que participan o son parte (políticos, clase alta, elite, círculo rojo, dominante) los que desean serlo, porque lo han sido (ellos o familiares) o porque tienen condiciones para creer o sentir que podrán ser parte (clase media) y finalmente los que no tienen conciencia de los que les está ocurriendo ni a ellos, ni en su rededor, los pobres, marginales o en estado de excepción (permanente, bien vale el oxímoron ) que sólo pueden ocuparse de sobrevivir de rato en rato.
Como acabamos de ver los tópicos están replicados y más allá de semánticas o de nominaciones, la estructuración de nuestra política actual y por ende sus conflictividades, tienen mucho más que ver con las estructuraciones con las que nos arrojaron al mundo. Lo personal no sólo es político, sino lo psicoanalítico lo es.
Como bien sabemos, a título de adagio: "Es a esa articulación de la verdad a la qua Freud se remite al declarar imposibles de cumplir tres compromisos: educar, gobernar, psicoanalizar".( J. Lacan Lectura Estructuralista de Freud. Pág. 178) tal vez pueda resultar ahora, más comprensible, entendible o analizable. Precisamente a Lacan se le atribuye también una frase a la que estaríamos haciendo honor: “Sí usted no entiende mis textos, tanto mejor, tendrá la oportunidad de explicarlos”.
En lo posible, que es lo pasable, lo transitable o lo vivible, cada quién sabrá qué hacer con lo suyo (en el mejor los casos con la guía de su analista) lo significativo, al menos para nosotros, es que así como toda la academia-cultural e intelectual, consideró y considera que sus administradores o políticos, deben conocer de derecho, leyes, ciencia política (en esta periodicidad le están agregando la exigencia de conocimientos económicos) y demás, estamos en condición de afirmar, que bajo la estructura que nos estructura y por la que estructuramos lo político, tener un guía político, un buen político entendido en ese significante extenso de bueno, sería alguien que comprendiera ciertas nociones analíticas, al menos sí no la ve o no se interesa, que las respete, que las valore y que no las desprecie. Bajo tales signos estamos determinados, más allá de nuestros gustos, placeres, gozos e incluso de nosotros mismos.




domingo, 4 de febrero de 2018

La inutilidad, para la democracia, de combatir la pobreza.

Oscar Masotta, que bien podría constituirse en el símbolo para la perseverancia irredenta de vincular política con psicoanálisis, aleccionaba que “En el Narcicismo está en juego la determinación del sujeto con el goce. Y que tal punto se constituía en el corte en el psicoanálisis con la política. En la práctica psicoanalítica vale siempre la reafirmación de lo inútil…” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Pág. 210. Paidós. 2015. Buenos Aires.) más en la política no. En la política, resolver la cuestión de la pobreza, no sólo es un imposible, en términos psicoanalíticos (como el psicoanálisis y la política) sino además es algo inútil.
En esta suerte de “Masottismo” del que bien nos podría alertar nuestra propia referencia, cuando  afirma: "Los psicoanalistas en la historia del psicoanálisis, individualmente, con respecto a la política, han sido siempre unos imbéciles. Cuando se ponen a hablar de política es lamentable". (Ibídem; 211) nos cabe realizar la siguiente aclaración.
Por política entendemos lo subyacente, incluso a su actual, sucedáneo democrático. Desde la abdicación, de los fenómenos totalitarios puros, en la sacralización o totemismo de la democracia como valor político-ciudadano, se produjo una suerte de invaginación, en que por sobre todo, quiénes nos dedicamos a las letras, transformamos en una zona de confort, en una suerte de estado intrauterino social. Hablar en términos críticos de lo democrático, se constituye en una perspectiva matricida. Nada que pueda ser planteado desde la política, debe salir de la circunscripción democrática tal como la venimos entendiendo desde  su aparición a esta parte.
Sí algo está más que claro, a diferencia de lo oscuro y laberíntico que representa lo político, es lo que sentimos, valoramos y entendemos por democrático. Con tal de que nos permitan votar cada cierto tiempo, nos basta y sobra en el campo social y colectivo. En lo respectivo a lo individual, como no podemos hacer generalizaciones razonables por circunstancias obvias, sólo diremos que nos contentamos básicamente, con que nos dejen exteriorizar nuestra agresividad hacia los otros, sin que paguemos grandes costos por ello (es decir sobre todo en el plano simbólico) nos licenciamos en la posibilidad de pensar en quiénes realmente son los mártires de nuestra experiencia democrática: los miles en las aldeas, que se transforman en millones en la suma de las mismas, que no están dentro de los límites del barrio, del gueto, en donde se come, se vota, y se vivencia una cierta posibilidad de creernos libres por expresar algún pensamiento o verter una sensación que creemos propia.
La política, en su desarrollo real, no puede, ni podrá en lo inmediato, desembarazarse del significante democrático, que lo engloba, que lo circunscribe, que lo define, que lo limita. En términos teóricos, seguir pensando en este mismo sentido, nos hará continuar por el sendero en donde estamos olvidando lo significativo, la prioridad de la política, se define precisamente, por lo primordial que escoge como concepto para lograr su fin. Para ponerlo en otros términos, que la política deba resolver, o encargarse, o tratar, de que menos gente padezca hambre, debería constituirse en su matriz esencial, en su definición performativa.
Pero el alerta que nos impuso Masotta, oblitera la posibilidad, en la que sin embargo, se viene escogiendo, persistentemente. Es decir en querer hacer aparecer a la política, que escogiendo lo democrático (y no condicionada o secuestrada por ella) definirá alguna vez, por la conquista de hombres agrupados en posiciones, sobre todo de izquierdas (o populares o populistas, aún con un eje que se corro más al centro o incluso a la derecha) que por obra y gracia, de una extrema lucidez, en una suerte de aborto de la naturaleza, pongan el carro delante del caballo y lleven a cabo el imposible, de que la política democrática o democratizada, defina como prioridad o política de estado central el combate contra la pobreza.
Esto es lo que ocurre en términos reales. La traducción no es más ni menos que los intentos imposibles con que chocamos, cada vez que damos cuenta que la democracia no nos lleva, a tal y supuesto fin. Buscamos por el lado incorrecto tal falta de empalme. Nos agotamos en el habla, nunca inútil, de creer que el principal problema es el económico, el moral, lo azaroso y hasta lo divino.
Precisamente en las palabras está la clave, como el psicoanálisis, como en la filosofía, como en la democracia.
Los que tenemos resuelta la posibilidad de comer y de subsistir con mediana dignidad, construimos, más luego de tener el estómago saciado, conceptos que representan la explicación de porqué hemos conseguido o no conseguido, lo mismo da, algún que otro deseo, sea que los mismos nos correspondan de acuerdo a nuestro libre albedrío o sean representaciones dictatoriales de estructuras que nos determinan, por más que nos demos o no nos demos cuenta, de las mismas.
Rebozan las palabras en el reinado de lo democrático. Quiénes golpeados por cierta sensibilidad, y despertados por cierta curiosidad, damos cuenta que, son muchos otros, reales y ciertos, que se agolpan en el abismo de los archipiélagos de excepción, tomamos como opción válida, el psicoanálisis, para ocluir nuestra sensación de culpa, o mejor expresado, lavar la responsabilidad.
La política, es el significante, para el que sobrevive, más allá de la norma, incluso, por más que caiga penalizado por la misma (esta es una explicación valedera de lo lejos que estamos de que la justicia en términos institucionales busque algo parecido a lo que por definición se propone). La política, es el campo, en donde las palabras, pueden ser utilizadas como un recurso más, pero nunca el único o necesariamente el primordial. En los terrenos de la política, lo que está estructurado como un lenguaje son las necesidades básicas, que deben ser satisfechas de la manera que fuesen, de lo contrario la experiencia de tal humanidad termina en tragedia, en lo inacabado o inexpresado, como muchas veces.
Es imposible que entendamos bajo el amparo de lo democrático, la dimensión de la política, por ello, es que el hambre o el combate que se dice librar para erradicarlo, no es más que eso, el plano semántico, de una perspectiva simbólica que en el mejor de los casos, sólo será decodificada en un diván, y su traducibilidad expresada en un artículo de ínfulas psicoanalíticas, con tintes sociológicos y filosóficos.
La pobreza de los otros es el precio que le pagamos al analista para que nos diga que no podemos hacer mucho más de lo que estamos haciendo, dado que lo contrario, sería salirnos de nuestra zona de confort, el punto de corte definitivo que dimos en llamar democracia, en el acabose de tal relación política, que trasvasa lo terapéutico, sabemos que el deseo del otro, es ni más ni menos que el deseo del analista, que cada vez que puede nos insta a que prosigamos en nuestro vinculo histérico e imposible en esa tríada, de política, pobreza y democracia, de lo contrario quedaría el diván sin paciente y nosotros sin palabras.







sábado, 20 de enero de 2018

La significación de la vagina o del significante democrático.


Mientras en los guetos intelectuales continua la discusión por la herencia lacaniana, en relación a sus distintos seminarios, uno de ellos, que plantea “la significación del falo” pronunciado en 1958, llevado al plano de lo político (suponiendo la existencia de esta faz, sumada a los planos psicoanalítico y filosófico) representaría la anuencia, la aceptación, de lo humano, con respecto a las formas de gobierno que irrumpieron en aquel entonces, donde el poder como tensión (como demanda inmanente en o de lo colectivo) se obliteraba, en el otro plano, es decir se reconvertía en un significante político que se presentaba, fálico, turgente, penetrante, agresivo, invasor; gobiernos autoritarios que reaccionaban a la fantasía de poder ser castrados, con la impetuosa e irrestricta aplicación de una ley penal, que en su primera como última ratio, ejercía violencia en todas y cada una de sus modalidades posibles. En la actualidad, a plena luz de nuestras complejidades democráticas, el poder desentrañar los nudos (“El complejo de castración inconsciente tiene una función de nudo”, afirmaba Lacan en la significación del falo, que más luego citaremos en forma más extensa) que nos propone la faz política, nos permitiremos el analizar, la cuestión democrática, en donde se inscriben sus acciones, o sus faltantes, ausencias, obliteraciones entre las demandas (per se naturales ) y los deseos que surgen como resultantes de la no totalidad o no concreción de lo demandado. Llamamos a esta faz, psicoanalítica, que bien podría ser correspondiente al plano simbólico, desde donde se terminan de inscribir los significantes. Esta es la razón por la que la vagina, como otrora desde los tiempos de Freud y luego Lacan, funge como el elemento que se traducirá más luego como el significante democrático, como lo señalábamos al comienzo, a diferencia de los tiempos políticos incluso de quiénes postularon al falo como el objeto constituyente de lo normativo, o constitutivo del poder como de su administración.
La vagina es democrática por antonomasia. La vagina es abertura, es dolor de parto como pliegues de succión, es puerta de salida del ser invaginado como puerta de entrada al mundo del clímax en donde se funde y confunde, placer con satisfacción. La vagina es la última instancia, el último responso antes del vacío sideral, símil a los agujeros negro, en donde el tiempo y el espacio, se van de razón, se tergiversan en la posibilidad de la otra vida, en el más allá de esta vida, que no debe ser más que el estadio intrauterino del cuál provenimos, en donde no había nada por demandar, de allí que no existiera el deseo en cuanto tal y por ende la no facultad de conciencia, mucho menos de deseo.
En la constitución de esto mismo, es que antes de ser seres deseantes, somos seres demandantes. Al no poder sernos correspondidas todas y cada una de ellas, esos faltantes, desajustes o no provisiones, las constituimos en deseos que operan en el plano de lo filosófico, es decir en lo que puede como no puede ser, en el reino de las primeras y las últimas causas. El deseo se agrava en complejidad, dado que al cumplimentarse, deja de ser tal o de operar como deseo, lo mismo sucede con la filosofía, no puede ser ciencia que determine un campo acotado, ni mucho menos un ejercicio que cumpla una función específica.
Al no tener, el sujeto político, es decir el hombre atado al contrato social (entiéndase este como condicionante, o como sucedáneo de una lógica de amo y esclavo) un resultante conveniente, convincente, que lo reafirme en su posibilidad de ser todos a la vez (de aquí surge la igualdad de posibilidades o de oportunidades, como si fuese un axioma al estilo la prohibición del incesto antropológico) no en el mismo tiempo claro está, respetando el principio de no contradicción, y habiendo atravesado la fase del falo, es decir, habiendo transido la consumación del poder, desde la turgencia peneana de los modos y las formas abusivas y arbitrarias de los gobiernos pre democráticos, es que ingresamos a esta viabilidad democrática o vaginal.
Recordemos, en el siguiente extracto, el texto del que tomamos la referencia: “El falo es el significante privilegiado de esa marca en que la parte del logos se une al advenimiento del deseo. Puede decirse que ese significante es escogido como lo más sobresaliente de lo que puede captarse en lo real de la copulación sexual, a la vez que como el más simbólico en el sentido literal (tipográfico) de este término, puesto que equivale allí a la cópula (lógica). Puede decirse también que es por su turgencia  a la imagen del flujo vital en cuanto pasa a la generación…Digamos que esas relaciones girarán alrededor de un ser y de un tener que, por referirse a un significante, el falo, tienen el efecto contrariado de dar por una parte realidad al sujeto en ese significante, y por otra parte irrealizar las relaciones que han de significarse” (Lacan,J. “La significación del falo”. 1958).
A lo largo de la historia, el sujeto de lo humano, es decir el ser, no decodificado en sus manifestaciones en los otros planos desde los que habla, dispuso, por citar ejemplos, que la histeria, etimológicamente, útero, refería solo a una suerte de incapacidad o problemática, solo atribuible a la mujer, a la misma se le impuso (en muchas culturas, lamentablemente sigue siendo así) la posibilidad de sus desarrollos de derechos laborales, cívicos o electorales, en tiempos en donde se escribían las fases del falo y la significación del mismo.
No es casual, que en todas las manifestaciones, o quejas o demandas (en verdad deseo de tener una sociedad o una democracia mejor) existan principios tales como “la revolución será feminista o no será” y se acompañen acciones del llamado género para luchar desde la perspectiva de la mujer como nunca antes.
Esto es un claro síntoma, no un diagnóstico ni la postulación de un tratamiento o del mejor.
En términos claros, no significa que quién porte vagina, tenga más (como tampoco menos) derechos que quién no la porte. El significante de la vagina, es que la democracia es una gran vagina social, plausible de comportamientos histéricos, de aplazar la concreción, de mostrar sus ambivalencias entre madre y mujer, de estar abierta, pero no siempre, sino a resguardo de ser comprendida, bien tratada, de lo contrario, puede cerrarse, volverse frígida, seca, petulante, indiferente y hasta cruel, como la muerte misma que no deja de ser la misma puerta, esta vez de salida, como lo fue la de entrada, la vagina de la mujer.
En el plano desde donde operemos, transitemos, nos obliteren o podamos desandar nuestra experiencia de lo humano, esta es una válvula, por no decir vulva que nos compensa en todo lo no correspondido, que nos devuelve la esperanza (que nos transforma en deseantes), de esa añoranza arquetípica de haberlo tenido todo, en ese mundo perfecto de lo intrauterino, pero esta vez, con el encanto de la seducción femenina, de que elegimos, a cada paso que nos va a suceder, como la promesa democrática, que no tiene solamente perfume, sino que es en su esencia, el sujeto político, en lógica femenina de nuestros tiempos actuales.



jueves, 11 de enero de 2018

La fase del falo debiera ser la fase de la vagina (Deconstruyendo a Freud).

“La elevación del falo a estatuto de fase. El falo pasa a constituir una fase del desarrollo de la libido…Fase implica obligatoriedad en el tiempo, más emergencia de una estructura nueva…para Freud esta fase tiene un valor fundamental en la constitución del sujeto. ¿Por qué el pene es elegido para elevarlo a nivel de fase, por qué no la premisa universal de la vagina?. Las dos respuestas de Freud son: La primera por la estética y la segunda por la clínica…La primera por propiedades de forma, estéticas, por su modo de aparecer… La vagina no se ve…La vista es constitutiva de lo sexual en tanto tal. La razón es algo pobre pero no se puede decir mucho más. La razón clínica es que se le atribuye un pene a todas las cosas, el infante y no quiere reconocer hasta muy tardíamente que la madre no lo posee…Freud era un poco misógino, hay que reconocerlo…Las mujeres no inventaron nada, dice, salvo el tejido, que proviene de tejer con los vellos pubianos para ocultar la falta de pene” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Pág. 77. Paidós. 2015. Buenos Aires.)
En el parricidio intelectual de arremeter contra la ley instituida (que es simbólicamente el parricidio), de acuerdo a los contextos sociales y políticos existentes, podemos dar cuenta de este cambio radical de perspectiva, que más allá de cómo sea entendido, tiene su razón de ser, independientemente de que se lleve por delante, postulados o axiomas de quiénes fueran, e incluso de su grado de verosimilitud.
La vagina como fase resolvería además la razón de ser de la angustia primigenia que pasaría a ser del temor a la muerte, el regreso a la vagina. Es decir, desde el nacimiento mismo, que es ni más ni menos que la muerte o la extinción de la vida intrauterina, todos estamos condicionados a volver a tal sitio seguro en donde no estábamos expuestos a todo lo que estaremos más luego en el andamiaje mismo de la vida. No tememos morir en cuanto a todo lo que se escribió sobre la muerte (fin de lo conocido, ingreso a lo desconocido, cese de conciencia, etc.) el temor es que con la muerte, se resuelve, finalmente, la tensión que nos mantuvo en esta vida y con vida. Regresamos finalmente a la abertura (llamamos de esta manera a lo que significa la vagina, que debiera ser llamada, para evitar el falogocentrismo del que hablaba Derrida, Chumino tal como se las bautizaron las andaluzas a sus vulvas), se nos termina la duda, el entre que nos debatía entre razón e instinto, que operaba tanto culpa (la felicidad terrenal es contraria a la perfección de la vida invaginada) como posibilidad de deseo, o deseos contrapuestos (la satisfacción de tener instantes de certeza en la incertidumbre de la vida, y la insatisfacción que nos produce el no poder perpetuarlos o absolutizarlos tal como sucedía en el útero). 
Arquetípicamente, la vagina incluso podría constituirse en lo sagrado. Es decir, su significante, lo femenino, extrañamente no fungió como tal, más que nada en la idea de lo divino.
Lo expresamos en un artículo que refería al “olvido del chumino (vagina)”: pensar, intuir o sentir, que la idea de un dios (o creador) tenga que ver con lo masculino, cuando en verdad y desde el sentido común, sí necesitamos construir una referencia teleológica, que nos brinde las certezas de las que carece lo humano, obligadamente, debe ser pensada, intuida y razonada como algo vinculado a lo femenino. Lo femenino no en su genitalidad, sino en lo iniciático, en lo basal, en lo obviamente primigenio que significa y representa la vagina.
Podríamos referir lo que significaría en un código freudiano o como se deconstruiría los fenómenos de la fantasía de castración (tanto la amenaza como el complejo de) como de envidia de pene, ante esta reformulación, sin embargo no se trata de un rectificación doctrinaria, dogmática, siquiera científica. Solo agregaremos que coincidimos con Freud en que la fase llamada fálica por él, y resignificada como fase vaginal por nosotros, es fundamental en la constitución del sujeto.
La definición misma de lo que somos, es decir no lo otro; cosa u objeto, sino sujeto, nos habla de que estamos atados, aprisionados, invaginados, creemos nosotros a, la contradicción manifiesta que nos hace evidente la conciencia, cada vez que se va constituyendo como tal, de que podemos seguir el lazo umbilical, pese a habernos desprendido del mismo, pero que simbólicamente nos acompaña por el resto de nuestra estadía en la tierra, hasta que finalmente nos recoge, nos retome, nos volvemos de la abertura de donde provenimos.
Sí alguna figura de la mitología griega debiésemos tomar para sostener la argumentación, sin duda sería la del hilo de Ariadna. Esta que etimológicamente significa la más pura, es sin duda, una denominación muy pertinente para la vagina. Es decir para la vagina como abertura en donde se desarrolla el feto, no como vulva o chumino por el cuál la mujer específica además puede encontrar placer. Ariadna es la representación de una concepción inmaculada, una suerte de figura previa a como, de acuerdo al catolicismo, fue concebido Jesucristo, el hijo de Dios.
Desde esa pureza, y tal como en el mito, el hilo (vendría a ser el cordón umbilical, primero real, luego simbólico) acompaña por el resto de su aventura (vida) al hombre que sin tal instrumento (es decir la necesidad de que tengamos esa tensión entre volver al útero, añoranza del mismo, culpa por lograr placeres fuera de él, temores inacabados en ese afuera que desconcierta, etc.) acabaría por inanición existencial. El verdadero sentido de la experiencia humana es ni más ni menos cómo se resuelve tal angustia primigenia, fundante o fundamental.
En términos políticos, es decir la constitución de un yo colectivo, no yoico, o el intento de, Hanna Arendt en el siglo anterior, el que le tocó vivir y que nos deparó el horror de los totalitarismos, afirmaba que “El padre es el gran criminal del siglo”, dando la pauta a lo que recién ahora reaccionan ciertos movimientos que pretenden, desde esa concretud femenina, masculinizar sus protestas, demandas y demás aspectos que no hacen a lo profundo de la cuestión.
En verdad tal criminal, no fue más que un matricida, del que surgió como movimiento dinámico de lo político; la democracia. La democracia también es una abertura, es una vagina simbólica, a la que mal usamos, mal predisponemos, y en términos machistas antediluvianos, la penetramos (sea con un falo orgánico o simbólico) una y otra vez, cuando solo la entendemos como el momento en que metemos el sobre en la urna, en la cesta en donde se reciben los votos. No es casual que esta imagen, refleje con contundencia esto mismo. El lugar que recibe el voto de los ciudadanos, la firma del contrato social, es una figura simbólica que semeja a una vagina, en donde la ciudadanía hace cola, una vez cada cierto tiempo, solamente para penetrarla, casi en una suerte de violación colectiva, de la que después nos horrorizamos cuando de tal acto, salen nuestros gobernantes.
Finalmente y a modo de presentación de esto mismo, hemos trabajado el aspecto continúo de que el sistema económico-financiero, de acumulación, es ni más ni menos que la réplica que pretendemos trazar de la comodidad en la que nos encontrábamos en la faz de invaginación.
El salirnos, con el hilo de Ariadna, de la vagina, y saber que vamos a retornar a ella, es toda la trama en la que constituimos nuestra experiencia humana, en donde en el medio, a los efectos de tapar, de llenar la angustia del horror al vacío que nos produce el agujero negro de esa vagina generadora, arrojadora, expulsadora, a la que finalmente, regresaremos, nos hemos servido del falo, del pene, como una suerte de antídoto, de talismán, de un dios de mentira, por haberlo masculinizado, y del que nos ayudó o ayuda, al letargo sempiterno del olvido de la vagina, la que como si fuese poco, además de hacernos los que nos hace, en caso de que queramos también nos puede otorgar un placer circunstancial, propinándonos una suerte de borrachera que mitiga la angustia primordial, pero que no ayuda ni a resolverla, ni al menos a razonarla o pensarla.

  


viernes, 5 de enero de 2018

El ministro o el tercero en discordia entre el pueblo y el gobernante.


“Viene el prefecto de policía a pedirle al detective Dupin que le ayude. Estando la reina en sus cámaras reales recibe una carta comprometedora para ella, y eso en el momento en que el rey entra en la cámara. La reina deja la carta sobre la mesa, como por descuido, para no llamar la atención del Rey. Pero justo en ese momento entra el Ministro, que se da cuenta de que en esa carta, hay algo comprometedor y de que la Reina procura que el Rey no la vea dejando la carta abandonada sobre la mesa como si no tuviera importancia. El Ministro se acerca entonces a la carta, y ante los ojos asombrados de la Reina, que no puede hacer nada, la toma y se la guarda, depositando sobre la mesa otra carta que ha sacado previamente del bolsillo. Y desde este mismo momento, el Ministro comienza a chantajear a la Reina. Esta ve, que en sus propias narices, el ministro roba la carta, llama entonces al prefecto de policía, quien pone en marcha a todos sus efectivos para dar con la carta pero no lo consigue. El prefecto acude al detective Dupin. Este va la casa del Ministro. Le basta entrar y da una breve ojeada para darse cuenta que la carta está a la vista; es decir que el Ministro vio que la mejor manera de ocultar la carta era ponerla absolutamente a la vista de todos. Dupin toma la carta sin que el Ministro se dé cuenta  y la que carta que deja de recambio dice “Destino tan funesto, si no es digno de Atreo es digno de Tiestes”.    
Oscar Masotta nos dirá que: “La función del ministro es la definición misma del chantaje. ¿Pero que es un chantaje? Es un poder sobre el otro, pero un poder cuyo término está marcado de antemano (cuando se consigue lo que se quería o en todo caso cuando se hace uso del poder) esta definición del chantajista implica la cuestión del tiempo durante el cual no hace uso de su poder. Un chantajista es aquel que para conservar poder no debe usar aquello que se le da, porque en el momento que lo usa, cae fuera de la estructura, cae fuera del interés del otro…Sí por un instante el Ministro se siente omnipotente y genial, pensara que en verdad su genialidad depende de la imbecilidad del policía (que es quién ante no poder encontrar la carta, recién acude a Dupin) podríamos decir que se le caerían las medias de vergüenza, entendiendo psicoanalíticamente que si uno tiene vergüenza en realidad lo que desea es lo contrario: exhibir…El relato consiste en ver a donde va a parar la omnipotencia del Ministro, esta es realmente la estructura del cuento lo que realmente nos apasiona: ¿ a dónde irá a parar este tipo tan desamparado, cuyo único amparo es una mirada que lo ratifica en la imagen que él se hace de sí mismo?” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Paidós. 2015. Buenos Aires)     
“La carta no tiene propiedad, no es propiedad de nadie. No tiene ningún sentido propio, ningún contenido propio que interese, en apariencia, con respecto a su trayecto. Es pues, estructuralmente volante y ha sido robada. Y el robo no se habría producido si ella hubiese poseído un sentido, o al menos si la hubiese constituido el contenido de su sentido, si se hubiese limitado a tener sentido y a ser determinada por la legibilidad de ese sentido: “Y además la movilización del bonito mundo cuyos retazos seguimos aquí no tendría sentido si la carta se contentase a tener uno. Lacan no dice que la carta no tiene sentido, no se contenta con tener uno solo y esta multiplicidad posible parece originar el movimiento” (Jaques Derrida en “El Concepto de Verdad en Lacan”).
El cuento de la carta nos habilito a ello, lo concreto (el plano de lo real) es el robo, pero el valor es algo que ni siquiera el relato devela, pues nunca se sabe que decía la carta (si es que decía algo), pero su tenencia o su destino en manos de otros, genera poder a su tenedor, al punto que es objeto de deseo de un tercero que roba la carta al primer robador. Lo que da valor al supuesto o enigmático contenido de la carta es el sentido que se le pueda brindar a la misma, la finalidad, no su mera tenencia (es decir si esa carta terminara en manos de alguien que no supiera como utilizarla, la materialidad de la tenencia sería la misma, pero caería a cero el valor de uso de la carta).
Sin embargo en el plano de lo simbólico, el Ministro, tal como lo afirmó Masotta es el personaje central y el destino de la omnipotencia para ponerlo en términos psicoanalíticos, es lo basal.
Para nosotros, que le daremos a partir de esta, una lectura política. El cuento tendría la siguiente representación.
El único que sigue siendo el mismo es el Ministro. La Reina es el gobernante y el Rey el pueblo. El Ministro, que sólo es elegido por la Reina (el gobernante) y no por el Rey (el pueblo) chantajea aquella, presumiendo que la ayudara para contentar al Rey (al pueblo) o en su defecto para que este no se dé cuenta que algo le está ocultando (la carta en el cuento, las buenas intenciones o las cuentas, o el acceso a la información pública en nuestra relectura).
El ministro, opera a su vez, bajo el báculo de la adulación permanente ante la Reina (es decir no puede, o difícilmente pueda, sostener una posición que realmente aporte, desde otro lugar,  dado que debe obedecer a esta obcecación primigenia) dado que el volumen de su chantaje se acrecienta en la medida que es estimado, por su adulación, que le propina a la Reina, sin importar si esta, le esconde cosas, lo engaña o lo daña al Rey (el pueblo).
El Ministro, en el caso de que sea per se, es decir que hubiera resultado elegido por sus condiciones, por sus méritos o por su idoneidad, y que además pueda sortear, favorablemente la intriga palaciega que le suscita el responder, ciegamente, como chantajear a la vez, a su mandante, la Reina, que no es quién manda, final ni eternamente (el Rey o el pueblo), jamás podrá dar lo mejor de sí, que sería su conocimiento, su asesoramiento o su capacidad, dado que trabaja en relación directa con alguien, (la Reina o el gobernante) de quién se puede presumir que trabaja a favor del Rey (el pueblo) pero sin que esto quede clara o expresamente acendrado. En el mejor de los casos, la relación entre gobernante y pueblo (Reina y Rey), es una vinculación íntima, marital, en donde el Ministro opera como una suerte de tercero en discordia.
Finalmente la carta,  sí alguna inscripción tiene es la del destino funesto, para Atreo o Tieste (obra de Racine, una tragedia de hermanos que se hacen a la fuerza de matanzas y que finalmente se matan entre sí a sus propios hijos, habiéndose perdonado mutuamente por ofensas previas) que vendría a ser algo así como la representación del tercero excluido (dos proposiciones en las que una niegue lo que se afirma en la otra, una de ellas es necesariamente verdadera.)
En nuestra interpretación; O manda el pueblo o manda el gobernante, pero nunca mandará el ministro.
Sí algo pretende el gobernante, para seguir haciéndole creer a sus gobernados, que trabaja para este, debiera más temprano que tarde, disponer de un sistema en donde la ciudadanía tenga algo que ver con la elección de los ministros (gabinete ciudadano por ejemplo) de lo contrario se continuara con una relación  “patológica” entre estos tres que no es beneficiosa para nadie (al menos en el plano real, donde las democracias occidentales demuestran severos problemas para encargarse positivamente de resolver problemas urgentes y acuciantes, como la pobreza y la marginalidad).