martes, 31 de julio de 2018
La indiferencia el arma concedida a los estultos.
Tal como narra magistralmente el danés Andersen (junto a Kierkegaard las celebridades del país desde donde la empresa Lego señorea al menos en occidente, a nivel de juguetes creativos) en uno de sus tantos, celebrados cuentos, en este caso en el “nuevo traje del emperador”, la trama se consolida mediante el temor que profieren los incapaces, que afectados por la inseguridad de sus límites que no reconocen, negando tales limitaciones, se enredan en las ilusiones y mentiras de otros, que a sabiendas de la impostura de estos, fabrican un mundo ficticio, en donde los estultos se creen sabios y termina todo como en el cuento, saliendo un rey desnudo a un acto público, creyendo que va con las mejores ropas, aplaudido por una cohorte de lisonjeros y lamebotas que a final del día, siquiera perciben que lo más virtuoso que poseen es tal capacidad de genuflexión y de concesiones laudatorias, para con sus reyes o amos absolutos. Esto no sería novedad, es decir no estamos, hasta ahora, agregando nada que no haya expresado, con mayor calidad, dinámica y poder de encantamiento, siglos atrás, Andersen.
La pena, irredenta, que les cabe a estos señores grises, estos don nadie, que teniendo la posibilidad de conseguirse un nombre y apellido, o dejar sus propias huellas en el sendero de la humanidad, la obturan por la supuesta seguridad o confort que les pueda llegar a dar (sensación ilusoria, además) un par de mendrugos que les sobran al amo-patrón del que dependen en grado sumo y por el cual se aniquilan la posibilidad de ser, es precisamente esta, la de no llegar nunca a terminar de constituirse como entidades en el plano humano.
Ser indiferente es negar al otro. En la trama, compleja de la otredad, el camino más cruento es el de precisamente, censurarle la existencia, a ese que no es uno y que no se le reconoce. Para que un ser humano llegue a este extremo de agresividad, precisamente, es porque no alcanzo nunca en verdad la condición de sujeto, no tuvo la posibilidad de sentirse en plenitud consigo mismo y por ende, irradiar su humanidad o emprender la aventura de ser en sentido pleno. Ante la carencia, reacciona, con iracundia, con violencia, destilando lo peor que le han dado, que es ni más ni menos un ser mutilado, que preso de la incompletud, regurgita, el veneno que le hubieron de inocular, imposibilitándole como ser humano y vomitando, agresión mediante, la falta, lo ausente que enmarca la dimensión sideral de tal carencia.
No pasa porque el amo sometedor, juegue al esclavo cómo en la canción de la mítica banda de rock “Patricio rey y los redonditos de ricota”, dado que obrando de esta manera, existe conciencia y perversidad al esconderse en el antagonista, en reconocerlo a ese otro, desde la rivalidad de supuestamente representar, o tutelar también sus intereses.
En la indiferencia, el patronímico primigenio que coarta la libertad humana en nombre de garantizarla, despliega a millares de centuriones que van por el cometido de negar la existencia de quiénes osen pensar, cuestionar las cosas dadas o simplemente preguntar sin pedir permisos o concesiones.
El orden establecido que se sostiene en la pobreza conceptual de cada uno de sus integrantes que no se plantean el vivenciar la experiencia plena de la humanidad, riega cual vergel destinado al ocio distractivo a la jauría de cancerberos, que privados de la posibilidad de advertir la presencia de los otros, en lo único que ratifican su existencia es en su presencia tenebrosa, rendidos a los pies de quiénes los ponen en funciones y les insuflan su razón de ser.
Son los cortesanos de aquel Rey descripto por Andersen, quiénes habiendo perdido la posibilidad de construirse una identidad, a cambio de rasgar las vestiduras oficiales, tienen como objetivo no advertir la presencia de esos otros, que preguntan, pensando la verdadera razón de un ser humano en la tierra, más allá de las funciones que pueda, quiera o pretenda ejercer en el mientras tanto.
Sí existiese algún tipo de continuidad para el cuento del danés, suponiendo que pensó en que su público lector, infantil, pasase al mundo adulto, sin que esto signifique nada más que otro estadio, podríamos arriesgar que el rey, no se da cuenta que va desnudo, sino en todo caso, que todos, el resto, están desnudos y por ende, posiblemente, tal vez él.
El mejor combustible, dinamizador de la experiencia repetitiva y maquinal que practican los centuriones, desangelados y coartados en su posibilidad de ser, es el que obtienen mediante el poder, fáctico, concreto, real, de suponer que están tomando decisiones y que con tales discrecionalidades le modifican la vida a todos los que a ellos se les antoje, salvo a los que cuestionan tal supuesto poder o posibilidad, a estos lo destierran, tratándolos con indiferencia.
Cada vez, cada instancia en cada oportunidad, en que uno de estos centuriones, que estos lisonjeros del incuestionado poder, en el que reposan sus supuestas seguridades, no otorgan una firma, un derecho, un recurso, una posibilidad, a alguien que con su simple proceder u obrar, es decir con el sencillo vivir, demuestran que puede existir otra manera de ser en el mundo, temen el realizar tal cometido, para no verse desnudos, desolados y descarnados con sus propias pieles, con sus órganos, con sus genitales al viento, de los que tampoco deben estar ni conformes ni seguros, porque carecen, de valor, para tomar del destino de sus propias demostrar, y con ello, experimentar con profundidad lo que ofrece la condición humana.
jueves, 5 de julio de 2018
La tiranía del número o el síntoma de nuestro vacilar.
A diferencia del concepto, la
cifra es indiscutible, inescrutable, inexpugnable, inapelable, incuestionable y podríamos arriesgar,
inhumana. En verdad es producto de lo humano, una suerte de reverberación, de
herramienta o instrumental, que terminó, o termina, obliterando, ocluyendo nuestras posibilidades
más acabadas de entendimiento y por ende de traducibilidad (en la paradoja de
haber sido alumbrado para lo contrario). Es decir, sabemos el precio de las
cosas, más no así su valor, nos desesperamos por los índices macro como micro
económicos, o por los indicadores numéricos que reflejarían nuestra salubridad
o de que enfermedad estamos escapando, pero no cómo nos sentimos o que nos
podría hacer más feliz. Creemos ser democráticos, por participar, como número,
optando entre los que se nos ofrecen y obedeciendo a quién prevaleció por otro
número que dictaminará su sentencia, que le pone cifra al pacto social, que se
transforma en tal instancia, en una cuenta numérica. Como sucede con los escritores, que caen en la
tiranía, pese a creer habitar en el concepto. Los que se definen por la
cantidad de libros que escribieron, editaron o vendieron, por la cantidad de
lectores, de público que concitan sus acciones intelectuales o tertulias,
convirtiéndose estos, en los tránsfugas de aquella causa, que dicen abrazar o
encabezar, la del hombre como ser indiscernible de su posibilidad de pensar,
como de expresar o exteriorizar estos pensamientos. Tal como la del banco, esa
que nos dice, cuánto tenemos, cuantos autos, o de que año, podemos acceder,
cuantos kilómetros más lejos podemos transitar, cuantas casas, terrenos, bienes
muebles o inmuebles podemos ostentar, mediante ese número, que borra, acaso, lo
conceptual y por ende lo más importante, nuestra noción auténtica de lo humano,
como lo que no puede ser definido, ni absolutizado por un producto de nuestros propios
temores, como lo es el número; un mero síntoma de nuestras vacilaciones.
En términos psicoanalíticos, o en
su codificación, en su estructuración, el número es un síntoma. Para Lacan, los
síntomas eran efectos del lenguaje, podríamos ajustar la significación y
redefinirlo como defectos del lenguaje, es decir, lo ausente del mismo, es
decir, el número. Siguiendo con lo propuesto por el autor francés, el síntoma
es una manera que encuentra el sujeto de gozar. Gozar que no es placer, sino una satisfacción
paradójica que implica a las pulsiones parciales y conlleva a la vez
sufrimiento.
Esto es lo que hacemos
sistemáticamente, con respecto al síntoma número y sin darnos cuenta. Nos
blindamos en el mismo, nos replegamos en su amparo que nos refiere a su noción
de útero, que nos seduce, maternalmente, a los efectos de que no salgamos en
nuestra búsqueda de realización humana. Obliterados, sujetos, atados
umbilicalmente, nos privamos del placer que nos daría una humanidad realizada,
por la intermediación o interdicción de ese goce, que no es más que la
traducción imposible del número, que nunca nos terminará dando, aquello que
buscamos que nos complete. El asirnos en la destemplanza de lo incierto, como
imposibilidad, nos impele al accionar, dramático o sintomático de pretender, el
imposible, de traducirnos, mediante la cifra cosificada, caemos en el reinado
del goce, que nos hunde cada vez más al hacernos creer que con ello nos estamos aferrando a algo, o construyendo una
salida, un éxito (aprovechando el concepto en el inglés de exit).
El número funge síntoma e
interactúa a nivel sistémico, transformando el proceso, colectivo, es decir
económico, en depresivo.
La depresión económica, que se
manifiesta en los índices de pobreza, de marginalidad, los desajustes
financieros, como inflación, recesión, burbujas o bicicletas financieras, no
son más que la depresión en sí misma, que cómo síntoma, está indicando el
número, o mejor dicho su tiranía, su
accionar tiránico tal como en la lógica del amo, nos ponemos bajo él, en
condición de esclavos, privándonos de nuestra posibilidad de conquista de ser
por nosotros mismos, de realizarnos desde y para nuestra hábitat natural, que
es el concepto, el logos, la palabra.
Quién pretendiera absolutizar el
accionar filosófico, determinó que el vacilar de las cosas no es más que la
revolución. Que vacilemos es señal, como síntoma, que estamos enfermos, en la
paradoja que sólo los cuerpos vivos, enferman.
El número nunca cierra, nunca
puede terminar de ser real. El número es lo más alocado, y poético, en el
sentido peyorativo que se le da al término (sobre todo por parte de quiénes
tienen todo, lo material, y muy pocas posibilidades o deseos de pensar o
poetizar, que es lo mismo) que pudimos haber inventado.
El número es la muestra cabal de
nuestras debilidades, de nuestros trémulos temores, de nuestra perfidia y por
sobre todo, de nuestra insignificancia.
viernes, 8 de junio de 2018
Sólo hay vida humana, cuando se manifiesta el deseo.
Desde ciertos sectores se
pretende abonar la tesis cientificista, de qué la vida humana posee un
comienzo, preciso, unívoco y taxativo, en el momento mismo de la concepción. El
derecho, que, no es más ni menos que la burda pretensión, de hacer ciencia de
la palabra como imperativo (es decir desde lo tautológico que se define como un
proceso, que en algún momento, se discute, se debate o se desafía, cuando en
verdad esto apenas es así, por puro montaje, a los únicos efectos
escenográficos que dieron en llamar antítesis) apostrofa en todas y cada una de
las oportunidades normativas que se concelebran para darle legitimidad, es
decir para que se le rinda, la debida como impracticable obediencia.
Sí existiese la vida, desde el
momento mismo de la concepción, festejaríamos nuestros cumpleaños, la
conmemoración de nuestros natalicios, en tal momento y no cuando lo hacemos, al
momento que salimos del útero o en que nos alumbran a la realidad presente. No
se trata de una argumentación baladí, expresamos, tal como vulgarmente se dice,
el más común de los sentidos, el sentido común, que no significa que tengamos,
sobradamente otros argumentos, para recordarnos en la obviedad, de qué al ser
seres deseantes, esto es lo único que nos define, como seres y que por tanto,
debe ser considerado, como razón principal para saber sí existe vida, tal como
la entendemos, en un determinado organismo.
La vida no existe como una
abstracción. Es decir, en caso de que quedemos solos ante el mundo, no tengamos
a ningún otro para reconocernos en tales, la vida pasaría a ser no vida o una
no reconocida en la dimensión actual, por más que la concepción, diga que tal
sujeto, es un ser viviente y tiene derechos por tanto. Sin embargo, el derecho
sí pasaría a ser, cabalmente la abstracción que es. En la actualidad, principios
jurídicos consagrados no permiten la posibilidad de que personas vivan en la
pobreza y la indignidad, o penalizan a quiénes puedan favorecer esto mismo, sin
que tengamos noticias con respecto a la disminución en los últimos años de los
horripilantes, como vergonzantes, índices que nos ensalzan en lo humano,
soportando, que sólo lo seamos de ratos, en los que nos olvidamos de los que
tienen hambre o sed y a los que alimentamos sólo con una falsa, como en el
fondo, ruin expectativa.
Tutelar las ausencias, no es más
que fagocitarlas. Nadie lucha, ni se preocupa menos que aquel que se precia de
hacer de eso que denuncia, declamando, su causa, doblemente ajena. Porque no la
padece, ni tampoco le interesa subsanar la misma, sólo lo moviliza, la
adrenalina que gesta, al azuzarlo, esto mismo lo posiciona, en una suerte de
atalaya moral, que lo enriquece vilmente, a expensas de las carencias, por las
que dice estar luchando o declamando. No es raro, ni casual, que estos
oportunistas, no hagan más que apocar, que trivializar y denostar,
peyorativamente, lo conceptual como lo filosófico.
Son los que aferrados,
acendrados, en lo inexpugnable de la docta ignorancia, quieren hacernos creer
que la ciencia existió antes que la humanidad, ateridos en la maraña leguleya,
pretenden que la felicidad sea un hecho porque lo dicta una norma.
No existen, ni existirán menos pobres, en caso de que más personas se encarguen de
resolver esa pobreza que les resulta ajena o les excede. A contrario sensu,
posiblemente, sea un obstáculo, el
combatir la pobreza, ante tantos que dicen hacerlo; probablemente, la clave
resida, en que los propios pobres, sean quiénes, de alguna u otra manera,
puedan reformular el vínculo o la relación de lo humano, con sus extensiones,
con sus objetos y de tal manera, reconvertir, reconfigurar, redimensionar,
deconstruir, no solo su pobreza, sino lo humano, en toda su complexión. Bajo
esta lógica, bajo esta posibilidad, bajo este sendero, no sólo que es un
estorbo, sino también un impedimento, aquellos que dicen hacer algo por otros,
a los que tutelan con el único fin de sacarles lo poco que les queda o que
poseen.
No debe existir nada más
dictatorial, en sentido potencial, que pretender tutelar, o constituirse en la salvaguarda de la fusión
de gametos. Llámese como se llame, tal organismo, y por más que
antojadizamente, una lógica jurídica, performativamente (es decir desde el
vamos, argumentándose en el decir, en el expresar, en el nombrar) pretenda
ordenar, clasificar y determinar, qué es la vida, cuando la hay y cuando no, la
misma, sólo se puede sostener, como tal, es decir cómo vida, cuando se manifiesta
en su deseo de ser.
Por más crudo, que pueda
sonarnos, que pueda reflejar nuestra condición de lo humano, sólo reconocemos
la existencia de lo otro, cuando se nos figura como algo. Es más que obvio,
como evidente, que cuando queremos dañar a alguien, lo destratamos con una
frase que refiere a que no lo conocemos: “No existe” solemos expresar ante ese
otro al que violentamos, no reconociéndolo
en su entidad. En sentido contrario, el llevar un antecedente semántico, como
el apellido, es signo de pertenencia, para que precisamente nos conozcan, una
carta de presentación que dice cosas, acerca de donde provenimos (en sociedades
cerradas, incluso la marca del apellido no permite la identificación de los
individuos de mismo apellido pero características o comportamientos sociales diferentes).
La vida, comienza a existir,
cuando se manifiesta en su deseo de ser tal. Sea en el útero de alguien, o en
la probeta de un laboratorio, un humano en formación, en determinado momento
(que no puede ser precisado con exactitud por ciencia alguna, así como tampoco
puede determinar el color de la felicidad, el olor del alma, o la textura del
dolor) se manifestará y recién cobrará entidad, será vida, cuando sea
reconocido por ese otro, que por lo general es la madre que siente su vientre
mover o un médico, percibir un movimiento o una reacción que le indique que
algo está surgiendo, que eso que antes era un fenómeno, casi de inexpresión,
cobra vida, se manifiesta en deseo.
Se nos mueren, y se nos seguirán
muriendo a tantos a quiénes no reconocemos en su identidad de sujetos, por más
que se manifiesten, y en esta tragedia de lo humano, existen quiénes, nos piden,
exigen y proponen que nos ocupemos de aquellos a los que la vida aún no se los
alumbró, en la constitución del deseo de ser vida.
En el nombre del potencial de la
vida, no sólo que nos quieren juzgar por acciones no cometidas, sino distraer
la atención que debiéramos dedicar (dado que es finita y limitada) para esos
cientos de millones, que aun expresándose, llevando al límite la manifestación
de lo humano, les hacemos oídos sordos, los mutilamos, los aniquilamos en su
identidad, abortándolos en nombre de vidas que aún no son (por más que la
fantasía jurídica pretenda vindicar lo contrario), y que hasta que no se
manifiesten como tales, dependerán de la configuración, sea de otros o de un
destino, que nunca nos pertenecerá, ni a uno, ni a nadie, mucho menos a una
norma, a una ley o a un conjunto de ellas, dado que lo humano, trasciende sus
propios dictados, movilizado por un deseo, que siempre es indómito como
tendiente a expresarse para confirmarse como algo viviente.
"Somos seres deseantes,
destinados a la incompletud...es eso lo que nos hace caminar." Jacques
Lacan.
Artículo por Francisco Tomás
González Cabañas.
martes, 29 de mayo de 2018
La democracia no cree en la democracia.
Así como, de acuerdo a
Cristina Calcagnini para “caracterizar el inconsciente freudiano habría una
fórmula: Dios no cree en Dios, que es lo mismo que decir hay inconsciente”, las
generales de la ley le corresponderían a nuestras democracias representativas a
las que podríamos comprender en sus abismales filtraciones, en sus siderales
vacíos, al adolecer ésta de la convicción de creer en sí misma, que sería lo
mismo que decir que hay un pueblo a la deriva,
desguarnecido, empobrecido, asediado por problemáticas indignantes e
inhumanas, privado de una institucionalidad
que lo ordene, bajo parámetros en los que se consensue un acuerdo que dote de
sentido a esa voluntad general con posibilidades de firmar un contrato social
que se defina, semántica como conceptualmente: de democrático.
“La ley misma no llega
quizá, no nos llega, sino transgrediendo la figura de toda representación posible.
Cosa difícil de concebir, como es difícil de concebir cualquier cosa que esté
más allá de la representación, pero que obliga quizás a pensar completamente de
otro modo”. (Derrida, J. “La deconstrucción en las fronteras de la filosofía”.
Paidós. 1989. Buenos Aires. Pág. 122).
Esto mismo que parece orillar
la obviedad de una tautología, es sin embargo lo que en cada aldea que se
define como democrática, sucede cotidianamente. Queremos creer en la
democracia, más no así en quiénes la representan. Esta dislocación del sentido de lo político, nos define en cuanto
a nuestra paradojal, como palmaria, contradicción, que más que tal, se
transforma en una contracción.
Contracción es un
término clave. Gramaticalmente es cuando la pronunciación de dos palabras
origina una palabra nueva. Clínicamente es el trabajo de parto que alumbrará
más luego el nacimiento o la posibilidad de que este se dé.
Arriesgaremos en afirmar
que en nuestra contracción democrática, dos fuerzas antagónicas, sin ánimo de
anteponerse una por sobre otra, pero en la obligación de convivir armónicamente,
se azuzan, cuando no se trenzan en una disputa sin cuartel y sin final.
Nos gobiernan en nombre
nuestro (del pueblo, de la ciudadanía, garantizándonos libertad de expresión y
libertad electoral o de voto, elección u opción condicionada) sin que podamos
hacer otra cosa que delegar en nombres concretos tal poder. Caemos en la
representación y desde ese momento dejamos de creer en la idea de lo
democrático en su estado puro. Hasta los propios representantes, dejan de creer
en el sistema que los ungió, como, concomitantemente, en sí mismos. Retomando
aquello de Freud que definió lo inconsciente (dios descreyendo de sí mismo),
nuestra transgresión (en la salida a la representación, que plantea Derrida) no
es lineal, directa u obvia (de único camino). De ser así, viviríamos en estados
revolucionarios permanentes, en las reconversiones del orden establecido, a
cada rato o de seguido. Sin embargo, nos transgredimos, al montarnos en un
teatro de operaciones (que ya es una representación de la realidad) en donde
hacemos de cuenta que creemos en lo que no creemos. Vivimos en las interfaces
de medios de comunicación, de la virtualidad de redes sociales, que nos
alimentan, contumazmente de qué racionalmente, es imposible creer en los
representantes de lo democrático (los políticos), cuando en verdad, no creemos
en la democracia, ni como forma, ni como valor, apenas lo sostenemos como
símbolo de aquello que transgredimos, procaz como permanentemente.
Tal como veremos en la cita de Habermas, que
recuerda una reflexión de Marcuse, sí actuásemos con lógica, raciocinio, y dentro
de los marcos legales de la institucionalidad democrática, tendríamos que hacer
uso del siguiente derecho, en nombre de la democracia: “Apelar al derecho a la
resistencia es apelar a una ley superior, que tiene validez universal, esto es,
que trasciende el derecho y el privilegio autodefinidos de un grupo particular.
Y existe realmente una estrecha conexión entre el derecho a la resistencia y la
ley natural…Si apelamos al derecho de la humanidad a la paz, al derecho a
abolir la explotación y la opresión, no estamos hablando de los intereses de un
grupo especial, autodefinido, sino más bien y, de hecho, a intereses que pueden
demostrarse como derechos universales”. (Habermas, J. “La psique al termidor y
el renacimiento de la subjetividad rebelde”. Simposio Marzo 1980).
No nos afecta, no nos
asusta, ni tampoco nos rebela, la pobreza, la marginalidad o todo de lo que nos
priva lo democrático. Nos quedamos, con la transgresión de hacer de cuenta que
creemos, en eso mismo (en la democracia como expresión de un sistema que nos
integre, que nos respete, que establezca prioridades para los que se encuentren
relegados en relación a los que no) en que no creemos, dejándonos,
normativamente, la posibilidad, de que nunca usaremos, de elegir otro sistema
que no sea el democrático, por la falla de este en su integralidad y no en su
conformación (adjudicar la culpa o responsabilidad a la casta, la clase o la política).
La palabra representa
un concepto, una idea, finalmente, una aspiración, un deseo. Los cambios, las
modificaciones, no se logran desde lo nominal, desde la denominación de una
cosa por otra, que finalmente nos siga significando lo mismo, por el ruido de
un significante que suene distinto.
Cuando, tengamos la
posibilidad que la contracción democrática, nos depare en el entendimiento de
que la transgresión, como salida, la subversión como instancia superadora o
complementaria, la revolución del sentido a decir de la poeta Alejandra
Pizarnik, nos conmueva en la humana comprensión de que “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos” recién
en tal contexto podríamos animarnos a creer que deseamos habitar bajo
principios democráticos, en el mientras tanto, hacemos de cuenta, actuamos tal
convencimiento, y a veces nos sale bien, la actuación, y otras no, tan solo
esto es lo que define el público, como el votante, con su aplauso, como con su
voto, a sabiendas, sin que lo que lo reconozcamos abiertamente, que asistimos a
una teatralización de la vida real o de una supuesta verdad representada, como
democrática.
lunes, 23 de abril de 2018
La lógica de la democracia o del fantasma de Lacan.
“La palabra se define y nos define, ¿acaso no hemos llegado
hasta hacer surgir el universo de ella? Y ¿no hemos asimilado nuestros orígenes
al parloteo de un dios charlatán? ¿Qué seríamos sin el lenguaje? (Subirats, H. “Desde
el lugar del otro”. Filosofía y sexualidad. Editorial Anagrama. Pág. 70.
Barcelona. 1993). El concepto nodal de lo democrático es la palabra. El sujeto
histórico del sistema político es ese logos. El significante de la democracia
es el verbo, el término, el vocablo, estos suaves y ligeros matices en que
varían como significados, no dejan de estar inscriptos en el orden simbólico de
la palabra, es decir de la, o de lo, político. La democracia, en la
identificación con la política, no en la identidad dado que ésta como nos
recuerda Eric Laurent es un vacío, no es más que palabra, que como
significante, y tal como nos alecciona Jacques Lacan en la “Lógica del fantasma”
no podría significarse a sí mismo y por ende, funge, mediante lo que representa
o tras la representación. A propósito de tal seminario citado, escribe Enrique
Tenembaum, en el artículo “El inconsciente es la política”: En una sola ocasión
Lacan asevera que el inconsciente es la política. Lo hace en la “Lógica del
Fantasma”. (Seminario del 14 de diciembre de 1966).
Ahora bien, ¿Qué es un
fantasma?. En otro pasaje del artículo
up supra mencionado de Tenembaun, refiere: “En un meduloso estudio sobre Hamlet,
Carl Schmitt plantea que el nacimiento del Estado moderno surgió como un nuevo
orden político al neutralizar las guerras civiles entre confesiones. En este
proceso Hamlet se convertiría en el mito político de la Modernidad, opuesto a
Edipo como aquel de la Antigüedad”.
Hamlet, es el fantasma
político por antonomasia de occidente. La entidad fantasmagórica, interviene en
lo real, o está presente en ella, desde otro plano, desde otra perspectiva,
obliterando la posibilidad de que establezcamos una relación, bajo nuestros
términos (es decir del orden de la realidad, de cientificidad, de logicidad o
desde lo eminentemente normativo) y aceptando que sólo nos resta el juego,
azaroso, de las identificaciones, pues construir una identidad, sería el que
cómo mínimo, dejáramos de reproducirnos, cuando no, hesitar y perecer en tal
hesitación, como decisión, lógica, de lo humano.
El inconsciente es la
política por esto mismo, por su estructuración como un lenguaje, dado que en su
identificación, devino en lo democrático, no sólo porque el “significante no podría significarse a sí
mismo” como nos alerta Lacan, sino que además porque mediante este orbitar, se
libra o se trata lo reprimido, que siguiendo con el autor de “La lógica del
fantasma” refiere: “Lo reprimido: el
representante de la representación primera en tanto que ella está ligada al
hecho primero — lógico — de la represión”.
El fantasma, que
podríamos decir, forcluido en un fantasma Lacaniano, reina en los tres órdenes,
real, simbólico e imaginario, sin que permanezca en ninguno, pues es el que
permite la ruptura, supuesta de la lógica del amo y del esclavo, el diapasón
que disrumpe la lógica aristotélica y la formalidad cartesiana.
Claro, que no por esto,
el fantasma Lacaniano, no deja de ser un
fantasma narcisista: “Creerse uno es una ilusión, una pasión, o una locura
según las diferentes formas en las que Lacan ha podido nombrar el narcisismo” (Laurent,
E. – “El traumatismo del final de la política de las identidades”).
En términos políticos y
en conceptos, harto trabajados por ciertos magistrales como Arendt (La promesa
de la política) y Derrida (Historia de la mentira), pedirle, exigirle,
reclamarle, solicitarle, a lo democrático, a la política, y por ende a quiénes
la representan (a ella, no a nosotros los ciudadanos o el pueblo, como se prefiera) es decir a los
políticos, nociones como la verdad, lo cierto o lo consciente, es cuanto menos
histérico, sino propio de una conducta psicótica.
Sí queremos comprender, entender, o incluso el
imposible de cambiar, tal lógica de lo democrático, la encontraremos sólo sí en
el ámbito de lo inconsciente, en ese no lugar que estructurado como un
lenguaje, es lo otro que supuestamente se nos ofrece, mediante discursos
armados, campañas prolijas y postureos de risas y gestualidades.
Incluso más, cuando nos
hacen desear es cuando nos gobiernan, en el reinado del desierto de lo real
(cuando nos quieren decir que no existen los fantasmas o que los han
exterminado) lo político y lo democrático, se detiene, como en un paréntesis, para
la venidera parusía de lo que nos redima, y esta es la razón por la cual, en términos
políticos y metodológicos, lo único invariable de las democracias es el
ejercicio, podríamos decir masturbatorio (dado que como mínima persigue placer
inmediato) de lo electoral.
Democracia, política, inconsciente,
y fantasma lacaniano son los distintos significados para el que el gran
significante del voto, de la elección, de la libertad política, no se
signifique así misma y nos brinde la sensación de que todo puede estar en
movimiento, sin que nada se mueva, desde ningún otro plano, que la estructura
con la sentimos, pensamos y de la que invariablemente desconocemos y no
toleramos.
lunes, 2 de abril de 2018
La democracia y el parricidio.
“El padre de
familia es el gran criminal del siglo” (Arendt. H)
La democracia esconde
sus formas, maneras y metodologías totalitarias, en la perversidad engañosa de
una aprobación, condicionada, por supuestas mayorías libres, que
periódicamente, legitiman a un grupúsculo de privilegiados, que a gusto y piacere,
a diestra y siniestra, demuestran la
condición líquida, difuminada de las leyes, que casualmente (en este ardid
centra su energía nodal lo democrático, en que las reglas de juego parezcan de
dominio público, cuando en verdad lo central se escribe en tamaño micro para
los pocos que cuentan con lupas para detectarlo) siempre los benefician,
perjudicando, por lógica a las mayorías que votan a sus victimarios.
La tipología del delito
que comete para con su sociedad, podría entenderse como de crimines causae
(delitos que se ejecutan por medio de varias acciones, cada una de las cuales
importa una forma análoga de violar la ley para encubrir anteriores) emparentado incluso, o aprovechándose de la
continuidad jurídica del estado, al que no deja de vejar, tal vez corresponda a
otras tipificaciones existentes o a crearse (en algún otro desarrollo teórico
hemos propuesto la figura penal del “democraticidio”) de todas maneras, no es
nuestro campo el de la penalidad, sino el del señalamiento, claro, prístino y
contundente, acerca un diagnóstico cultural del que no podemos prescindir en
caso de que queramos, desde el lugar que fuese, modificar algo, con el fin
altruista o no, que fuere.
Retomando las
consideraciones de Arendt, una de las
conceptualizaciones más deslumbrantes a la que arriba es la consideración de la
“banalidad del mal”. Una suerte de justificación o de prescindencia de
libertad, en la que muchos jerarcas nazis se escondieron, se agazaparon, para
no reconocerse en la monstruosidad e inhumanidad de sus propios actos. Para
evitar esta lógica de escalas, de gradaciones, estimamos, es que la autora
llega a la genial conclusión de que el gran criminal, es además y no en verdad,
el padre de familia, el modelo cultural entronizado. El encuentro de este
límite de responsabilidad es el que permite señalar que más arriba no se puede
apuntar, y que en definitiva, todos por acción u omisión fuimos y seguimos
siendo responsables.
La complicidad
democrática, para nuestra consideración, se evidencia en que cobija al
criminal en todas y cada una de sus
acciones, sin que medie límite alguno en la consecución de las violaciones a la
ley, que en este caso, serían a la propia condición humana (otro título de otra
obra reconocida de Arendt).
Así como para Lévi-Strauss
la prohibición del incesto es el único fenómeno que tiene una dimensión
cultural como natural, nosotros creemos
que nuestra humanidad al menos debería entender como límite de su
auto-vulneración lo que expresa Pedro Casaldáliga (candidato a Premio Nobel
de la Paz, obispo emérito de São Felix, místico, poeta, uno de los líderes de
la teología de la liberación y una figura internacional en la defensa de los
Derechos Humanos) “Todo es relativo, menos Dios y el hambre”. Prescindamos del rol de
sacerdote de Pedro, hasta su máximo pastor, el Papa Francisco, lo señala como
la cuestión principal a resolver, la del hambre, la pobreza o la marginalidad.
Una democracia que se precie de tal,
sea tal o no esconda, complícemente, al asesino del siglo anterior, a decir de
Arendt, trabajaría en post de combatir la pobreza. La no realización de esto
mismo, y hasta su perversa aquiescencia (la de declamar que se trabaja para
erradicarla) no hace más que confirmar el gravoso encubrimiento que perpetra lo
democrático, ante su figura cultural-simbólica, denunciada siglos atrás como el
gran criminal de la condición humana.
“La falta de
legitimación, asimismo, de una justicia fundada en la equidad y la costumbre no
sólo en los sistemas deónticos y positivistas para lograr una convivencia
social mínima agravó la crisis de la democracia representativa, por lo que hoy
parece haberse producido un desplazamiento de la universalidad de la ley a la
omnipresencia del entretenimiento formal, del que no se sustraen el ciudadano
convertido en un potencial elector y visto cómo ni las autoridades políticas
reducidas al discurso del espectáculo. Ser ciudadano es limitarse a concurrir
al acto eleccionario, el resto que lo hagan los políticos porque menos se
averigua y Dios perdona. Este es el pensamiento que suele ser imperante” (Winkler,
P. “El psicoanálisis como envés de la ley”. Revista Affectio Societatis, Vol.
8, Nº 14, junio de 2011)
Esta es la razón por la que los políticos,
acendrados en lo simbólico, reinan en los festejos o conmemoraciones
protocolares, que cada tanto incluyen a los sectores que suelen tener que ver
con cada una de las fechas a concelebrarse.
La democracia pasa a
convertirse en un fenómeno ceremonioso, se rubrica tras lo sagrado y totémico
de lo electoral (en donde hace rodar la certeza de que garantiza una libertad
de expresión que no permite ni promueve, al contrario, la ocluye a la libertad
de pensamiento y por ende a que estos, más luego, sean publicados, en un
sistema comunicacional aterido de razonabilidad) se reduce a un imperativo
categórico que solo nombra, performativamente.
“Están hermanados desde
su origen en el Nombre-del-Padre, Padre-del-Nombre forcluido o no, es decir, en el nombre que
nos inserta o excluye del lenguaje y de la cultura. La palabra forclusión, como
caducidad constituyen una parte de la terminología jurídica relacionada con la
prescripción y el curso del tiempo en el ejercicio de los derechos. La autoridad,
que no es sinónima del autoritarismo y requiere del reconocimiento social del
otro (de los ciudadanos y habitantes de una nación), pues de lo contrario es
carcasa vacía, debe poder ejercitar sus funciones políticas y sociales. En un
mundo en el cual por la experiencia de tiranías y dictaduras de distinta
índole, aquélla se encuentra sospechada desde el inicio y casi sin admitir
prueba en contrario en la concepción popular, la sociedad deviene en soledad y
corre el riesgo de transformarse en un sempiterno caos. El caos lo sufren los
más visibles, ya que debido a sus escasos recursos no les es posible acceder a
la vivienda, al alimento y a la educación, y si las instituciones no median por
ellos, el malestar aumenta” (Winkler; pág.17).
Jacques Lacan el
introductor del término forclusión en el ámbito psicoanalítico, planteó la estructura
de la psicosis como efecto de aquello, bajo el significante del Nombre del
Padre. En nuestros términos, o reintroducción en el campo político, ese
significante es lisa y llanamente las reglas de juego.
Sea para habitar más
placenteramente nuestra alucinación, o para salir de ella (aporía que no está
en cuestión aquí) no precisamos cambiar de representantes o encontrar
modificaciones accesorias, lo que precisamos es el cambio, radical y conceptual
de nuestro ser en el mundo, tanto ontológico como, por ende, político.
La institucionalidad
jurídico-legal que impuso como sistema lo democrático (La ley del padre), que
en términos reales es votar, obligados por ley, escoger entre las opciones que
nos presentan para que seamos gobernados, más allá de resultados, saludando y
aplaudiendo, a estos padres quiénes nos prohibieron prohibir, en nombre de una autoridad que está más en
nuestra estructura psíquica que en las instituciones políticas, que en la
realidad cotidiana de las redes o de las calles.
El próximo parricidio,
simbólico, para establecer nuevas leyes o normas que dispongan un sistema
organizacional más acorde con nuestra humanidad, provendrá, seguramente más del
campo personal-analítico y como de allí se logre intervenir en lo público-político,
que en sentido contrario de la manera en que se venían dando las disrupciones
históricas que nos depara en nuestra realidad parroquial de cada una de
nuestras democracias aldeanas que se pudren, lentamente, en la carroña de un
dios, que deja morir de hambre a sus hijos, para regocijarse de su supuesta
grandeza y heroicidad que no está en el plano de lo real, sino de lo imaginario,
de un paraíso, de un más allá, de una de las tantas promesas que jamás podremos
comprobar sí fueron desperdigadas con el afán del engaño o con la bonhomía de
la credulidad, pero que deparan para nosotros, un mismo resultado; el ser los
bastardos de un padre criminal, al que antes de ajusticiarlo, deberíamos
enjuiciarlo para determinar qué responsabilidad y más luego, en el caso que se
determine, penalidad le correspondería por sus acciones como por sus
defecciones.
“El parricidio es,
según interpretación ya conocida, el crimen capital y primordial, tanto de la
Humanidad como del individuo. Desde luego, es la fuente principal del sentimiento
de culpabilidad, aunque no sabemos si la única, pues las investigaciones no han
podido determinar con seguridad el origen psíquico de la culpa y de la
necesidad de rescatarla. Pero tampoco es preciso que sea, en efecto, la única.
La situación psicológica es complicada y precisa de aclaración” (Freud, S. “Dostoyevski
y el parricidio”. Obras completas).
Desear algo mejor que
lo democrático ya nos convertiría en parricidas, por más que tan sólo queramos
un padre que oficie de tal, sobre todo para con sus hijos, los pobres, que más lo necesitan, que no casualmente son
los que más lo vindican y vitorean cada vez que con perversidad (en las
elecciones en lo electoral) se muestra para consolidar su cetro y espantar las
posibilidades de ser juzgado, como su situación larga y humanamente ameritaría.
martes, 20 de marzo de 2018
Eyaculación, procaz y precoz.
El macho que en la prepotencia de
su machismo se siente tal, al encontrar la reacción de la mujer, tras no
haberle brindado a ésta el goce (ni que hablar de placer) inmediato de lo
sexual, se encuentra desnudo en su condición (fálica como retrógrada) de macho.
Deja de ser tal, es decir no logra con el falo ratificarse como hombre y acude,
a la violencia para no perder, no ya su condición, sino su existencia que la
subsume a una cultural razón de ser, específica y determinada (dador de
felicidad, mediante la penetración). La mujer, la mejor elección que toma, es
la de no entrar en el juego de la hembra, y la peor decisión que podría tomar,
es la de escoger por el hombre, la opción que este debería hacer para dejar de
ser macho. Antes que la impotencia, que afecta al hombre por lo general de edad
avanzada, y que puede ser resuelta mediante fármaco, el principal problema
masculino es, el de contexto civilizatorio mediante, transformarse en un procaz
y precoz, que lo haga todo rápido, vertiginoso, amontonado, fatalmente intenso,
maquinal, acumulatorio, sea en la cama, en un recinto o en la oficina de
gobierno.
Al haber decidido, sí es que
realmente tomamos tal decisión, el renunciar a la serenidad para vivir en
reflexión y pensamiento, a expensas de recrear, las ficciones más temibles de
nuestros temores, que son las que nos conducen a diario, nuestros adictivos
grilletes a los que endiosamos y creemos que nos liberan, cuando más nos anulan
y nos cercenan en nuestra posibilidad de ser humanos, a dejarnos llevar, como
tristes ilusos que van, irremediablemente a la frustración, a en-cementar,
blindando, que no es lo mismo que brindar, los acuciantes horrores de los
otros, para atacar el síntoma, el sucedáneo y no la causa.
Ocurre en la cama como en el
atrio del gobernante. Sí una de las partes, pretende el goce sexual, por
separado, no sólo que está violando el acuerdo tácito del encuentro (así
incluso se hable o se pague antes por lo contrario) sino que además, está
perjudicando, violentando al otro, que como si fuese poco, terminara
reaccionando, de alguna u otra manera, devolviendo tal desaprensión al
desaprensivo. Eyacular precozmente, es un buen ejemplo, de esta
disfuncionalidad que en realidad es mucho más que eso, dado que sale de las
sábanas y como actitud llega a los recintos institucionales y a las casa de
gobierno.
Nadie puede desconocer que el atavismo
cultural de la imagen del poder se asocia, aún al hombre, confusa como
injustamente, pero lo cierto es que el gobernante aún reina en el orden
simbólico de muchos “como el que la tiene más larga”, en un claro y palmario
ejemplo de lo primitivo y soez de nuestras consideraciones públicas y
políticas.
No se trata que estos machos
cabríos, hagan de su pene real (lo que tantos escritores narraron en distintos
libros, verbigracia “La fiesta del chivo” de Vargas Llosa) los desaguisados
machistas que sus procacidades les habiliten, sino de lo que harán con su
miembro simbólico, que es ni más ni menos que la lapicera de sus decisiones
públicas.
No debe importar el tamaño, ni el
color de la lapicera, sino como la use. La
similitud con lo sexual, no tiene una razón metafórica o una necesidad del
suscribiente para ratificar una tesis, es lisa y llanamente sentido común.
Gobernar es dar lo mejor de uno (el gobernante) como el amante da lo mejor de
sí para el otro en la cama o en la intimidad.
Uno de los mayores peligros es
que en el afán de hacerlo todo rápido, bien y a la perfección, es caer en la
precocidad. En una suerte de cumplimiento de lo dictado, en la parusía de las
recetas pre-moldeadas de gobernanza que con tanto y supuesto éxito, terminan de
colonizar nuestra imposibilidad de recuperar la serenidad.
En un mismo orden de ideas, en
pleno contexto occidental en donde nos hemos amputado la mencionada posibilidad
de actuar con serenidad, sí vamos vertiginosa o alocadamente, seguramente vamos
a acabarnos y el problema no tiene que ver con la finalidad misma, es decir con
terminar acabados, sino de disfrutar el viaje y de al menos dotarlo al mismo de
un sentido fuerte y con una valedera como valiosa, significación.
Tanto actuar meramente administrativo,
así se trate de obras de infraestructura o de reparto de dádivas, prebendas o
asistencialismo, generará que gobernado nunca reconozca el esfuerzo del otro
(es decir siempre querrá un polvo más, un encuentro en donde depositará la expectativa de ser
comprendido y acabar a la par, que del goce luego se camine al placer) dado que
estará solamente alimentando, este
canal, esta sintonía, este orden. La escenografía, de las democracias
occidentales actuales, nos remite al mito de Sísifo con la piedra que cae, sempiternamente desde lo alto de la montaña,
pese a ser levantada y llevada una y otra vez.
A veces cambiar el color de la
tinta de la lapicera puede ayudar para lo inmediato (pero nunca es una solución
de fondo, todo lo que el marketing, el coach y demás tácticas de rapiña ofrecen
a los políticos y por ende a la política), lo cierto es que el ritmo de viajes,
inauguraciones, de reuniones, de presencia en fiestas, en redes sociales, debe
tener un anclaje en una construcción que contemple a ese otro gobernado, o
amado. El gobierno debe estar acendrado en algo más que en la minuta, que en la
eyaculación precoz, que ofrecen los especialistas en medios y en comunicación.
La política es esa comarca, esa
morada, la cama en donde el gobernante debe dar cuenta de sus mejores artes. El
que se hable de cómo generar mayor participación, de brindar y no blindar, un
sistema o forma de votación, más claro, más transparente, que se colijan las
experiencias de otros (los ex) que hayan gobernado y mediante homenajes lo
mejor de cada uno de los tiempos pasados, fungirá como ejercicio pleno de un
haber dado amor público y político, que le cambiará o al menos, se irá en la
intención, a la mayor cantidad de gente.
Repartir planes, proyectos, power
point que vienen digitados de otros lugares (con intereses y beneficios que
siempre están fuera del lugar de arraigo), robotizarse en el envío atontado y
alocado de gacetillas para cortar cintas que no desatan ningún nudo, es una
mera eyaculación precoz, que más temprano que tarde, sino se ofrece más que
esto, el amado o gobernado, además de recriminarlo, elegirá a otro (incluso un
objeto) que le prometa amor, y que verá con el tiempo sí le cumplió o si se
trató de otro mero eyaculador precoz.
Este finalmente, como proverbial
narcisista, al no tener la posibilidad de ver al otro, por ende de interesarse
en lo que le pase, o en esforzarse por comprenderlo, dejará un tendal de
gobernados, no sólo sin amor, sino también sin dignidad y sin comida. Nada muy
diferente a nuestras democracias actuales que minadas, desbordadas de pobres y
de pobreza, necesita una cura analítica, en términos de la palabra, de la
razón, del logos.
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