jueves, 5 de julio de 2018

La tiranía del número o el síntoma de nuestro vacilar.



A diferencia del concepto, la cifra es indiscutible, inescrutable, inexpugnable, inapelable,  incuestionable y podríamos arriesgar, inhumana. En verdad es producto de lo humano, una suerte de reverberación, de herramienta o instrumental, que terminó, o termina,  obliterando, ocluyendo nuestras posibilidades más acabadas de entendimiento y por ende de traducibilidad (en la paradoja de haber sido alumbrado para lo contrario). Es decir, sabemos el precio de las cosas, más no así su valor, nos desesperamos por los índices macro como micro económicos, o por los indicadores numéricos que reflejarían nuestra salubridad o de que enfermedad estamos escapando, pero no cómo nos sentimos o que nos podría hacer más feliz. Creemos ser democráticos, por participar, como número, optando entre los que se nos ofrecen y obedeciendo a quién prevaleció por otro número que dictaminará su sentencia, que le pone cifra al pacto social, que se transforma en tal instancia, en una cuenta numérica.  Como sucede con los escritores, que caen en la tiranía, pese a creer habitar en el concepto. Los que se definen por la cantidad de libros que escribieron, editaron o vendieron, por la cantidad de lectores, de público que concitan sus acciones intelectuales o tertulias, convirtiéndose estos, en los tránsfugas de aquella causa, que dicen abrazar o encabezar, la del hombre como ser indiscernible de su posibilidad de pensar, como de expresar o exteriorizar estos pensamientos. Tal como la del banco, esa que nos dice, cuánto tenemos, cuantos autos, o de que año, podemos acceder, cuantos kilómetros más lejos podemos transitar, cuantas casas, terrenos, bienes muebles o inmuebles podemos ostentar, mediante ese número, que borra, acaso, lo conceptual y por ende lo más importante, nuestra noción auténtica de lo humano, como lo que no puede ser definido, ni absolutizado por un producto de nuestros propios temores, como lo es el número; un mero síntoma de nuestras vacilaciones.
En términos psicoanalíticos, o en su codificación, en su estructuración, el número es un síntoma. Para Lacan, los síntomas eran efectos del lenguaje, podríamos ajustar la significación y redefinirlo como defectos del lenguaje, es decir, lo ausente del mismo, es decir, el número. Siguiendo con lo propuesto por el autor francés, el síntoma es una manera que encuentra el sujeto de gozar. Gozar  que no es placer, sino una satisfacción paradójica que implica a las pulsiones parciales y conlleva a la vez sufrimiento.
Esto es lo que hacemos sistemáticamente, con respecto al síntoma número y sin darnos cuenta. Nos blindamos en el mismo, nos replegamos en su amparo que nos refiere a su noción de útero, que nos seduce, maternalmente, a los efectos de que no salgamos en nuestra búsqueda de realización humana. Obliterados, sujetos, atados umbilicalmente, nos privamos del placer que nos daría una humanidad realizada, por la intermediación o interdicción de ese goce, que no es más que la traducción imposible del número, que nunca nos terminará dando, aquello que buscamos que nos complete. El asirnos en la destemplanza de lo incierto, como imposibilidad, nos impele al accionar, dramático o sintomático de pretender, el imposible, de traducirnos, mediante la cifra cosificada, caemos en el reinado del goce, que nos hunde cada vez más al hacernos creer que con ello nos  estamos aferrando a algo, o construyendo una salida, un éxito (aprovechando el concepto en el inglés de exit).
El número funge síntoma e interactúa a nivel sistémico, transformando el proceso, colectivo, es decir económico, en depresivo.
La depresión económica, que se manifiesta en los índices de pobreza, de marginalidad, los desajustes financieros, como inflación, recesión, burbujas o bicicletas financieras, no son más que la depresión en sí misma, que cómo síntoma, está indicando el número,  o mejor dicho su tiranía, su accionar tiránico tal como en la lógica del amo, nos ponemos bajo él, en condición de esclavos, privándonos de nuestra posibilidad de conquista de ser por nosotros mismos, de realizarnos desde y para nuestra hábitat natural, que es el concepto, el logos, la palabra.
Quién pretendiera absolutizar el accionar filosófico, determinó que el vacilar de las cosas no es más que la revolución. Que vacilemos es señal, como síntoma, que estamos enfermos, en la paradoja que sólo los cuerpos vivos, enferman.
El número nunca cierra, nunca puede terminar de ser real. El número es lo más alocado, y poético, en el sentido peyorativo que se le da al término (sobre todo por parte de quiénes tienen todo, lo material, y muy pocas posibilidades o deseos de pensar o poetizar, que es lo mismo) que pudimos haber inventado.
El número es la muestra cabal de nuestras debilidades, de nuestros trémulos temores, de nuestra perfidia y por sobre todo, de nuestra insignificancia.
  

viernes, 8 de junio de 2018

Sólo hay vida humana, cuando se manifiesta el deseo.



Desde ciertos sectores se pretende abonar la tesis cientificista, de qué la vida humana posee un comienzo, preciso, unívoco y taxativo, en el momento mismo de la concepción. El derecho, que, no es más ni menos que la burda pretensión, de hacer ciencia de la palabra como imperativo (es decir desde lo tautológico que se define como un proceso, que en algún momento, se discute, se debate o se desafía, cuando en verdad esto apenas es así, por puro montaje, a los únicos efectos escenográficos que dieron en llamar antítesis) apostrofa en todas y cada una de las oportunidades normativas que se concelebran para darle legitimidad, es decir para que se le rinda, la debida como impracticable obediencia.
Sí existiese la vida, desde el momento mismo de la concepción, festejaríamos nuestros cumpleaños, la conmemoración de nuestros natalicios, en tal momento y no cuando lo hacemos, al momento que salimos del útero o en que nos alumbran a la realidad presente. No se trata de una argumentación baladí, expresamos, tal como vulgarmente se dice, el más común de los sentidos, el sentido común, que no significa que tengamos, sobradamente otros argumentos, para recordarnos en la obviedad, de qué al ser seres deseantes, esto es lo único que nos define, como seres y que por tanto, debe ser considerado, como razón principal para saber sí existe vida, tal como la entendemos, en un determinado organismo.
La vida no existe como una abstracción. Es decir, en caso de que quedemos solos ante el mundo, no tengamos a ningún otro para reconocernos en tales, la vida pasaría a ser no vida o una no reconocida en la dimensión actual, por más que la concepción, diga que tal sujeto, es un ser viviente y tiene derechos por tanto. Sin embargo, el derecho sí pasaría a ser, cabalmente la abstracción que es. En la actualidad, principios jurídicos consagrados no permiten la posibilidad de que personas vivan en la pobreza y la indignidad, o penalizan a quiénes puedan favorecer esto mismo, sin que tengamos noticias con respecto a la disminución en los últimos años de los horripilantes, como vergonzantes, índices que nos ensalzan en lo humano, soportando, que sólo lo seamos de ratos, en los que nos olvidamos de los que tienen hambre o sed y a los que alimentamos sólo con una falsa, como en el fondo, ruin expectativa.
Tutelar las ausencias, no es más que fagocitarlas. Nadie lucha, ni se preocupa menos que aquel que se precia de hacer de eso que denuncia, declamando, su causa, doblemente ajena. Porque no la padece, ni tampoco le interesa subsanar la misma, sólo lo moviliza, la adrenalina que gesta, al azuzarlo, esto mismo lo posiciona, en una suerte de atalaya moral, que lo enriquece vilmente, a expensas de las carencias, por las que dice estar luchando o declamando. No es raro, ni casual, que estos oportunistas, no hagan más que apocar, que trivializar y denostar, peyorativamente, lo conceptual como lo filosófico.
Son los que aferrados, acendrados, en lo inexpugnable de la docta ignorancia, quieren hacernos creer que la ciencia existió antes que la humanidad, ateridos en la maraña leguleya, pretenden que la felicidad sea un hecho porque lo dicta una norma.   
 No existen, ni existirán menos pobres, en  caso de que más personas se encarguen de resolver esa pobreza que les resulta ajena o les excede. A contrario sensu, posiblemente,  sea un obstáculo, el combatir la pobreza, ante tantos que dicen hacerlo; probablemente, la clave resida, en que los propios pobres, sean quiénes, de alguna u otra manera, puedan reformular el vínculo o la relación de lo humano, con sus extensiones, con sus objetos y de tal manera, reconvertir, reconfigurar, redimensionar, deconstruir, no solo su pobreza, sino lo humano, en toda su complexión. Bajo esta lógica, bajo esta posibilidad, bajo este sendero, no sólo que es un estorbo, sino también un impedimento, aquellos que dicen hacer algo por otros, a los que tutelan con el único fin de sacarles lo poco que les queda o que poseen.
No debe existir nada más dictatorial, en sentido potencial, que pretender tutelar,  o constituirse en la salvaguarda de la fusión de gametos. Llámese como se llame, tal organismo, y por más que antojadizamente, una lógica jurídica, performativamente (es decir desde el vamos, argumentándose en el decir, en el expresar, en el nombrar) pretenda ordenar, clasificar y determinar, qué es la vida, cuando la hay y cuando no, la misma, sólo se puede sostener, como tal, es decir cómo vida, cuando se manifiesta en su deseo de ser.
Por más crudo, que pueda sonarnos, que pueda reflejar nuestra condición de lo humano, sólo reconocemos la existencia de lo otro, cuando se nos figura como algo. Es más que obvio, como evidente, que cuando queremos dañar a alguien, lo destratamos con una frase que refiere a que no lo conocemos: “No existe” solemos expresar ante ese otro  al que violentamos, no reconociéndolo en su entidad. En sentido contrario, el llevar un antecedente semántico, como el apellido, es signo de pertenencia, para que precisamente nos conozcan, una carta de presentación que dice cosas, acerca de donde provenimos (en sociedades cerradas, incluso la marca del apellido no permite la identificación de los individuos de mismo apellido pero características o comportamientos sociales diferentes).
La vida, comienza a existir, cuando se manifiesta en su deseo de ser tal. Sea en el útero de alguien, o en la probeta de un laboratorio, un humano en formación, en determinado momento (que no puede ser precisado con exactitud por ciencia alguna, así como tampoco puede determinar el color de la felicidad, el olor del alma, o la textura del dolor) se manifestará y recién cobrará entidad, será vida, cuando sea reconocido por ese otro, que por lo general es la madre que siente su vientre mover o un médico, percibir un movimiento o una reacción que le indique que algo está surgiendo, que eso que antes era un fenómeno, casi de inexpresión, cobra vida, se manifiesta en deseo.
Se nos mueren, y se nos seguirán muriendo a tantos a quiénes no reconocemos en su identidad de sujetos, por más que se manifiesten, y en esta tragedia de lo humano, existen quiénes, nos piden, exigen y proponen que nos ocupemos de aquellos a los que la vida aún no se los alumbró, en la constitución del deseo de ser vida.
En el nombre del potencial de la vida, no sólo que nos quieren juzgar por acciones no cometidas, sino distraer la atención que debiéramos dedicar (dado que es finita y limitada) para esos cientos de millones, que aun expresándose, llevando al límite la manifestación de lo humano, les hacemos oídos sordos, los mutilamos, los aniquilamos en su identidad, abortándolos en nombre de vidas que aún no son (por más que la fantasía jurídica pretenda vindicar lo contrario), y que hasta que no se manifiesten como tales, dependerán de la configuración, sea de otros o de un destino, que nunca nos pertenecerá, ni a uno, ni a nadie, mucho menos a una norma, a una ley o a un conjunto de ellas, dado que lo humano, trasciende sus propios dictados, movilizado por un deseo, que siempre es indómito como tendiente a expresarse para confirmarse como algo viviente.

"Somos seres deseantes, destinados a la incompletud...es eso lo que nos hace caminar." Jacques Lacan.

Artículo por Francisco Tomás González Cabañas.


  






martes, 29 de mayo de 2018

La democracia no cree en la democracia.


Así como, de acuerdo a Cristina Calcagnini para “caracterizar el inconsciente freudiano habría una fórmula: Dios no cree en Dios, que es lo mismo que decir hay inconsciente”, las generales de la ley le corresponderían a nuestras democracias representativas a las que podríamos comprender en sus abismales filtraciones, en sus siderales vacíos, al adolecer ésta de la convicción de creer en sí misma, que sería lo mismo que decir que hay un pueblo a la deriva,  desguarnecido, empobrecido, asediado por problemáticas indignantes e inhumanas,  privado de una institucionalidad que lo ordene, bajo parámetros en los que se consensue un acuerdo que dote de sentido a esa voluntad general con posibilidades de firmar un contrato social que se defina, semántica como conceptualmente: de democrático.   
“La ley misma no llega quizá, no nos llega, sino transgrediendo la figura de toda representación posible. Cosa difícil de concebir, como es difícil de concebir cualquier cosa que esté más allá de la representación, pero que obliga quizás a pensar completamente de otro modo”. (Derrida, J. “La deconstrucción en las fronteras de la filosofía”. Paidós. 1989. Buenos Aires. Pág. 122).
Esto mismo que parece orillar la obviedad de una tautología, es sin embargo lo que en cada aldea que se define como democrática, sucede cotidianamente. Queremos creer en la democracia, más no así en quiénes la representan. Esta dislocación del  sentido de lo político, nos define en cuanto a nuestra paradojal, como palmaria, contradicción, que más que tal, se transforma en una contracción.
Contracción es un término clave. Gramaticalmente es cuando la pronunciación de dos palabras origina una palabra nueva. Clínicamente es el trabajo de parto que alumbrará más luego el nacimiento o la posibilidad de que este se dé.
Arriesgaremos en afirmar que en nuestra contracción democrática, dos fuerzas antagónicas, sin ánimo de anteponerse una por sobre otra, pero en la obligación de convivir armónicamente, se azuzan, cuando no se trenzan en una disputa sin cuartel y sin final.   
Nos gobiernan en nombre nuestro (del pueblo, de la ciudadanía, garantizándonos libertad de expresión y libertad electoral o de voto, elección u opción condicionada) sin que podamos hacer otra cosa que delegar en nombres concretos tal poder. Caemos en la representación y desde ese momento dejamos de creer en la idea de lo democrático en su estado puro. Hasta los propios representantes, dejan de creer en el sistema que los ungió, como, concomitantemente, en sí mismos. Retomando aquello de Freud que definió lo inconsciente (dios descreyendo de sí mismo), nuestra transgresión (en la salida a la representación, que plantea Derrida) no es lineal, directa u obvia (de único camino). De ser así, viviríamos en estados revolucionarios permanentes, en las reconversiones del orden establecido, a cada rato o de seguido. Sin embargo, nos transgredimos, al montarnos en un teatro de operaciones (que ya es una representación de la realidad) en donde hacemos de cuenta que creemos en lo que no creemos. Vivimos en las interfaces de medios de comunicación, de la virtualidad de redes sociales, que nos alimentan, contumazmente de qué racionalmente, es imposible creer en los representantes de lo democrático (los políticos), cuando en verdad, no creemos en la democracia, ni como forma, ni como valor, apenas lo sostenemos como símbolo de aquello que transgredimos, procaz como permanentemente.   
 Tal como veremos en la cita de Habermas, que recuerda una reflexión de Marcuse, sí actuásemos con lógica, raciocinio, y dentro de los marcos legales de la institucionalidad democrática, tendríamos que hacer uso del siguiente derecho, en nombre de la democracia: “Apelar al derecho a la resistencia es apelar a una ley superior, que tiene validez universal, esto es, que trasciende el derecho y el privilegio autodefinidos de un grupo particular. Y existe realmente una estrecha conexión entre el derecho a la resistencia y la ley natural…Si apelamos al derecho de la humanidad a la paz, al derecho a abolir la explotación y la opresión, no estamos hablando de los intereses de un grupo especial, autodefinido, sino más bien y, de hecho, a intereses que pueden demostrarse como derechos universales”. (Habermas, J. “La psique al termidor y el renacimiento de la subjetividad rebelde”. Simposio Marzo 1980).
No nos afecta, no nos asusta, ni tampoco nos rebela, la pobreza, la marginalidad o todo de lo que nos priva lo democrático. Nos quedamos, con la transgresión de hacer de cuenta que creemos, en eso mismo (en la democracia como expresión de un sistema que nos integre, que nos respete, que establezca prioridades para los que se encuentren relegados en relación a los que no) en que no creemos, dejándonos, normativamente, la posibilidad, de que nunca usaremos, de elegir otro sistema que no sea el democrático, por la falla de este en su integralidad y no en su conformación (adjudicar la culpa o responsabilidad a la casta, la clase o la política).
La palabra representa un concepto, una idea, finalmente, una aspiración, un deseo. Los cambios, las modificaciones, no se logran desde lo nominal, desde la denominación de una cosa por otra, que finalmente nos siga significando lo mismo, por el ruido de un significante que suene distinto.
Cuando, tengamos la posibilidad que la contracción democrática, nos depare en el entendimiento de que la transgresión, como salida, la subversión como instancia superadora o complementaria, la revolución del sentido a decir de la poeta Alejandra Pizarnik, nos conmueva en la humana comprensión de  que “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos” recién en tal contexto podríamos animarnos a creer que deseamos habitar bajo principios democráticos, en el mientras tanto, hacemos de cuenta, actuamos tal convencimiento, y a veces nos sale bien, la actuación, y otras no, tan solo esto es lo que define el público, como el votante, con su aplauso, como con su voto, a sabiendas, sin que lo que lo reconozcamos abiertamente, que asistimos a una teatralización de la vida real o de una supuesta verdad representada, como democrática.   


lunes, 23 de abril de 2018

La lógica de la democracia o del fantasma de Lacan.



“La palabra se define y nos define, ¿acaso no hemos llegado hasta hacer surgir el universo de ella? Y ¿no hemos asimilado nuestros orígenes al parloteo de un dios charlatán? ¿Qué seríamos sin el lenguaje? (Subirats, H. “Desde el lugar del otro”. Filosofía y sexualidad. Editorial Anagrama. Pág. 70. Barcelona. 1993). El concepto nodal de lo democrático es la palabra. El sujeto histórico del sistema político es ese logos. El significante de la democracia es el verbo, el término, el vocablo, estos suaves y ligeros matices en que varían como significados, no dejan de estar inscriptos en el orden simbólico de la palabra, es decir de la, o de lo, político. La democracia, en la identificación con la política, no en la identidad dado que ésta como nos recuerda Eric Laurent es un vacío, no es más que palabra, que como significante, y tal como nos alecciona Jacques Lacan en la “Lógica del fantasma” no podría significarse a sí mismo y por ende, funge, mediante lo que representa o tras la representación. A propósito de tal seminario citado, escribe Enrique Tenembaum, en el artículo “El inconsciente es la política”: En una sola ocasión Lacan asevera que el inconsciente es la política. Lo hace en la “Lógica del Fantasma”. (Seminario del 14 de diciembre de 1966).  
Ahora bien, ¿Qué es un fantasma?.  En otro pasaje del artículo up supra mencionado de Tenembaun, refiere: “En un meduloso estudio sobre Hamlet, Carl Schmitt plantea que el nacimiento del Estado moderno surgió como un nuevo orden político al neutralizar las guerras civiles entre confesiones. En este proceso Hamlet se convertiría en el mito político de la Modernidad, opuesto a Edipo como aquel de la Antigüedad”.
Hamlet, es el fantasma político por antonomasia de occidente. La entidad fantasmagórica, interviene en lo real, o está presente en ella, desde otro plano, desde otra perspectiva, obliterando la posibilidad de que establezcamos una relación, bajo nuestros términos (es decir del orden de la realidad, de cientificidad, de logicidad o desde lo eminentemente normativo) y aceptando que sólo nos resta el juego, azaroso, de las identificaciones, pues construir una identidad, sería el que cómo mínimo, dejáramos de reproducirnos, cuando no, hesitar y perecer en tal hesitación, como decisión, lógica, de lo humano.
El inconsciente es la política por esto mismo, por su estructuración como un lenguaje, dado que en su identificación, devino en lo democrático, no sólo porque el  “significante no podría significarse a sí mismo” como nos alerta Lacan, sino que además porque mediante este orbitar, se libra o se trata lo reprimido, que siguiendo con el autor de “La lógica del fantasma” refiere:  “Lo reprimido: el representante de la representación primera en tanto que ella está ligada al hecho primero — lógico — de la represión”.
El fantasma, que podríamos decir, forcluido en un fantasma Lacaniano, reina en los tres órdenes, real, simbólico e imaginario, sin que permanezca en ninguno, pues es el que permite la ruptura, supuesta de la lógica del amo y del esclavo, el diapasón que disrumpe la lógica aristotélica y la formalidad cartesiana.
Claro, que no por esto, el fantasma Lacaniano, no deja de ser  un fantasma narcisista: “Creerse uno es una ilusión, una pasión, o una locura según las diferentes formas en las que Lacan ha podido nombrar el narcisismo” (Laurent, E. – “El traumatismo del final de la política de las identidades”).
En términos políticos y en conceptos, harto trabajados por ciertos magistrales como Arendt (La promesa de la política) y Derrida (Historia de la mentira), pedirle, exigirle, reclamarle, solicitarle, a lo democrático, a la política, y por ende a quiénes la representan (a ella, no a nosotros los ciudadanos  o el pueblo, como se prefiera) es decir a los políticos, nociones como la verdad, lo cierto o lo consciente, es cuanto menos histérico, sino propio de una conducta psicótica.
 Sí queremos comprender, entender, o incluso el imposible de cambiar, tal lógica de lo democrático, la encontraremos sólo sí en el ámbito de lo inconsciente, en ese no lugar que estructurado como un lenguaje, es lo otro que supuestamente se nos ofrece, mediante discursos armados, campañas prolijas y postureos de risas y gestualidades.
Incluso más, cuando nos hacen desear es cuando nos gobiernan, en el reinado del desierto de lo real (cuando nos quieren decir que no existen los fantasmas o que los han exterminado) lo político y lo democrático, se detiene, como en un paréntesis, para la venidera parusía de lo que nos redima, y esta es la razón por la cual, en términos políticos y metodológicos, lo único invariable de las democracias es el ejercicio, podríamos decir masturbatorio (dado que como mínima persigue placer inmediato) de lo electoral.
Democracia, política, inconsciente, y fantasma lacaniano son los distintos significados para el que el gran significante del voto, de la elección, de la libertad política, no se signifique así misma y nos brinde la sensación de que todo puede estar en movimiento, sin que nada se mueva, desde ningún otro plano, que la estructura con la sentimos, pensamos y de la que invariablemente desconocemos y no toleramos.

   


lunes, 2 de abril de 2018

La democracia y el parricidio.



“El padre de familia es el gran criminal del siglo” (Arendt. H)
La democracia esconde sus formas, maneras y metodologías totalitarias, en la perversidad engañosa de una aprobación, condicionada, por supuestas mayorías libres, que periódicamente, legitiman a un grupúsculo de privilegiados, que a gusto y piacere,  a diestra y siniestra, demuestran la condición líquida, difuminada de las leyes, que casualmente (en este ardid centra su energía nodal lo democrático, en que las reglas de juego parezcan de dominio público, cuando en verdad lo central se escribe en tamaño micro para los pocos que cuentan con lupas para detectarlo) siempre los benefician, perjudicando, por lógica a las mayorías que votan a sus victimarios.
La tipología del delito que comete para con su sociedad, podría entenderse como de crimines causae (delitos que se ejecutan por medio de varias acciones, cada una de las cuales importa una forma análoga de violar la ley para encubrir anteriores)  emparentado incluso, o aprovechándose de la continuidad jurídica del estado, al que no deja de vejar, tal vez corresponda a otras tipificaciones existentes o a crearse (en algún otro desarrollo teórico hemos propuesto la figura penal del “democraticidio”) de todas maneras, no es nuestro campo el de la penalidad, sino el del señalamiento, claro, prístino y contundente, acerca un diagnóstico cultural del que no podemos prescindir en caso de que queramos, desde el lugar que fuese, modificar algo, con el fin altruista o no, que fuere.
Retomando las consideraciones de Arendt,  una de las conceptualizaciones más deslumbrantes a la que arriba es la consideración de la “banalidad del mal”. Una suerte de justificación o de prescindencia de libertad, en la que muchos jerarcas nazis se escondieron, se agazaparon, para no reconocerse en la monstruosidad e inhumanidad de sus propios actos. Para evitar esta lógica de escalas, de gradaciones, estimamos, es que la autora llega a la genial conclusión de que el gran criminal, es además y no en verdad, el padre de familia, el modelo cultural entronizado. El encuentro de este límite de responsabilidad es el que permite señalar que más arriba no se puede apuntar, y que en definitiva, todos por acción u omisión fuimos y seguimos siendo responsables.
La complicidad democrática, para nuestra consideración, se evidencia en que cobija al criminal  en todas y cada una de sus acciones, sin que medie límite alguno en la consecución de las violaciones a la ley, que en este caso, serían a la propia condición humana (otro título de otra obra reconocida de Arendt).
Así como para Lévi-Strauss la prohibición del incesto es el único fenómeno que tiene una dimensión cultural como natural,  nosotros creemos que nuestra humanidad al menos debería entender como límite de su auto-vulneración lo que expresa Pedro Casaldáliga (candidato a Premio Nobel de la Paz, obispo emérito de São Felix, místico, poeta, uno de los líderes de la teología de la liberación y una figura internacional en la defensa de los Derechos Humanos) “Todo es relativo, menos Dios y el hambre”. Prescindamos del rol de sacerdote de Pedro, hasta su máximo pastor, el Papa Francisco, lo señala como la cuestión principal a resolver, la del hambre, la pobreza o la marginalidad.
Una democracia que se precie de tal, sea tal o no esconda, complícemente, al asesino del siglo anterior, a decir de Arendt, trabajaría en post de combatir la pobreza. La no realización de esto mismo, y hasta su perversa aquiescencia (la de declamar que se trabaja para erradicarla) no hace más que confirmar el gravoso encubrimiento que perpetra lo democrático, ante su figura cultural-simbólica, denunciada siglos atrás como el gran criminal de la condición humana.   
“La falta de legitimación, asimismo, de una justicia fundada en la equidad y la costumbre no sólo en los sistemas deónticos y positivistas para lograr una convivencia social mínima agravó la crisis de la democracia representativa, por lo que hoy parece haberse producido un desplazamiento de la universalidad de la ley a la omnipresencia del entretenimiento formal, del que no se sustraen el ciudadano convertido en un potencial elector y visto cómo ni las autoridades políticas reducidas al discurso del espectáculo. Ser ciudadano es limitarse a concurrir al acto eleccionario, el resto que lo hagan los políticos porque menos se averigua y Dios perdona. Este es el pensamiento que suele ser imperante” (Winkler, P. “El psicoanálisis como envés de la ley”. Revista Affectio Societatis, Vol. 8, Nº 14, junio de 2011)
 Esta es la razón por la que los políticos, acendrados en lo simbólico, reinan en los festejos o conmemoraciones protocolares, que cada tanto incluyen a los sectores que suelen tener que ver con cada una de las fechas a concelebrarse.
La democracia pasa a convertirse en un fenómeno ceremonioso, se rubrica tras lo sagrado y totémico de lo electoral (en donde hace rodar la certeza de que garantiza una libertad de expresión que no permite ni promueve, al contrario, la ocluye a la libertad de pensamiento y por ende a que estos, más luego, sean publicados, en un sistema comunicacional aterido de razonabilidad) se reduce a un imperativo categórico que solo nombra, performativamente.
“Están hermanados desde su origen en el Nombre-del-Padre, Padre-del-Nombre  forcluido o no, es decir, en el nombre que nos inserta o excluye del lenguaje y de la cultura. La palabra forclusión, como caducidad constituyen una parte de la terminología jurídica relacionada con la prescripción y el curso del tiempo en el ejercicio de los derechos. La autoridad, que no es sinónima del autoritarismo y requiere del reconocimiento social del otro (de los ciudadanos y habitantes de una nación), pues de lo contrario es carcasa vacía, debe poder ejercitar sus funciones políticas y sociales. En un mundo en el cual por la experiencia de tiranías y dictaduras de distinta índole, aquélla se encuentra sospechada desde el inicio y casi sin admitir prueba en contrario en la concepción popular, la sociedad deviene en soledad y corre el riesgo de transformarse en un sempiterno caos. El caos lo sufren los más visibles, ya que debido a sus escasos recursos no les es posible acceder a la vivienda, al alimento y a la educación, y si las instituciones no median por ellos, el malestar aumenta” (Winkler; pág.17).
Jacques Lacan el introductor del término forclusión en el ámbito psicoanalítico, planteó la estructura de la psicosis como efecto de aquello, bajo el significante del Nombre del Padre. En nuestros términos, o reintroducción en el campo político, ese significante es lisa y llanamente las reglas de juego.
Sea para habitar más placenteramente nuestra alucinación, o para salir de ella (aporía que no está en cuestión aquí) no precisamos cambiar de representantes o encontrar modificaciones accesorias, lo que precisamos es el cambio, radical y conceptual de nuestro ser en el mundo, tanto ontológico como, por ende, político.
La institucionalidad jurídico-legal que impuso como sistema lo democrático (La ley del padre), que en términos reales es votar, obligados por ley, escoger entre las opciones que nos presentan para que seamos gobernados, más allá de resultados, saludando y aplaudiendo, a estos padres quiénes nos prohibieron prohibir,  en nombre de una autoridad que está más en nuestra estructura psíquica que en las instituciones políticas, que en la realidad cotidiana de las redes o de las calles.
El próximo parricidio, simbólico, para establecer nuevas leyes o normas que dispongan un sistema organizacional más acorde con nuestra humanidad, provendrá, seguramente más del campo personal-analítico y como de allí se logre intervenir en lo público-político, que en sentido contrario de la manera en que se venían dando las disrupciones históricas que nos depara en nuestra realidad parroquial de cada una de nuestras democracias aldeanas que se pudren, lentamente, en la carroña de un dios, que deja morir de hambre a sus hijos, para regocijarse de su supuesta grandeza y heroicidad que no está en el plano de lo real, sino de lo imaginario, de un paraíso, de un más allá, de una de las tantas promesas que jamás podremos comprobar sí fueron desperdigadas con el afán del engaño o con la bonhomía de la credulidad, pero que deparan para nosotros, un mismo resultado; el ser los bastardos de un padre criminal, al que antes de ajusticiarlo, deberíamos enjuiciarlo para determinar qué responsabilidad y más luego, en el caso que se determine, penalidad le correspondería por sus acciones como por sus defecciones.
“El parricidio es, según interpretación ya conocida, el crimen capital y primordial, tanto de la Humanidad como del individuo. Desde luego, es la fuente principal del sentimiento de culpabilidad, aunque no sabemos si la única, pues las investigaciones no han podido determinar con seguridad el origen psíquico de la culpa y de la necesidad de rescatarla. Pero tampoco es preciso que sea, en efecto, la única. La situación psicológica es complicada y precisa de aclaración” (Freud, S. “Dostoyevski y el parricidio”. Obras completas).
Desear algo mejor que lo democrático ya nos convertiría en parricidas, por más que tan sólo queramos un padre que oficie de tal, sobre todo para con sus hijos, los pobres,  que más lo necesitan, que no casualmente son los que más lo vindican y vitorean cada vez que con perversidad (en las elecciones en lo electoral) se muestra para consolidar su cetro y espantar las posibilidades de ser juzgado, como su situación larga y humanamente ameritaría.


martes, 20 de marzo de 2018

Eyaculación, procaz y precoz.



El macho que en la prepotencia de su machismo se siente tal, al encontrar la reacción de la mujer, tras no haberle brindado a ésta el goce (ni que hablar de placer) inmediato de lo sexual, se encuentra desnudo en su condición (fálica como retrógrada) de macho. Deja de ser tal, es decir no logra con el falo ratificarse como hombre y acude, a la violencia para no perder, no ya su condición, sino su existencia que la subsume a una cultural razón de ser, específica y determinada (dador de felicidad, mediante la penetración). La mujer, la mejor elección que toma, es la de no entrar en el juego de la hembra, y la peor decisión que podría tomar, es la de escoger por el hombre, la opción que este debería hacer para dejar de ser macho. Antes que la impotencia, que afecta al hombre por lo general de edad avanzada, y que puede ser resuelta mediante fármaco, el principal problema masculino es, el de contexto civilizatorio mediante, transformarse en un procaz y precoz, que lo haga todo rápido, vertiginoso, amontonado, fatalmente intenso, maquinal, acumulatorio, sea en la cama, en un recinto o en la oficina de gobierno.

Al haber decidido, sí es que realmente tomamos tal decisión, el renunciar a la serenidad para vivir en reflexión y pensamiento, a expensas de recrear, las ficciones más temibles de nuestros temores, que son las que nos conducen a diario, nuestros adictivos grilletes a los que endiosamos y creemos que nos liberan, cuando más nos anulan y nos cercenan en nuestra posibilidad de ser humanos, a dejarnos llevar, como tristes ilusos que van, irremediablemente a la frustración, a en-cementar, blindando, que no es lo mismo que brindar, los acuciantes horrores de los otros, para atacar el síntoma, el sucedáneo y no la causa.
Ocurre en la cama como en el atrio del gobernante. Sí una de las partes, pretende el goce sexual, por separado, no sólo que está violando el acuerdo tácito del encuentro (así incluso se hable o se pague antes por lo contrario) sino que además, está perjudicando, violentando al otro, que como si fuese poco, terminara reaccionando, de alguna u otra manera, devolviendo tal desaprensión al desaprensivo. Eyacular precozmente, es un buen ejemplo, de esta disfuncionalidad que en realidad es mucho más que eso, dado que sale de las sábanas y como actitud llega a los recintos institucionales y a las casa de gobierno.
 Nadie puede desconocer que el atavismo cultural de la imagen del poder se asocia, aún al hombre, confusa como injustamente, pero lo cierto es que el gobernante aún reina en el orden simbólico de muchos “como el que la tiene más larga”, en un claro y palmario ejemplo de lo primitivo y soez de nuestras consideraciones públicas y políticas.
No se trata que estos machos cabríos, hagan de su pene real (lo que tantos escritores narraron en distintos libros, verbigracia “La fiesta del chivo” de Vargas Llosa) los desaguisados machistas que sus procacidades les habiliten, sino de lo que harán con su miembro simbólico, que es ni más ni menos que la lapicera de sus decisiones públicas.
No debe importar el tamaño, ni el color de la lapicera,  sino como la use. La similitud con lo sexual, no tiene una razón metafórica o una necesidad del suscribiente para ratificar una tesis, es lisa y llanamente sentido común. Gobernar es dar lo mejor de uno (el gobernante) como el amante da lo mejor de sí para el otro en la cama o en la intimidad.
Uno de los mayores peligros es que en el afán de hacerlo todo rápido, bien y a la perfección, es caer en la precocidad. En una suerte de cumplimiento de lo dictado, en la parusía de las recetas pre-moldeadas de gobernanza que con tanto y supuesto éxito, terminan de colonizar nuestra imposibilidad de recuperar la serenidad.
En un mismo orden de ideas, en pleno contexto occidental en donde nos hemos amputado la mencionada posibilidad de actuar con serenidad, sí vamos vertiginosa o alocadamente, seguramente vamos a acabarnos y el problema no tiene que ver con la finalidad misma, es decir con terminar acabados, sino de disfrutar el viaje y de al menos dotarlo al mismo de un sentido fuerte y con una valedera como valiosa, significación.
Tanto actuar meramente administrativo, así se trate de obras de infraestructura o de reparto de dádivas, prebendas o asistencialismo, generará que gobernado nunca reconozca el esfuerzo del otro (es decir siempre querrá un polvo más, un encuentro  en donde depositará la expectativa de ser comprendido y acabar a la par, que del goce luego se camine al placer) dado que estará solamente alimentando,  este canal, esta sintonía, este orden. La escenografía, de las democracias occidentales actuales, nos remite al mito de Sísifo con la piedra que cae,  sempiternamente desde lo alto de la montaña, pese a ser levantada y llevada una y otra vez.
A veces cambiar el color de la tinta de la lapicera puede ayudar para lo inmediato (pero nunca es una solución de fondo, todo lo que el marketing, el coach y demás tácticas de rapiña ofrecen a los políticos y por ende a la política), lo cierto es que el ritmo de viajes, inauguraciones, de reuniones, de presencia en fiestas, en redes sociales, debe tener un anclaje en una construcción que contemple a ese otro gobernado, o amado. El gobierno debe estar acendrado en algo más que en la minuta, que en la eyaculación precoz, que ofrecen los especialistas en medios y en comunicación.
La política es esa comarca, esa morada, la cama en donde el gobernante debe dar cuenta de sus mejores artes. El que se hable de cómo generar mayor participación, de brindar y no blindar, un sistema o forma de votación, más claro, más transparente, que se colijan las experiencias de otros (los ex) que hayan gobernado y mediante homenajes lo mejor de cada uno de los tiempos pasados, fungirá como ejercicio pleno de un haber dado amor público y político, que le cambiará o al menos, se irá en la intención, a la mayor cantidad de gente.
Repartir planes, proyectos, power point que vienen digitados de otros lugares (con intereses y beneficios que siempre están fuera del lugar de arraigo), robotizarse en el envío atontado y alocado de gacetillas para cortar cintas que no desatan ningún nudo, es una mera eyaculación precoz, que más temprano que tarde, sino se ofrece más que esto, el amado o gobernado, además de recriminarlo, elegirá a otro (incluso un objeto) que le prometa amor, y que verá con el tiempo sí le cumplió o si se trató de otro mero eyaculador precoz.    
Este finalmente, como proverbial narcisista, al no tener la posibilidad de ver al otro, por ende de interesarse en lo que le pase, o en esforzarse por comprenderlo, dejará un tendal de gobernados, no sólo sin amor, sino también sin dignidad y sin comida. Nada muy diferente a nuestras democracias actuales que minadas, desbordadas de pobres y de pobreza, necesita una cura analítica, en términos de la palabra, de la razón, del logos.


domingo, 11 de marzo de 2018

Adyacentes.


Término y terminó, como tantas acepciones, en distintas lenguas, se distancian más en significado que en su nomenclatura. Es una cuestión semántica, la que disfraza lo conceptual. Necesitamos de tal representación de nuestra oralidad, que a su vez representa, lo pensado. Consuetudinariamente, son varios los órdenes mediante los que se organizan las representaciones de lo pensado. Lo real, lo imaginario, como lo simbólico. Obliterados estos, por la posibilidad de que en la escritura, en el tránsito, en su traducción final, funja la operatividad de lo consciente o de lo inconsciente.  En el engranaje en que en tal instancia se convierte, en lo que estamos sujetos y que nos define como tal (sujetos), nos condicionamos por delimitar aquello que nos impulsa, que nos impele a algo. Así este algo, sólo signifique vivir, hesitar, o sobrevivir.
A todo le hemos puesto nombre, y lo seguiremos haciendo, en tren de redefinirlo, de reescriturarlo, de reconvertirlo, de deconstruirlo, o como lo queramos llamar o significar, que en este caso sería lo mismo. Algunos han buscado más luego, una razón, un sentido, el nombre del impulso que nos lleva, que nos conduce a ello. Así surgieron ciencias, imperios, lenguas, expediciones y todo aquello que pueda implicar el ejercicio de lo humano.
No trazaremos una síntesis encicplodedista, de lo que representa la imposición de razones o las argumentaciones de la realización, como de lo realizado, por lo humano de la condición (que no es lo mismo que la condición humana). Una frase, abusando de la perspectiva que dan en llamar economía del lenguaje, nos redimirá, en la búsqueda de comunicarnos lo mejor posible con la mayoría de nuestros congéneres, a quiénes le podemos reconocer muchas virtudes, pero no necesariamente la de ser una generación devota de la lectura y ejercitada en la reflexión.
Sí algo nos define, en verdad nada, pero insistimos compulsivamente en acotarnos (la muerte es una invención, nosotros sabemos que los otros mueren, pero jamás podemos afirmar que cada uno de nosotros morirá, dado que cuando nos toque tal experiencia, tal vez le demos otro nombre, que por alguna razón no se puede comunicar en tal estadio) es tal proximidad, tal inmediatez, tal cercanía, somos, básicamente, seres adyacentes.
Lo adyacente es lo que somos, dado que tal instancia, no es ni física ni temporal, tampoco puede delimitarse como algo o lo otro, es (somos) simplemente lo próximo, lo cercano, lo inmediato, lo contiguo.
Nuestra condición adyacente es lo que explica nuestra naturaleza familiar. No necesitamos, nos alerta la antropología que ve más allá de las aldeas occidentales, las estructuras familiares por todos conocida. Necesitamos la adyancencia de estar cerca del otro ser humano, no fundirnos, mimetizarnos, ni sintetizarnos, sino hermanarnos, maridarnos, familiarizarnos, por esta noción adyacente, no porque nazcamos con una necesidad de padre, madre, abuelo, tía, prima que consabidamente, más luego, legitima todo lo otro en que se constituye la comunidad.
Lo adyacente, explica el deseo que nos moviliza, para que algo suceda. Al no estar en el lugar exacto, preciso, final (paraíso, cielo, nirvana) estamos cerca, sin que eso signifique cuanto o sí nos podemos alejar (es decir no es una idea de purgatorio o de antesala, en donde se esperan las decisiones o  resoluciones de otros).
No haber arribado aún, es lo que nos moviliza a que pretendamos hacerlo, por más que tengamos la íntima convicción de que nunca lo lograremos.
A tal punto, nos detuvimos en una reflexión de tal perspectiva, que nos hemos encargado de definir, hasta el hartazgo, la condición subyacente, mediante la cual escrituramos muchas cosas, pero que marchan en un mismo sentido, destino o finalidad, estar cerca, próximos, pero nunca acabados o terminados.
Lo que subyace son las distintas codificaciones, para ir al mismo destino que es el no lugar de lo adyacente.
En todos los ámbitos, campos  y disciplinas se alienta, se promueve, se incentiva, se insta, a la adyacencia. Bajo las diferencias nominales o del significante (mero), los senderos se unifican, sin embargo para empalmarse a la ruta que nos conduce a la tierra señalada.
Desde el “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-31) de una de los principales credos occidentales, conceptualizando, al prójimo como al próximo, al cercano, al adyacente, hasta el dilema del erizo de Schopenhauer (el punto exacto en que estos animales pueden estar cerca, sin estar demasiado como para dañarse o tan lejanos como para no necesitarse, como parábola de la interdicción, justa, de la proximidad exacta) que tomada luego por Freud, desarrolla este, a partir del concepto o la idea de lo siniestro. Solo puede ser perpetrada por el conocido, por el otro al que le damos valor, cuando precisamente, se nos muestra extraño, al punto que nos daña. Esta concepción funciona precisamente, para definir como lo adyacente se convierte, como sucedáneo en lo amigable. Somos amigos de la sabiduría, porque nos acercamos a ella, porque la rodeamos, porque la concelebramos, pero nunca por una noción que la podamos tener, absoluta o dictatorialmente, encerrada, sea en un sistema o en un conjunto, por más que de esto trate el paradigma del amante de la sabiduría, del filósofo, que en el caso de que pretenda aquello, nunca lo conseguirá, dado que siempre existirán otras concepciones, otros pliegues, otros rebordes, de la lectura de lo humano, cumpliéndose la máxima etimológica, que lo mejor que se puede hacer es hacerse amigo, estar próximo, cercano, contiguo al saber.
Tal cercandad, proximidad, no genera el conocimiento del límite, sino que anterior, como atávicamente, nos brinda confianza hacia ello, es decir nos posibilita avanzar con seguridad, ante la naturaleza incierta del futuro, temporal como espacial, caminar más allá de lo que no sabemos que existe, en el caso de que exista, y seguir sin la constante, ratificación de que seguimos estando.
Esta es la clave, mediante la cual, se comprende, porque traducimos, exitosa o mayoritariamente, nuestro futuro, expectativa de ello, mediante el dinero, al tener cercano, adyacente el fenómeno, confiamos en que el papel moneda, puede ser cambiado, por algo razonablemente justo, en relación a lo que hicimos para obtenerlo (sí se lo piensa, la mayoría de las personas que crítica este sistema de intercambio, en verdad lo hace en esta instancia, porque considera que sus esfuerzos o los de su facción no son debidamente, reconvertidos o reconocidos, en la cantidad de dinero que pretende contar como para ello seguir la lógica del funcionamiento de un intercambio, hipostasiado que de imposible, pasa a reconvertirse en otro  de acumulación).
La noción de propiedad privada, funciona desde lo axiomático de lo adyacente. Nunca es de un individuo, contante y sonante, dado que el patrimonio particular, debe estar sostenido en compendios normativos, legales de una comunidad que así lo determinen. Lo privado, nominalmente podrá ser de uno o de unos cuantos, pero en términos reales o en el orden simbólico, solo lo es desde su adyacencia. Lo mismo para un sistema comunitario, en donde se suprima lo privado y todo sea determinado por lo público, el uso, circunstancial, determinado y condicionado por lo colectivo, siempre será por la misma condición de aproximación, nunca de totalidad.
La democracia, como sistema político imperante, funciona, también bajo este principio adyacente. El político, que representa la política, siempre estará próximo, cercano, pero nunca será, personalmente o como entidad, el estado en sí, el poder taxativo, que nos responda en todas y cada una de las necesidades que podamos tener, en el transcurso de cada una de nuestras vidas. Todo está  cerca, tendemos a ese acercamiento, a los que damos distintos nombres, a sabiendas de que nunca obtendremos la cosa en sí,  a la que supuestamente buscamos o perseguimos con el afán, fundante o movilizador de la vida misma.
La automatización, de la que somos víctimas y que nos impele, a que cada cosa, a cada rato, le preguntemos, que nos dará en términos de resultados, es precisamente, lo contrario a lo que dispone nuestra condición de seres adyacentes.
Sí algo interesante de este modo de ser en el mundo, nos es dado mediante esta posibilidad de no llegar a ningún lugar, sino estar cerca, es precisamente la facultad, de vivir en la libertad de no estar condicionados por un número que nos diga, que nos depare, que nos califique, que nos determine, que nos exija, que valemos o cuanto en relación a esa posición totalmente distorsionada e inhumana.
Sin embargo, todo parece ir en ese lastimero, como lastimoso sentido, queremos la exactitud de la respuesta para todo, cuando, al parecer, por aproximación, solo tenemos preguntas, que pueden tener múltiples interpretaciones o correspondencias y allí radica cuanto vivamos o cuanto deseemos morir, incluso en el mientras tanto, todos los otros, resultados, definiciones y certezas, son cuestiones anexas, secundarias, producto de nuestros temores, de nuestra imaginación, de la no posibilidad de disfrutar que somos cercanos, próximos, merodeadores de nuestra propia condición humana, que para poco como para mucho, será en la medida que la interroguemos que nos preguntemos, acaso que otra cosa podemos esperar, a que otra cosa nos podemos dedicar que no sea a elaborar aproximaciones que permitan tantas respuestas como signos de pregunta y de interrogación, que nos hagan con vivir con plenitud, nuestra inefable condición humana.