lunes, 13 de abril de 2020

Escansión obligatoria.

El término no es usual, pero refiere, de acuerdo, a quién lo puso a rolar con un significado más amplio a: “una puntuación afortunada” (Lacan, J.). Los puntos permiten respirar al texto. Las restricciones impensadas a nuestras libertades más básicas tienen por objeto que se nos garantice la posibilidad de seguir respirando. 

No sabemos que palabras vendrán después de este punto y a parte, ¿largo e inesperado.? No sabemos quiénes tendrán mayores responsabilidades en escribirlas. No sabemos, si tendremos la posibilidad de seguir contando con las palabras. 
No sabemos. En algún punto, equívoco, como fatídico, hemos asociado no saber con no respirar. El quiebre, la ruptura, el disloque de esta conjunción, como de toda, es lo que nos genera tanta zozobra y pavor. 

La escansión es un fenómeno que surge de lo textual, no podemos escandir un asiento contable, en lo numérico los puntos pierden el sentido mismo de su esencia. En verdad, para ciertos contextos el punto en relación, a los números, es señal de multiplicación. Réplicas automáticas y automatizadas, por ende, viralizadas. No se puede poner punto a la ganancia ilimitada (en términos o expresión contable). O tal vez sí, pero no lo hemos intentado o no lo hemos querido. En otro punto equívoco como fatídico, asociamos imposibilidad de cambió o modificación en el campo o en el plano de lo numérico. Las palabras pueden variar en su significante y significado, más el dos siempre seguirá siendo la suma de uno más uno y la resta de seis menos cuatro. 

La espiritualidad apofántica de nuestro logos, del sistema mismo de comunicación, nos habla de las carencias a las que nos sometemos al afirmar que una cosa es tal para al momento mismo, deja de ser tantas cosas. El principio de no contradicción, auspiciando y generando la aceleración ya desatada con el poema de Parménides.
En ese después que nos hará entender, lo que no comprendemos y no aceptamos asumir que no lo sabemos, se juega el destino su azar, ya sin afirmar ni preguntar, teniendo al humano como testigo, como enclave, y como autor, de una obra que la cree suya, como para volver a realizar una escansión. 

Puntuar nuevamente, para que el relato, respiro mediante, resignifique el conjunto de signos y los pueda fundir efectivamente con su contraparte numérica o continúe en su reiterado intento por. 

Cuando el uno deje de ser tal, la multiplicidad no será necesaria para explicar eso otro, que en el afán terminamos transformando a la amorosa búsqueda de la verdad, en la alocada carrera en la que estamos insertos y en la que terminaremos, diluyéndonos, para evitar nuestra condición incierta e indeterminada.

El párrafo finalizó. Tal vez sea el fin también de un capítulo o de la narración. Puede que simplemente un descanso, como tantos más. 

Tenemos eso sí, la posibilidad de que más luego, nos expliquemos más acabadamente, con signos numéricos o lingüísticos, o de los que fuesen para una humanidad más entendida o como la queramos llamar.

Necesitábamos dejar de respirar, o tener más cierta la posibilidad tal, para saber que el otro en cuanto a lo que me complementa, puede ser el peligro que me extermine, en la contradicción tajante, de qué sin su existencia, como reflejo o espejo, ya nada tiene sentido, siquiera el respirar sí no lo puedo escuchar hacer lo mismo lo que para uno, en su desafío múltiple, puede ser tan cotidiano y natural.

Punto.  


Francisco Tomás González Cabañas. 


miércoles, 20 de noviembre de 2019

De la elección forzada lacaniana a las forzadas elecciones de la democracia.

Sí "El inconsciente está estructurado como un lenguaje" (Lacan, Seminario 11, p. 28), de lo que no queremos o podemos expresar abiertamente, la democracia está estructurada como un sistema, oclusivo y excluyente, que promete lo contrario a lo que promete que hará o cumplirá. 
Señalado, más que descubierto, por Freud, mediante el tratamiento analítico, el inconsciente se traduce en lo otro que explica más certera o humanamente a quién lo porta, para el sistema democrático, la cura o el acto analítico, fungiría como el accionar permanente de ir proponiendo modificaciones sustanciales al “hecho democrático”, desacralizar sus actos y develar sus configuraciones totémicas y absolutas, como puntualmente sucede y acaece, de un tiempo a esta parte con las elecciones o lo electoral, como hito fundante, simbólico y real en donde la democracia de nuestra actualidad, nos engulle, nos devora, nos encierra, conviertiéndose en el significante totalizador o totalizante, mediante el cuál se permite las siniestras acciones de continuar impávidamente, sostener cuando no agrandar, los archipiélagos de excepción donde deposita a millones de pobres, marginales y hambreados, a expensas de la supuesta garantía de que algunos, muy pocos se crean (en el real-imposible) libres para todo y la gran mayoría siquiera pueda tener la posibilidad de elecciones forzadas para comer a diario. En síntesis, las elecciones forzadas de la democracia, impiden la elección forzada (que debiera ser natural al menos aspirar a la misma) de la mayoría de los sujetos que no pueden decidir sí hacen las comidas diarias o sí perecen en el intento ante tamaña dificultad o imposibilidad.


“Lacan desarrolló una teoría de la elección, que dedujo de su interpretación de la elección forzada. Notaba que al fin de cuentas, las elecciones que un sujeto toma a lo largo de su vida, y que serán decisivas para ésta, han frecuentemente sido elecciones forzadas. Por lo tanto, en varios casos las elecciones forzadas han sido asumidas por el sujeto, y revelan en sus consecuencias el consentimiento del sujeto, quien reconoce entonces la marca más auténtica. Si buscamos bien, veremos que no hay más que elecciones forzadas, y que en definitiva la verdadera elección siempre es una elección forzada. Lo que enseña la reflexión de Lacan sobre la elección, es que sea cual sea la elección que hacemos, siempre perdemos algo. Allí está el sentido más profundo de la elección forzada” (“Nuestra elección forzada” por Jean-Louis Gault).

“Lacan ilumina este concepto o la idea de la elección forzada, alienación del sujeto hablanteser, más que libre albedrío evoca la idea de una obligación: siempre hay una pérdida a la vez que una alternativa. Elección forzada a través de la cual dará cuenta de la constitución subjetiva por medio de dos operaciones: alienación separación”(¿Qué hice yo para merecer esto? por Florencia Farías). 

La democracia, acendrada en lo electoral, definida la misma como condición necesaria y suficiente cómo para ser tal, nos hace perder, la capacidad que anida en la política, como instrumento del poder, de transformar los aspectos basales de la sociedad o la comunidad en donde se desarrolla. 
La garantía de lo electoral, donde supuestamente las libertades individuales como públicas, se consagran mediante el voto (que no es elección sino en el mejor de los casos, opción), paraliza todo lo otro que podríamos hacer en un pacto social en donde se establezcan premisas claras o prioridades. Un ejemplo contundente sería que en ninguna de nuestras democracias modernas, se estableció un orden de prelación o al menos un objetivo claro, por el que vaya la administración al mando, la administración de gobierno, con lo que ello implique en cuánto a que mantenga o no el apoyo de la mayoría de los gobernados, o sienta tal oficialismo, estar desafiado por una oposición que proponga otra cosa u otras prioridades. 
Para seguir intentando ser más claros. El reinado de los gurués que ofrecen la campaña perfecta, el triunfo electoral permanente y la adhesión de las masas, no tiene que ver con un síntoma de los tiempos modernos o de la mera casualidad.
La democracia electoralista, nos propone, únicamente que optemos entre líderes, entre sujetos, a lo sumo entre minúsculos grupos de ellos (al ser cada vez más reducidos, encontramos la obvia problemática de la crisis de los partidos o de las ideologías políticas) que nos ofertarán, formas, técnicas o mecanismos, de impacto, para que nos convezan de que ellos son mejores que los otros. La cuestión está resuelta, la tensión del poder, se resuelve, por sí nos cae mejor, estéticamente, o sentimentalmente, un candidato u otro, sí nos llego de una manera más convincente un mensaje armado a tales y únicos efectos. 
Las operaciones, en este caso del “sujeto” democracia, son las mismas que las que narra Florencia Farías, párrafos arriba. La democracia se aliena, enloquece, deja de ser razonable, por un tiempo, el tiempo exacto en que se llama a otra elección (forzada y forzosa). Este sujeto democracia, dentro del que todos somos parte constitutiva, nos separa, nos divide. De un lado quedamos los que nos gusta, o a los que nos convencieron que es mejor el rubio, el que usa tal ropa, que lee tal libro, o escucha tal grupo musical, por sobre el otro, que tiene tal profesión, tal color de piel, o sus ancestros pertenecieron a una determinada comunidad cultural.    
Cuando entendamos que más y mejor democracia, tenga estricta relación con menos elecciones forzadas, o preconcebidas como opciones vagas entre el que me gusta más o menos, por la sinrazón que fuere, o por la reminiscencia que me genera desde el lugar en el que dice provenir, estaremos caminando un sendero en donde tendremos posibilidades más ciertas de elegir, y con ello, sean más lo que no tengan que seguir padeciendo, la humillación y el hambre, al que someten desde hace tiempo, las forzadas elecciones de una democracia absolutista y autoritaria que no sólo no se reconoce como tal, sino que se presenta, perversamente, como su contrario.  


Por Francisco Tomás González Cabañas.-

viernes, 18 de octubre de 2019

¿Sigue siendo la democracia la “affectio societatis” de las repúblicas occidentales?



Tras la revolución francesa, el código civil francés determinó la voluntad común de asociación, más allá de que las partes integrantes no posean o contribuyan con lo mismo o en partes iguales. Este es el hiato, el punto de fuga, que cómo no podía ser de otra manera, detectó el psiconalista francés Jacques-Alain Miller, en su conferencia, no casualmente intitulada “Affectio Societatis”. Se pueden leer pasajes como el siguiente: “El Derecho está hecho precisamente para que los afectos no afecten los contratos. Los afectos pasan, el contrato queda. Si hay empero que mencionar en el contrato asociativo una condición afectiva, tal vez sea porque el orden simbólico no basta, porque hay un más allá del contrato con el cual el Derecho mismo debe transigir”. 
Y sigue; “La affectio societatis introduce un elemento suplementario que se aloja en un fallo de lo universal. En el lazo social, todo no puede ser capturado por lo universal, el Derecho lo atestigua. Donde el Derecho habla de affectio societatis, Freud habla de Eros. La identificación simbólica a un significante amo no satura todo lo tocante al grupo. Hay que agregarle el factor pulsional, cuya vertiente aglutinante se designa como erótico”. 
Para finalmente expresar: “El orden simbólico tiene por horizonte el discurso universal. Lo que lo obstaculiza es el objeto a que siempre particulariza… Es posible combatirlo, pero nace todos los días, brota del grupo por todos sus poros”. 
Miller, en el texto les habla a sus colegas psicoanalistas, acerca de una escuela de psicoanálisis. Claro que sin que sea su intención, esta hablando de otra cosa, de aquí que lo citemos. Incluso en otros pasajes menciona que lo que llama objeto a, es la particularización para que el significante signifique lo mismo para los que están comprendiendo. Rápidamente reconoce, un ejercicio, inevitablemente sectario. Dentro de la, en términos amables, secta del psicoanálisis, como buen lacaniano, el citado reafirma la condición sectaria, de la corriente a la que pertenece. 
Sus palabras sin embargo, impactan de lleno en la actualidad política de nuestras democracias occidentales. 
El hito fundacional de la libertad, igualdad y fraternidad, se consagraron en letra, mediante la affectio societatis entronizado en el código civil francés, para imponer el real-imposible de la igualdad. Aquí es donde surge la democracia, reinando en el órden simbólico. El objeto a que siempre particulariza, lo democrático, es lo electoral, la elección. La decisiva importancia de que el pueblo, soberano, elija cuando en verdad opta, radica en qué opera en el ámbito de lo imaginario. Nos dice Miller, en relación a esto: “La agresividad perdura, bajo una u otra forma, en el lazo social, surge cuando flaquea el discurso que la contiene”. 
Cada vez que en las diferentes aldeas occidentales, que se precian de democráticas, el discurso flaquea en su continente y en su contención, la aparición de la agresividad transformada, colectivamente en violencia social, vuelve a legitimar la necesidad de la elección, de lo electoral, para dar cura, no con palabras, sino validando la Affectio Societatis, mediante el renovado llamado a las urnas. Lo vemos en la actualidad en lugares como Ecuador, México y Cataluña, como lo han sido semanas atrás, otras plazas, que serán próximamente, otras o las mismas. 
Lo electoral opera como sinthome, como el indispensable anclaje con la realidad, con lo democrático, con la voluntad general, con las ganas de qué sigamos siendo parte de un espacio en común (la república o la cosa pública) por más que no formemos parte de ello (ni justamente, ni mediante el deseo) ni tan siquiera nos lo planteemos. 
Es decir no votamos, ni deseamos hacerlo, para validar lo democrático, sino simplemente, porque es el último resquicio, antes de que prevalezca un desorden, que nos obligue a que construyamos o constituyamos un nuevo orden. 
Hasta aquí lo meramente descriptivo. El problema, serio que tenemos en manos, es que nuestros intelectuales, no nos alertan que a decir del pintor cubista Braque “con las pruebas, fatigamos la verdad”, por tanto, con la misma respuesta al sinthome, con las elecciones, estamos fatigamos la democracia. 
Sí queremos continuar, dentro de la cosa pública, con un sentido democrático, la debemos preservar de la banalización electoralista a la que la venimos sometiendo. 
De lo contrario, profundizaremos el aceleracionismo en que hemos caído, y un buen día, alguna de las tantas manifestaciones a las que asistimos, directamente o por medios audiovisuales, nos impondrá el desorden que nos obligará a un nuevo orden. 
En caso de que asistamos a este fenómeno, se habrá respondido el interrogante, y no habrá Affectio Societatis que sostenga, en ninguno de los planos la ilusión de la democracia, que cada vez más se aleja del sueño que pudo haber sido, y se asemeja a la pesadilla de la que todos queremos despertar. 


Por Francisco Tomás González Cabañas.-

domingo, 5 de mayo de 2019

El voto debe ser arancelado para contar con una financiación transparente de la política.




La única razón por la cual no se transparenta, la financiación y por ende los gastos y costos que insumen las campañas electorales, es que el votar posee en lo declarativo una gratuidad, que en verdad si quiera es tal. No existe un cobro, ni real ni manifiesto, pero sí existe una suerte de préstamo, al ciudadano, a los que se nos dicen que votaremos gratuitamente, se nos cobra luego, con intereses leoninos y con creces, en la amplia facultad, moral como también normativa, con la que “administran” nuestros recursos a los que entronizamos en el poder para ello. Nos cobran, no haciendo nada, haciendo poco, o haciendo mucho para unos pocos (dentro de los cuáles están ellos mismos, como sus familiares y amigos) en detrimento de los más, a los que previamente nos compraron con la gran conquista humanitaria, republicana y democrática, de la farsa del voto gratuito.
Una vez entendida esta perversidad mordaz en la que nos hacen creer (recordemos que el poder es más brutal e intenso en la medida que menos nos damos cuenta que opera sobre nosotros) y en el convencimiento pleno que en las comunidades organizadas en la que devenimos como producto del actual fenómeno humano, nada es gratuito en el momento mismo que nos traducimos, que nos intercambiamos, que nos replicamos de individualidad al constructo colectivo del que somos, como sociedad a la que pertenecemos o nos gustaría pertenecer, podremos avanzar en el segundo paso de proponer la instauración del arancelamiento del voto, a los efectos de contar con una dinámica de la política más honesta y transparente.
Para dar este segundo paso, nos topamos con uno de los grandes inconvenientes de nuestros tiempos actuales. A contrario sensu de lo que se puede creer, comunicar una idea, un pensamiento es cada vez más complejo, una suerte de quijotada en tiempos en donde se mediatiza, en un tráfico esperpéntico, a la velocidad de la luz, imágenes y frases hechas o acartonadas, que precisamente buscan la “comunicación chatarra” la oclusión del pensamiento y con ello la conversión del ser humano en una suerte de ser maquinal, que obedezca, replicando y multiplicando las indicaciones que le llegan desde un lugar que ni siquiera se pregunta, ni desea saber, cuál es o que intenciones tiene.
Un texto largo para el común de los mortales es una afrenta, un escarnio, un condenarse a pasar desapercibido, ganarse la caracterización, en el mejor de los casos, de persona aburrida o apartada de los fenómenos actuales. Una suerte de autista social es quién escribe, proponiendo una idea de política, más de cuatro párrafos, contando para ello, tal humanidad robotizada con la complicidad de los supuestos intelectuales y eruditos, los académicos de postureo, que encerrados en sus formalidades para publicar textos, se cierran en sus absurdas, arbitrarias e insolentes posiciones endogámicas, para publicarse entre sí, largas y aquilatadas citas textuales que no expresan más que la comprobación de que han leído y siguen leyendo, sin poder pensar en ninguna de las líneas de las que consumen, erigiéndose en las máquinas bestiales, de reproducción automática, sin posibilidad de pensamiento, con la cucarda en el pecho, o con el número de la revista científica, indexada por centros y usinas, en donde cada vez son menos, teniendo como requisito, además de cumplir a rajatabla las exigencias formales, no tener o en caso de tener, suprimir la posibilidad de pensamiento.
El voto debe ser cobrado, mediante una suerte de impuesto o carga única, que podrá ser abonada en forma dineraria y para los que elijan otra manera, otra forma (es decir no se impondrá desde el estado quiénes deberán pagar y quiénes no, sino que se ofrecerá la posibilidad) será dedicando tiempo y esfuerzo para la dinámica electoral, para la difusión de ideas de quiénes se postulan, como para la organización y control de la jornada electoral. Lo recaudado en contante  y sonante, se dedicará a los fines electorales, generando con esta conceptualización, inversa o invertida, de la que contamos en la actualidad, no sólo que la dinámica de la política sea más transparente y su financiación más clara, sino que se colaboraría con de-construir la cultura de la político, que nos hemos forjado como una suerte de actividad rentada, en donde el acceso de los beneficios de la misma es para unas pocos privilegiados, en detrimento de los más que por no tener, no contar, con el dinero o con la posibilidad de saber o de invertir su tiempo, caen en la trampa de la gratuidad, que como vimos nunca es tal, sino que es la nueva máscara en la que se trasviste la esclavitud y el sojuzgamiento de los que tienen por sobre los que no.
 La tesis por tanto sería, que sí queremos no sólo financiación transparente de la política, sino libertad de los votantes, el voto debe ser rentado, sí el sistema, nos guste o no, lo único que propone es el intercambio y sus lógicas de sumas y restas numerarias, no tiene sentido que nos quieran seguir “vendiendo” que algo es gratuito, cuando en verdad nos lo están cobrando con creces y por varias veces su valor real, haciendo que perdamos nuestra libertad por esa falsa y mentirosa gratuidad.

Por Francisco Tomás González Cabañas.




miércoles, 27 de febrero de 2019

El “pase” democrático.



De acuerdo a la escuela de orientación lacaniana (EOL) en Argentina:  “El pase es un dispositivo inventado por Lacan que se ocupa de investigar qué es el fin de análisis. Esta investigación se realiza a partir de los testimonios de los analistas que están decididos a transmitir aquello que el psicoanálisis les ha producido como cambio en la vida misma, es decir, lo concerniente a lo que queda como saber por un lado, y aquello que se va a ubicar como lo que no interroga más al sujeto”.  La escuela lacaniana de psicoanálisis (ELP) de España, define al pase de la siguiente manera: “el punto crucial del dispositivo del pase, es el paso que va de la posición de psicoanalizante a la de psicoanalista. Dicho de otro modo, se trata de saber qué lleva a alguien a hacer el trayecto que va del diván –donde dio curso libre a sus asociaciones– al sillón, donde se hará el destinatario de las demandas surgidas del malestar de un psicoanalizante. Puesto que no hay un título oficial de psicoanalista, ese paso depende de una decisión”.
La necesidad de que la ciudadanía, realice el pase, es decir el paso, de meros y simples representados, gobernados por la fría letra o disposición de una normativa, legal y supuestamente legítima, a un estadio, en donde pueda no gobernarse a sí misma (dado que sería un real-imposible) sino que dotar de sentido, a la representación y a las facultades que con ella cede, democrática, es ejerciendo el dispositivo del pase, referenciado en el creado por Lacan para el psicoanálisis, pero que nosotros los pretendemos instituir en lo democrático.
Salir de la mera condición de votantes, es el primer paso, la primera acción indubitable que una sociedad que se pretenda democrática, debe realizar para demostrarse a sí misma, que está decidida a llevar a cabo el pase democrático, que valga la redundancia democratizará a la comunidad toda.
Sí para salir del goce, nefasto y repetitivo, de lo electoral, puro, duro y absoluto, se deben prorrogar elecciones, no debiera existir problema alguno con ello. Sin embargo desde lo teorético, se recomienda como camino, salir de lo meramente electoral, por intermedio de caminos tácticos como optimizar el sentido de una elección, que nunca es tal en verdad, sino que siempre es un optar condicionado. La elección, tal como se define lo electoral y lo basal de lo democrático, debe pasar a ser, la opción electoral, que es en verdad el término que debiera definir, el comportamiento que tendríamos que asumir ante como constituir los poderes ejecutivos.
Dado que siempre, alguien está, se encuentra en el poder, y por disposición lógica, querrar, seguir, cotinuar, ad infinitum, por la misma persona, por otra, mediante el partido, la ideología o la doctrina, la opción electoral, debe brindar, contundente y manifiestamente, esta posición al ciudadano. Que elija en primera instancia, y como condición sine qua non, sí pretende o no,  que el oficialismo al mando, continúe en el gobierno del ejecutivo en cuestión. Ninguna aldea que se precie de democrática, podrá anteponer la galimatías de la libertad política o lo que fuera, para imponer la trampa, de que supuestamente se puede elegir a quién uno desee para que nos gobierne. El poder no sólo que tiene sus límites, sino más que nada, que los define, los impone, los determina. El poder, solamente podrá ser dimensionado, más justamente, sí es que lo reconocemos en su  fiereza y brutalidad. Nada más democrático que el ciudadano de cualquier sitio, antes que nada, vote, por sí o por no en la continuidad de quiénes lo gobiernan. Sí la mayoría se expresa por un una continuidad, el dilema se habrá resuelto, más que democráticamente, caso contrario, se arbitrara, solo en tal caso, una segunda elección, en donde ya no participará el oficialismo ni en la persona que antes se propuso, ni en el partido. En ese segundo movimiento, el ciudadano, deberá optar, entre los opositores, a través del sistema electoral que cada distrito lo determine, respetando la no participación del oficialismo perdidoso en esta segunda instancia.
Para la constitución del poder legislativo, se propone en este cartel de pase, siguiendo la referencia del pase lacaniano, la conformación de los votos “anticipado y compensatorio”, que determinan, aspectos que no orbitan en la actualidad y que consideramos esenciales para una realidad democrática, en donde el ciudadano vea implementado esto mismo como valor político en su vida cotidiana. El voto anticipado es un desarrollo teórico que hemos brindado en su oportunidad, destinado a quebrar la línea de tiempo ortodoxa entre el representante y el representado. Es decir, mediante este ariete, el votante, podrá mucho tiempo antes, otorgarle su apoyo político, la suscripción del acuerdo de cederle su poder real, a quién lo representará. No debe ser solamente, menos en tiempos en donde nos podemos organizar tecnológicamente más eficientemente, a través de la vieja usanza de emitir el sufragio en un día y hora determinado por el poder electoral o electoralista. Todos aquellos que por las razones que fueran, quieran demostrar su apoyo, el ceder su representación y la facultad de legislar, a los que se postulen, lo podrán  hacer en el momento que deseen y este apoyo (es decir el voto matemático) será computado en el momento sí, acabo y expreso de lo electoral (el día de la elección) esto no variará, pero lo otro sí. El ciudadano, que así lo desee, podrá votar en el momento que quiera y su voto, su cesión de representación y de facultad legislativa, se c0mputará en el tiempo determinado  y clásico de la elección o de lo electoral. Que el tiempo, pueda ser jugado a favor para la perspectiva del ciudadano, es sin dudad un pase democrático en la noción de la representatividad de la política. El voto compensatorio, también funge como cartel de pase, dado que habilitará a los que menos posibilidades tengan (económicas y de vida) a ser compensados en la arena política, en donde las decisiones de toda naturaleza se llevan a cabo, sin pruritos y como prioridad. Es decir, el pobre, el marginal, una vez compensado por el estado, por el poder constituido, haciendo que el voto de aquel valga el triple o el cuádruple de alguien que no es pobre o no está en tal condición, hará que al habérsele empoderado, no tenga que reclamar que se lo saque de tal condición. Es decir sí el pobre sigue siendo pobre, pese a que su voto valga (está es la noción del voto compensatorio) cuatro veces el voto de uno que no es pobre, el problema de la pobreza, ya pasará a ser más individual que colectivo, más económico que político y el estado y el poder, constituido e instituido, tendrán mucho menos que ver con ello, o al menos ya habrán hecho, no sabemos sí lo suficiente, pero sí significativamente más, de lo que hoy se hace, sin la existencia del voto compensatorio o de esta alternativa como pase de lo democrático.
Finalmente, el tercer paso, del pase que proponemos, es que el ciudadano asuma que no podrá tener nunca un poder judicial, ni independiente del poder político, ni mucho menos democrático. Se debiera poner en suspenso, en epojé husserliana, todas y cada una de las llamadas causas políticas, a iniciarse o a resolverse, como mínimo tres meses antes cada elección, a los efectos de desinflamar la perspectiva de criminalización política que siempre termina insuflando el sistema mismo para sí, bajo la argucia, o el fantasma institucional de que pretende algún tipo o de grado de justicia, cuando en verdad lo único que realiza es una operación política para una determinada facción partidaria o partidocrática en perjuicio de otra.
Este poder debe salir del encierro, pase mediante del ciudadano al que lo sometieron los especialistas en derecho, que como todos los especialistas a lo sumo debieran estar en los claustros, cerrados, pero en forma, testimonial en la institución de todo un poder, que termina por ocluirse en su posibilidad de brindar un servicio esencial, ante el desaguisado que actualmente propone, de marchas y contramarchas, de escritos y solicitudes, mayoría de la cuáles, el tiempo las fustiga al brindarles la indiferencia de su olvido.  Tal vez la mejor manera, de resolver la cuestión de la parcialidad de la justicia y de la independencia del poder político, es que la conformen principalmente, los que pierdan (o los segundos inmediatos en una elección o de haber acumulado cantidad de votos en segundo orden de prelación) la elección (que esperemos se llame opción electoral más luego) a un ejecutivo y que de tal manera, también tenga un circuito de periodicidad que hoy carece, en nombre (como el nombre del padre analítico)de esa democracia, que como creemos, sin esta serie de pases, sólo la tendremos, como la tenemos, únicamente nominalmente, de traducción y correspondencia irreal o imposible.
    
    




martes, 25 de diciembre de 2018

La necesaria homosexualidad de Jesucristo.


Dejando por sentado que tratamos la figura central  del relato bíblico, desde una perspectiva ajena a la religiosidad, y por ende, dispensándonos de las molestias que pueda causar el desgranar esta suerte de razonamientos y de pensamientos que ponemos en discusión, el planteo es claro, prístino y contundente. La no realización como hombre de Jesús (en el sentido patriarcal que se le otorgaba, o en ciertas latitudes se le sigue otorgando a la concreción de la masculinidad determinada en su razón de ser como progenitor y vinculado indiscerniblemente, mediante la sexualidad, con lo femenino o con féminas) se explica mediante la necesidad, de ese dios, su padre, como él padre, de transmitir una mirada, amplia y larga, del fenómeno humano, del que hasta ahora, la institución iglesia, y el significante religiosidad, prescinde.
Venimos leyendo desde tal oficialidad que Jesús, cumplió sacrificialmente su mandato como hijo, convirtiéndose de esta manera en el alter ego de cada uno de los que tenemos algún tipo de vinculación con el cristianismo, aunque más no fuese, culturalmente. Resulta imposible, no reparar hasta en las referencias políticas o sociales de una figura que multiplica comida y la reparte, que se las toma con quiénes lucran por el lucro mismo y que perdona a quiénes lo traicionan, en nombre de una humanidad, tanto pecadora como redimible, en caso de que sobrevenga el siempre a mano, arrepentimiento.
Se estudia también, trilladamente, al Jesús de los milagros, al que intercedió para sanar estados alterados de conciencia, al misericordioso, al justo, al de las parábolas, al de la resurrección, al tercer día entre los muertos.
En el estudio del Jesús histórico, se ha puesto el eje tanto en el contexto de su llegada, en la Romanidad en la que vivió, que actores secundarios como Poncio Pilatos, no sólo que traspasaron al olvido al que estarían condenados, sin la vinculación con Jesús, que hasta el derecho o el sentido de justicia se estudia desde la arbitraria decisión del romano, dado por ejemplo el texto “¿Qué es justicia?” del artífice del positivismo normativo, Hans Kelsen, quién inicia su libro citado con tal rememoración del momento histórico.
Algo similar ocurre con el Jesús literario, cuando Jorge Luis Borges narra la necesaria e imprescindible traición de Judas, para que el hijo de Dios, termine siendo quién finalmente es.
Cómo expresábamos y es la razón de ser del presente, sin que se pretenda tesis, hipótesis o mucho menos, arriesgada ventura del pensar.
Que Jesús sea presentado, tal como lo fue, sin una relación carnal con mujer alguna, evitando incluso o rehuyendo de la proximidad con la María Magdalena, que oficiaba como la representante de quiénes ofician de acuerdo al axioma “el trabajo más antiguo del mundo”, no es más que la demostración efectiva de la lectura más a mano que tendríamos de la manifestación de un hijo de dios en la tierra que ama a su próximo, a su igual, en una suerte de homosexualidad implícita, velada, sucinta y no tal como se nos impelió a que interpretemos su vida en la tierra como una suerte de apostolado vinculado a lo no humano o a su condición privilegiada en relación a terminar sentado a la derecha del dios padre.
Es decir, tendríamos una humanidad mucho más amplia y dispuesta a la comprensión, sí es que desde la moderna Roma, mediante encíclica próxima podría brindarse este giro hermenéutico. La importancia de contar con un Jesús, que encarará su humanidad desde esta elección, desde esta tendencia, fortalecería el ideario de familia tradicional, la que Jesús no tuvo, no eligió, no escogió, sea por propia decisión o por mandato paternal.
Creer que Jesús, se aprovechó de su condición de hijo de Dios y que por esta facultad privilegiada se mantuvo célibe y transitó sus días en la tierra desde esta posición de santidad, alejada del sentir y del desear humano, es pervertir a Jesús en su  concepto, es invertirlo, darlo vuelta, satanizarlo.
Necesitamos a un Jesús homosexual que brinde, a miles de año de su supuesta existencia real, un nuevo testimonio de que su obrar en la tierra no ha sido en vano, y que milagrosamente renace, en los corazones y en las mentes de quiénes lo interpretan más allá de las rígidas posiciones de las instituciones, que se dicen a su servicio o continuando su causa, pero que muchas veces se terminan pareciendo más, a las que decidieron su tortura, su calvario y su crucifixión algún tiempo atrás, del que parece que seguimos sin trascurrir o atravesar.


viernes, 14 de diciembre de 2018

El poder siempre es abusivo, más allá del género.



La discusión que orbita de un tiempo a esta parte, en ciertas aldeas occidentales, se oculta tras o debajo de la falda, del viejo estereotipo de lo femenino. Entendible y comprensible que así resulte, sin embargo, podríamos ir más allá del fenómeno de lo actual y del trauma  (de la herida) del ayer. Dentro de la pollera del significante mujer, estamos alojados tanto los que  abogamos, o las que abogan, sobre todo, desde una perspectiva de víctimas históricas, por una compensación o igualdad con respecto a lo masculino (muchos de los cuales, nos hemos aprovechado de tal privilegio o al menos no nos lo hemos cuestionado muy seriamente) como así también los que desde el nuevo pliegue de la escenografía del poder, pretenderán, seguir embanderados en el sexismo, cambiando o deconstruyendo la nominalidad del género, para revitalizar la disputa eterna, que se desliza mediante el poder, usando agonalmente a lo femenino contra lo masculino.
Aquí comienza la mezcla y la confusión. Buscadores de justicia, se mimetizan con quiénes sólo pretenden venganza, o en el mejor de los casos, continuar con la disputa real, entre el poder y lo que se revisten en sus pliegues, en sus bordes, ocultándose entre lo femenino y lo masculino, como meras máscaras de una lid que pervive en el  poder en su continúa disputa, de la imposición por la imposición misma, sin que esto pueda ser cuestionado u observado.
Ni lo masculino antes, ni lo femenino ahora, podrán ser constitutivos para un salto de calidad en lo humano, en la medida que no se propongan abordar al poder, pudiendo concebirlo sin su innatismo, abusivo que nos ha dejado y nos sigue dejando perplejos más allá de que vistamos polleras o pantalones, sea porque lo deseamos o porque nos lo impusieron desde un sistema cultural que muy agradablemente se cuestiona, muy a menudo, en sus formas, sus vestimentas, pero no su fondo o sus conceptos.
Los envases en lo que viene el intercambio, no pueden determinar hasta donde llegaremos con él, hasta donde pretendamos llegar. Posiblemente, tales límites, sean el territorio marcado desde el que no podamos salir.
Encerrados en el barrio, de la categoría género, en la manzana, en la circunscripción, de la genitalidad, finalmente perecemos en las cuatro paredes que nos determina en nuestra incapacidad por producir, una emoción que nos desborde de nuestra humanidad apocada, cercada, por lo que portamos para sentir y vivir nuestra experiencia de seres sexuados, limitados en el horizonte de esa complejidad que necesariamente, terminará en batalla, en enfrentamiento, por imponer, lo que se nos ocurra, sin que dejemos de ser unas meras marionetas de las tensiones del poder.
En definitiva terminamos, debajo de la pollera o del pantalón (de acuerdo a quién lo quiera ver y cómo) de la oblicuidad de ese poder, que se balancea y desbalancea, usando nuestros cuerpos y deseos para librar la batalla que pervive más allá de nuestras formas, de nuestras maneras, de nuestros envases, imposibilitándonos, llegar a tal posibilidad de preguntarnos, acerca de qué es lo que necesariamente busca ese poder, o qué buscamos con él, más allá del género en el que hayamos caído, del que nos percibamos o del que deseemos, o como nos llamemos o de quiénes seamos.
La disputa debiera ser con ese poder, con su tensión, con sus fines y determinaciones, sin embargo no nos da, en nuestros cuerpos ni de hombre ni de mujer, para que nos atrevamos a mejorarnos en nuestra condición de humanos.



  




sábado, 1 de diciembre de 2018

El deseo de la (de mí) madre.


Todo sujeto se las tiene que ver, en su complejo de Edipo, con el deseo de la madre, deseo que “siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre.” (Lacan, 1970, p. 118).
Corría el año 1984, a días de cumplir 4 años, aún conservo el siguiente recuerdo traumático: veo muchas piernas, zapatos, que se me cruzan, estoy cansado de caminar, de andar. Tengo sujeta una mano, por otra más grande, que ejerce fuerza hacía mi antebrazo con sus uñas. Cruzamos calles, avenidas, gente y más gente, o piernas y zapatos para mí horizonte visual. Llegamos a un negocio en donde venden tortas o cotillón. Era mi cumpleaños, no recuerdo de querer festejarlo, pero sí recuerdo cabalmente el querer que la torta que estábamos yendo a comprar tenga a los jugadores de Boca Juniors, dado que me reconocía hincha de ese club. Algo pasa, esos jugadores no están. Están los de River Plate, Mamá o el cocodrilo, cierra intempestivamente su boca. No sólo que ella es de Boca, el club, sino que jamás consultó o creyó conveniente que era propicio que me cambiara de club, a su antagónico además para una fiesta de cumpleaños en donde departiría con mis compañeros de colegio.
La foto o imagen que acompaña el texto (sin la cuál no podría entenderse esta verbalización de un trauma) no sólo es contundentemente ratificatoria, sino que además incluye a un actor secundario que está a lado mío. Como se podrá comprobar, las cuatro velas en la torta, son la prueba que cumplía cuatro años. Los jugadores de River Plate son también claramente perceptibles. El niño que está a lado mío, cumplía años el mismo día o uno anterior. Lo recuerdo perfectamente, dado que sí bien la institución educativa a donde me enviaron  mis padres, estaba al mando de los jesuitas, se entronizaba como un sitio de cierto status social (su ubicación geográfica en una de las principales avenidas de una Buenos Aires que despertaba de su pesadilla dictatorial). Al parecer de muy pequeño, se me desarrolló “conciencia de clase”, el niño de a lado, era el hijo del portero o de alguien del servicio de limpieza, si conservo tal recuerdo es porque así nos los hacían sentir. Su torta, que no sale en la foto, era casera, no comprada como se puede ver que era la “mía”. Recuerdo como me gustó su torta (al punto que hoy 34 años después, las tortas caseras, bizcochuelo y dulce de leche, básicas, sencillas, son mis preferidas) y como me desagradó la mía (comprobación que en la infancia es imprescindible la lógica binaria).
Finalmente, vinieron los regalos. Una suerte de aparición del azar. Venían regalos para él como para mí, los dos cumpleañeros, tan iguales como distintos. Le tocó un reloj, lo desee tanto como había deseado que se cumpliera que mi torta tuviese a los jugadores de Boca, mi club, y no los de nuestros antagónicos.
Así como me sucede con las tortas, me sucede algo contundente con el objeto reloj. No los usó, los he usado muy poco en ciertos intervalos de la adolescencia.
Sin embargo, recién ahora voy asimilando algo, por esto mismo, tantos años después lo comparto, a partir de esta reflexión verbalizada. Creo que deseaba fervientemente el reloj, dada su relación con el tiempo.
Era el tiempo, que necesitaba para salir de la boca del cocodrilo que representaba el deseo de mi madre.
Papá no lo pudo o no lo quiso hacer, dado que esta es la función arquetípica de todo padre, según el psicoanálisis: Dice Lacan (1992): “Hay un palo de piedra por supuesto que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba. Eso es lo que se llama falo. Es el palo que te protege si, de repente, eso se cierra.”  

Boca para mí significa no sólo haber salido de la boca del cocodrilo del deseo de mi madre, sino también mi último bastión en donde no cedo, ni mi libertad, ni mi dignidad ni mi elección. Por más que me vean para ese afuera de la manera que crean, no siempre, se encuentra en línea, consustanciado con mi adentro, ni ratificatoria ni adversarialmente.
Concibo el poder desde esta conceptualidad, desde esta experiencia. Fue la primera gran tensión que enfrente, con cierta conciencia en mi vida, en desigualdad de condiciones y solo.  Casi cuarenta años después descubro que me sujeté a lo único que podría haberme dado la posibilidad de ser sujeto, el tiempo.
Soy el de la foto, el de las palabras, sin que eso sea óbice para tener siempre algo más, que de acuerdo a cómo transcurrimos en el tiempo eterno, va decantando, se va develando, se va constituyendo, sin que exista poder alguno que lo detenga.



sábado, 3 de noviembre de 2018

La democracia es lo indecible del poder.



“Lo que circula entre nosotros denominado como vacío, es lo indecible, sin representación para quien advino al lenguaje (sujeto)”. Levín, R. “Hacia un psicoanálisis de lo indecible”. (Psicoanálisis APdeBA - Vol. XXVI - Nº 2 – 2004. Pág. 339). Sí al principio fue el verbo, como reza en las sagradas escrituras, ante sin duda, en la cronología de la historia occidental, debió haber sido, el poema de las dos vías de Parménides que nos insta a que sigamos por lo que expresaba la diosa, voz de su poema: “Vías de indagación que se pueden pensar». La primera es nombrada de la siguiente manera: «que es, y también, no puede ser que no sea»; la segunda: «que no es, y también, es preciso que no sea». La primera vía es la «de la persuasión», que «acompaña a la verdad», mientras que la segunda es «completamente inescrutable» o «impracticable», puesto que «lo que no es» no se puede conocer ni expresar”. (Platón, Timeo I 345, 18–20 dos versos del poema de Parménides).
Claramente Parménides inaugura la vía de lo indecible. Sin embargo, desde su señalamiento, que bien pudo haber sido el prohijar una prohibición, lo que establece es la historia misma de todo lo otro que viene sucediendo con el fenómeno humano. Creyéndonos, desde Platón mismo, con su división entre el mundo eidético y el real, vía participación, habitamos lo indecible, con la firme convicción que las conjeturas que brindamos como palabra, como logos, como concepto, como posibilidad, nos hacen algo más certeros, más auténticos en la experiencia que nos podríamos dar de acuerdo a las atribuciones de lo humano, que implican libertad, felicidad, placer, vida y sus consabidos contrapesos de opresión, tristeza, goce y muerte. Semánticas del desequilibrio o nominalismos oscilantes, nada puede variar que allí donde no estamos es donde la eternidad se consagra. En el no lugar de la experiencia fallida es precisamente, desde donde venimos o hacia donde vamos, en este mientras tanto, que damos en llamar vida, una suerte de epojé o de parentésis homeopática, el entre abrevado entre cielo y tierra en donde transcurridos, es lo accidental, lo pasajero, mientras que aquello, lo inalterable, lo inescrutable, a lo que consagramos tanto temores, como esperanzas, es la razón de ser, de nuestra permanencia finita en este presente al que sólo le dedicamos palabras, que siempre serán escasamente vacuas, para llenar el vacío del que provenimos y hacia donde regresaremos.
Aquí es donde interviene el poder y el triunfo, dialéctico como flagrante de la democracia, como todo lo que nos puede brindar a una comunidad dada, sin que nos cumpla siquiera lo mínimo, lo elemental o lo básico. De todas las formas de organización política que hemos experimentado, no salimos de las mismas, por vía consensual, razonada o bajo la lógica en que previamente nos mantuvieron tras sus normas o prerrogativas. Con esto queremos expresar que es imposible el ansiar, el desear una democracia democrática o que se guie o manifieste bajo tales parámetros.     
Sí en la ambivalencia de lo humano, entre lo agonal de las fuerzas que pugnan, sean como pulsiones de vida o muerte, de verdad y mentira, de esto y lo otro, o las contraposiciones que fuesen, la democracia plantea en la actualidad, la versatilidad conjetural de hacernos creer que el poder puede ser asimilado, maniobrado, manipulado con razón y por sobre todo emoción humana e ilusamente con amor, verdad y justicia.
El pliegue, el borde, por donde, asoma el desborde lo democrático, es de acuerdo a la mayoría de las apreciaciones teóricas e intuitivas, el movimiento, el giro o la disrupción de lo femenino, una suerte de mare magnum, en donde todo parece girar alrededor de la vulva o de la vágina, como siglo atrás, el hombre (en su sentido genérico) giraba desde la hendija del falo.
Podríamos añadir entonces la siguiente apreciación; sí la ley es el padre, el deseo de la madre es la transgresión. “Desde Freud, inventor del psicoanálisis, la maternidad se inscribió como un síntoma de las mujeres, un modo particular de ellas de hacer con la falta. La lógica freudiana para las mujeres parte del no tener el falo, encontrando en el hijo su equivalente. Entonces, ellas se completan o se sienten completas teniendo niños. A partir del psicoanalista Jacques Lacan, el niño no ocupa tanto el lugar del falo de la madre, sino el lugar del objeto que causa su deseo, un objeto de satisfacción no representable, carente de significados, y que escapa a la imagen y al Ideal. De modo que, el lugar del niño en el deseo materno se emparenta con los objetos pulsionales: la voz, la mirada, la caca” (Graciela Giraldi, Psicoanalista. Notas escritas una mañana cualquiera, a la orilla del río Paraná, 2015, Rosario.)
El poder, como lo pulsional por antonomasia de lo indecible de lo humano, embarazó, nuevamente, a nuestra condición, y estamos en tránsito, en proceso, de ser a la vez, al unísono, concomitantemente, la parturienta, el engendrador y el gameto formado.
Nos vamos licuando, en deconstruir los principios mediante los cuáles comprendíamos los conceptos que otrora nos apaciguaban al brindarnos cierta precisión en explicaciones que creíamos o sentíamos como conmensurables, atendibles o que básicamente nos conformaban en un grado mínimo.
No nos tranquilizarán las mismas palabras, modos o dialécticas en las que nos veníamos desenvolviendo de acuerdo a los roles que nos fueron dados o que fuimos heredando.
Lo único cierto, e inmodificable, es que en este plano, desde Parménides, como desde siempre, la vía que pensamos que estamos transitando, no es precisamente la de la verdad o del conocimiento. Esa es de la que provenimos, hacia donde vamos siempre, al concluir esta experiencia de lo finito. En este mientras tanto, todo puede ocurrir, y estaremos más cerca de aceptarlo, es decir de manejarnos con ello, sí es que nos convencemos ( o confabulamos que es lo mismo, hasta tal vez lo sea suprimir y reprimir) de que toda la palabra, toda razón que se articule mediante ella, no puede dejar de traducir, de significar, de representar un beneficio para quién la plantea, y un perjuicio, velado, oculto, por ende engañado o engañoso, para todos aquellos a quienes necesite convencer o persuadir a los efectos de consumirles su fuerza, o cegarlos en su reacción. Esta es la razón por la cual la democracia posee sus horas contadas, el nuevo cuerpo en el que el envase del poder, referirá al fenómeno humano, tiene tras sí, otras formas, otras codificaciones y por ende, estipulará otros movimientos, otras manifestaciones.
Llámese como se llame (incluso le podrán seguir llamando democracia, o neodemocracia o democracia reformada) lo cierto es que ninguna organización de lo humano, podrá ponerle palabras, o un decir, al poder. Este seguirá siendo indecible. Salvo que se haga filosofía, pero para ello, antes que nada y por sobre todo, se debe poetizar. El único índice serio que manifieste un cierto “avance” en términos de calidad de lo humano, debe tener correlación en como tratan sus comunidades a sus poetas. Y tal como sucede con la política, desde Platón a esta parte, en relación al vínculo con nuestros poetas, estamos igual o peor que antaño.

viernes, 28 de septiembre de 2018

La inevitabilidad de la pobreza.


Psicoanalíticamente la falta no sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable. Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus social,  la asociación es inmediata y se cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político, escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o de la exclusión.
Hemos naturalizado, o mejor dicho tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que, adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.
El síntoma, es decir la manera, la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría.
La inevitabilidad de la pobreza, nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y que sólo tengamos,  medios, recursos, instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros los pobres o  marginales, en el mejor de los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.
La democracia se sostiene en la falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de completar tal falta.
La anemia democrática es en verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta, como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.
Cuando, ciertos informes estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”) que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.
La pobreza se nos torna, inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.
El problema de la pobreza, jamás puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número, esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo único  que nos preocupa de la pobreza es que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal calamidad,  cayendo en la trampa de creer que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni llenará, que no cubre la falta.
Insistimos la pobreza, en su inevitabilidad ya pertenece a  una suerte de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas” que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia .





jueves, 30 de agosto de 2018

Una relación de mierda.


Sigmund Freud sostenía que el dinero y las haces eran equivalente simbólicos. El placer que obtenemos al retener o al largar la materia fecal, se corresponde con la forma en la que nos manejamos con el uso del dinero. Si acumulamos, atesoramos, no lo largamos, es en definitiva no porque tengamos, sino porque no la queremos gastar. La ecuación es sencilla, rico es en definitiva el que no tiene nada propio. El largar, hacerla circular, tanto como inversión o gasto, cobra sentido, en toda su dimensión, mediante la traducibilidad, es decir mediante la cotización que hagamos de los intercambios. Mientras más consolidado y seguro estemos de lo que hacemos, mas podemos hacerlo valer ante los otros con los que nos correspondemos en el transitar el intercambio y por ende de la existencia, ontológica, como colectiva y de mercado. Esto es básicamente la confianza, de la que hablan los que no la tienen o no la generan. El día que entendamos o que queramos, que los números nos cierren o se traduzcan, favorablemente, nos daremos cuenta que más que economistas, necesitamos personas que piensen en las distintas áreas de gobierno.

Lo propio, lo de uno, más luego, debe ser siempre, indefectiblemente, validado por un otro. Si yo digo que esto es mío, debe existir un ámbito para que otros se notifiquen de mi manifestación de propiedad, hasta para el caso de que la pretendan para sí o me la pidan prestado. Por lo general el circuito de validaciones, es algo más sofisticado, o más entretejido que una lisa y llana transferencia. Se nota con excesiva claridad en el ámbito educativo-profesional. Para ser un doctor en algo, se necesita haber pasado por cientos de exámenes, haber aprobado la consideración de tantísimos docentes, más la consabida convivencia con pares, para luego, tener la legalidad como la legitimidad de cobrar honorarios por una actividad regulada en el concierto de la comunidad en donde uno se desenvuelva. Ahora bien, y existen muchos casos por cierto, se puede comprar un título de algo, que más allá de la encrucijada moral y la acción claramente ilegal, tenga como finalidad aquello que se expresa siempre de seguir estudiando y no abandonar, para al menos tener el título colgado, por más que no se trabaje ni se haga nada más con el mismo. Esta es la acción que define al rico en relación al dinero. Al acumular, es decir al obtener el título de grado, robando el espíritu y la finalidad del mismo (es decir comprándolo para atesorarlo) quién piensa que obtiene algo en verdad desvirtúa el concepto del tener. Es decir lo violenta, lo cosifica y lo petrifica en una mera transacción que le hace perder al comprador, como a la compra, la razón de ser de ambos, cómo y por sobre todo, del intercambio. De aquí que, el rico en el fondo, nunca tiene nada propio, nada que le haya valido la pena, sino que acumula transacciones para finalmente para la transacción, es decir no gastar. Para continuar con una proyección en clave psicoanalítica, podríamos decir que el rico, nunca deja de ser el niño que guarda los dulces que obtuvo en el cumpleaños, para llevárselo al significante madre y no consumirlo ni hacer nada mas con esos dulces, que perpetuar su relación de niño para con esa madre, mostrándoles tales adquisiciones y ofrendándoselas.
Las relaciones de sentido, adultas y extrapolando, las comunidades o sus mercados, en donde la traducibilidad, el intercambio, se encuentra más razonado, genera ámbitos más productivos como ecuánimes.
Es decir ninguna sociedad con altos índices de pobreza y marginalidad, puede tener o acarrear estos problemas, solamente por variables o variantes económicas.
Sí los ciudadanos de las aldeas occidentales, en donde las tormentas económicas, financieras, de tipos de cambio, de recesión, inflación, estanflación o de cualquier anomalía en términos de administración, piensan, creen, sienten o se convencen que tales situaciones coyunturales se pueden solucionar bajo resultantes numéricos, es decir mediante enclaves económicos, entonces tal aldea, tendrá más que un problema puntual, sino uno conceptual y de entendimiento pleno. Cualquier suma, que de lo que sea, hará de tal lugar, un sitio, en los términos que fuese, inviable.
Hasta la reforma protestante la humanidad concebía al dinero como algo sucio, oscuro, demoníaco. Luego de tal hito, se endioso a lo que era el vil metal y la traducibilidad, como la acumulación, se constituyeron en dogmas incuestionables.
Debemos repensar la relación de mierda que tenemos con el dinero, tanto en el ámbito del lenguaje evidente, como en el estructurado como tal en el inconsciente. Lo que podríamos hacer mientras tanto, es seguir escuchando a los que hablan de números, pero sin dejar de comprender que ellos ven la fotografía, el fenómeno superficial, en definitiva el resultante. Nos dicen el olor que tiene la mierda, pero no la relación que tenemos y por ende como mejorarla, para esto están las personas que piensan (llámese intelectuales, filósofos o como fuese) y estos son los que debieran estar más en contacto, más a mano, más cercanos con las personas, que votadas por el pueblo, toman las decisiones que impactan en la comunidad.
Usted podrá retener este pensamiento o hacerlo circular.


domingo, 5 de agosto de 2018

El deseo no se expresa en lo manifiesto.


Tal como en la afirmación Hegeliana “Yo no soy nada, lo otro de mí lo es todo”,  nada que pretendemos desde lo más auténtico de nuestro ser, podemos exteriorizarlo desde la traducibilidad de las palabras. El poder de garabatear signos, no es más que el síntoma expreso de la mudez a la que no podemos escapar, del contundente y silente presidio a la que nos condena el sinsentido. Esto mismo se explica sólo sí en la medida de su no explicación, mediante palabras, tras la epocalidad en la que transitamos, bajo la conciencia en la que nos creemos lógicos como comunicables.
Que seamos finitos, que perezcamos sin aceptar este contundente condicionamiento, es la prueba efectiva de que estamos habitando otro lugar, en donde latimos más profundamente, o para decirlo de otro modo, somos más auténticamente, donde tal vez los deseos se correspondan con nuestros actos o sensaciones más palmariamente.
Sí es que alguna vez hemos pensado, que vivimos en el mejor de los mundos posibles, es porque naturalmente, podamos ser, una versión diferente, apocada o disminuida de la que potencialmente pudimos desarrollar y que por ello, tendemos a desear lo imposible de un mundo que se nos escapa de la mundanidad finita.
Ningún ejemplo será tan explícito cuando afirmamos que estamos realizando algo que lo hacemos porque nos interesa el otro, el colectivo o lo público. Nada es menos real que expresar que hacemos algo que nos impulsa por lo que nos excede, por lo que nos es ajeno, lo que no nos pertenece. En todo caso, o en el mejor de los casos, lo hacemos, porque tememos a eso que se nos presenta como extraño y por tanto, pretendemos tutelarlo o maniobrarlo, desde la bondad, que no deja de ser el engaño, de que estamos interesados en tener el control de manejar, lo otro, por temor a ser manejados o tutelados por eso mismo que desconocemos.
Es muy difícil el reconocer esto, el ponerlo en palabras, difundirlo y actuar en consecuencia. La palabra, ni bien expresa, ya construye literaturidad, es su verdadera razón de ser. La semántica no pretende tener ningún valor de verdad, sino solamente de señalamiento. La nominalidad no busca discernir, sino simplemente caracterizar. La verdad, a decir de I. Bergman es sólo la pasión de los mentirosos, es un canal de ida en la que la salida se corresponde con el mismo ticket de entrada.
Tal como indica la teoría psicoanalítica, el inconsciente, estructurado como un lenguaje, nos manifestaría sus posiciones por intermedio de lo sabido; sueños, chistes y lo decodificable, analista mediante.
Sin embargo, es necesario, como imprescindible que en todo lo que creemos o definimos como asuntos públicos, a través de lo que comunican los medios de prensa, podamos socializar este principio que podría sintetizarse como; Nadie que nos prometa lo mejor para todos, está en su búsqueda o tiene tal intención.
En el oxímoron de la definición democrática, su imposible es lo perverso. Nadie quiere ser gobernado por el pueblo, dado que este o es el otro, o en su significante extenso, no es nadie.
Más allá de lo que podamos querer para cada uno de nosotros, muy difícilmente, queramos para organizarnos social o políticamente, ser gobernado por un otro o por nadie en el engaño del todos o del pueblo. Esto es lo que nos promete lo democrático, lo que inercialmente, aceptamos como un supuesto deseo colectivo, que no es tal, ni por asomo.
Sería interesante que manifestemos lo que deseamos, mediante los canales que vayamos encontrando y que se correspondan con lo eso que pretendamos.
Los poderes del estado, constituidos, instaurados y legitimados, por la prensa que únicamente se encarga en sostener tal régimen, tal status quo, jamás dirá que es lo que pretendemos o deseamos, por ello, los medios de  comunicación, solo expresan lo expresable, no solamente porque están codificados como una tabla en donde se manifiestan mediante el lenguaje socialmente aceptable.
Es decir, sí tuviésemos un canal de noticias, un  periódico o una radio, en donde sólo se brindaran todas y cada una de las informaciones que tengan que ver con lo público y no desde donde emanan o sale esos supuestos manifiestos (el poder político, el poder institucional, el poder académico, el poder religioso, el poder económico y todo poder  que oblitera lo que enuncia se encargará el trabajar u ocuparse de los demás) podríamos dar por sentado, que a la humanidad le interesa algo que tiene que ver con su propio género y que exceda la individualidad del que está pensando, enunciando o comunicando.
Desear, expresar y manifestar, podrían ser sinónimos o significar aspectos semejantes, esto no sólo es prueba fehaciente de los límites del lenguaje y por ende de nuestros propios límites, sino por sobre todo, que nada que tenga que ver con el todos, de lo colectivo, de eso que la política nos presenta como democrático, saldrá de algo que no tenga que ver con un aspecto personalísimo de cada uno de los existentes, que apenas nos diferenciamos de los que nos rodean, por atravesar cosas semejantes o iguales en un fractal de espacio-tiempo, distinto o diferente.
Esto es todo nuestro fenómeno humano, al resto lo dimos en llamar literatura y es lo que nos solapa, narcotiza y adormece, haciéndonos creer que estamos encaminados por un deseo o sueño, del que más nos alejamos a medida que creemos alcanzarlo o asirlo.
La sexualidad es el correlato del pliegue en donde creemos estar actuando por otra cosa que no es más que lo instintivo de continuar, pese a que no nos preguntemos o preguntándonos, más allá de las respuestas que podamos encontrar, sí es que vale la pena la experiencia humana. La sexualidad, en última instancia es el consuelo de nuestras carencias, las irredentas  respuestas que no refieren a lo que nos preguntamos o lo que podríamos pretender ser mediante esas preguntas que tal vez no se correspondan ni con nuestros miedos ni con los medios que tengamos como para hacerlos visibles.
Tener sexo es como ir a votar, en el mejor de los casos, no sabemos muy bien porque lo hacemos, que nos impulsa a ello, pero nos gusta, nos debilita, fortaleciéndonos, nos engrandece en la medida que nos empantana.
No nos interpelamos en nuestra sexualidad, en preguntarnos en que buscamos al perpetrar la continuidad de la especie, bajo el argumento no expresado de que alguna vez lo haremos mejor, tal como cuando votamos o cuando nos organizamos políticamente, siempre esperanzados por un deseo que no sabemos sí es tal.
Conviene que busquemos, bajo esas otras lógicas, que es lo que queremos, sí es que queremos algo y si podemos plantearnos esto mismo, bajo estos términos. De lo contrario, seguiremos haciendo lo que hasta ahora, que no es más que lo igual, o variaciones muy escasas de un modelo que aburre, cuando no oprime, otras posibilidades de ser, que tal vez, se animen a ir más allá del límite, de lo pensado o de lo deseado.






martes, 31 de julio de 2018

La indiferencia el arma concedida a los estultos.


Tal como narra magistralmente el danés Andersen (junto a Kierkegaard las celebridades del país desde donde la empresa Lego señorea al menos en occidente, a nivel de juguetes creativos) en uno de sus tantos,  celebrados cuentos, en este caso en el “nuevo traje del emperador”, la trama se consolida mediante el temor que profieren los incapaces,  que afectados por la inseguridad de sus límites que no reconocen, negando tales limitaciones, se enredan en las ilusiones y mentiras de otros, que a sabiendas de la impostura de estos, fabrican un mundo ficticio, en donde los estultos se creen sabios y termina todo como en el cuento, saliendo un rey desnudo a un acto público, creyendo que va con las mejores ropas, aplaudido por una cohorte de lisonjeros y lamebotas que a final del día, siquiera perciben que lo más virtuoso que poseen es tal capacidad de genuflexión y de concesiones laudatorias, para con sus reyes o amos absolutos. Esto no sería novedad, es decir no estamos, hasta ahora, agregando nada que no haya expresado, con mayor calidad, dinámica y poder de encantamiento, siglos atrás, Andersen.
La pena, irredenta, que les cabe a estos señores grises, estos don nadie, que teniendo la posibilidad de conseguirse un nombre y apellido, o dejar sus propias huellas en el sendero de la humanidad, la obturan por la supuesta seguridad o confort que les pueda llegar a dar (sensación ilusoria, además) un par de mendrugos que les sobran al amo-patrón del  que dependen en grado sumo y por el cual se aniquilan la posibilidad de ser, es precisamente esta, la de no llegar nunca a terminar de constituirse como entidades en el plano humano.
Ser indiferente es negar al otro. En la trama, compleja de la otredad, el camino más cruento es el de precisamente, censurarle la existencia, a ese que no es uno y que no se le reconoce. Para que un ser humano llegue a este extremo de agresividad, precisamente, es porque no alcanzo nunca en verdad la condición de sujeto, no tuvo la posibilidad de sentirse en plenitud consigo mismo y por ende, irradiar su humanidad o emprender la aventura de ser en sentido pleno. Ante la carencia, reacciona, con iracundia, con violencia, destilando lo peor que le han dado, que es ni más ni menos un ser mutilado, que preso de la incompletud, regurgita, el veneno que le hubieron de inocular, imposibilitándole como ser humano y vomitando, agresión mediante, la falta, lo ausente que enmarca la dimensión sideral de tal carencia.
No pasa porque el amo sometedor, juegue al esclavo cómo en la canción de la mítica banda de rock “Patricio rey y los redonditos de ricota”, dado que obrando de esta manera, existe conciencia y perversidad al esconderse en el antagonista, en reconocerlo a ese otro, desde la rivalidad de supuestamente representar, o tutelar también sus intereses.
En la indiferencia, el patronímico primigenio que coarta la libertad humana en nombre de garantizarla, despliega a millares de centuriones que van por el cometido de negar la existencia de quiénes osen pensar, cuestionar las cosas dadas o simplemente preguntar sin pedir permisos o concesiones.
El orden establecido que se sostiene en la pobreza conceptual de cada uno de sus integrantes que no se plantean el vivenciar la experiencia plena de la humanidad, riega cual vergel destinado al ocio distractivo a la jauría de cancerberos, que privados de la posibilidad de advertir la presencia de los otros, en lo único que ratifican su existencia es en su presencia tenebrosa, rendidos a los pies de quiénes los ponen en funciones y les insuflan su razón de ser.
Son los cortesanos de aquel Rey descripto por Andersen, quiénes habiendo perdido la posibilidad de construirse una identidad, a cambio de rasgar las vestiduras oficiales, tienen como objetivo no advertir la presencia de esos otros, que preguntan, pensando la verdadera razón de un ser humano en la tierra, más allá de las funciones que pueda, quiera o pretenda ejercer en el mientras tanto.
Sí existiese algún tipo de continuidad para el cuento del danés, suponiendo que pensó en que su público lector, infantil, pasase al mundo adulto, sin que esto signifique nada más que otro estadio, podríamos arriesgar que el rey, no se da cuenta que va desnudo, sino en todo caso, que todos, el resto, están desnudos y por ende, posiblemente, tal vez él.
El mejor combustible, dinamizador de la experiencia repetitiva y maquinal que practican los centuriones, desangelados y coartados en su posibilidad de ser, es el que obtienen mediante el poder, fáctico, concreto, real, de suponer que están tomando decisiones y que con tales discrecionalidades le modifican la vida a todos los que a ellos se les antoje, salvo a los que cuestionan tal supuesto poder o posibilidad, a estos lo destierran, tratándolos con indiferencia.
Cada vez, cada instancia en cada oportunidad, en que uno de estos centuriones, que estos lisonjeros del incuestionado poder, en el que reposan sus supuestas seguridades, no otorgan una firma, un derecho, un recurso, una posibilidad, a alguien que con su simple proceder u obrar, es decir con el sencillo vivir, demuestran que puede existir otra manera de ser en el mundo, temen el realizar tal cometido, para no verse desnudos, desolados y descarnados con sus propias pieles, con sus órganos, con sus genitales al viento, de los que tampoco deben estar ni conformes ni seguros, porque carecen, de valor, para tomar del destino de sus propias demostrar, y con ello, experimentar con profundidad lo que ofrece la condición humana.

   

jueves, 5 de julio de 2018

La tiranía del número o el síntoma de nuestro vacilar.



A diferencia del concepto, la cifra es indiscutible, inescrutable, inexpugnable, inapelable,  incuestionable y podríamos arriesgar, inhumana. En verdad es producto de lo humano, una suerte de reverberación, de herramienta o instrumental, que terminó, o termina,  obliterando, ocluyendo nuestras posibilidades más acabadas de entendimiento y por ende de traducibilidad (en la paradoja de haber sido alumbrado para lo contrario). Es decir, sabemos el precio de las cosas, más no así su valor, nos desesperamos por los índices macro como micro económicos, o por los indicadores numéricos que reflejarían nuestra salubridad o de que enfermedad estamos escapando, pero no cómo nos sentimos o que nos podría hacer más feliz. Creemos ser democráticos, por participar, como número, optando entre los que se nos ofrecen y obedeciendo a quién prevaleció por otro número que dictaminará su sentencia, que le pone cifra al pacto social, que se transforma en tal instancia, en una cuenta numérica.  Como sucede con los escritores, que caen en la tiranía, pese a creer habitar en el concepto. Los que se definen por la cantidad de libros que escribieron, editaron o vendieron, por la cantidad de lectores, de público que concitan sus acciones intelectuales o tertulias, convirtiéndose estos, en los tránsfugas de aquella causa, que dicen abrazar o encabezar, la del hombre como ser indiscernible de su posibilidad de pensar, como de expresar o exteriorizar estos pensamientos. Tal como la del banco, esa que nos dice, cuánto tenemos, cuantos autos, o de que año, podemos acceder, cuantos kilómetros más lejos podemos transitar, cuantas casas, terrenos, bienes muebles o inmuebles podemos ostentar, mediante ese número, que borra, acaso, lo conceptual y por ende lo más importante, nuestra noción auténtica de lo humano, como lo que no puede ser definido, ni absolutizado por un producto de nuestros propios temores, como lo es el número; un mero síntoma de nuestras vacilaciones.
En términos psicoanalíticos, o en su codificación, en su estructuración, el número es un síntoma. Para Lacan, los síntomas eran efectos del lenguaje, podríamos ajustar la significación y redefinirlo como defectos del lenguaje, es decir, lo ausente del mismo, es decir, el número. Siguiendo con lo propuesto por el autor francés, el síntoma es una manera que encuentra el sujeto de gozar. Gozar  que no es placer, sino una satisfacción paradójica que implica a las pulsiones parciales y conlleva a la vez sufrimiento.
Esto es lo que hacemos sistemáticamente, con respecto al síntoma número y sin darnos cuenta. Nos blindamos en el mismo, nos replegamos en su amparo que nos refiere a su noción de útero, que nos seduce, maternalmente, a los efectos de que no salgamos en nuestra búsqueda de realización humana. Obliterados, sujetos, atados umbilicalmente, nos privamos del placer que nos daría una humanidad realizada, por la intermediación o interdicción de ese goce, que no es más que la traducción imposible del número, que nunca nos terminará dando, aquello que buscamos que nos complete. El asirnos en la destemplanza de lo incierto, como imposibilidad, nos impele al accionar, dramático o sintomático de pretender, el imposible, de traducirnos, mediante la cifra cosificada, caemos en el reinado del goce, que nos hunde cada vez más al hacernos creer que con ello nos  estamos aferrando a algo, o construyendo una salida, un éxito (aprovechando el concepto en el inglés de exit).
El número funge síntoma e interactúa a nivel sistémico, transformando el proceso, colectivo, es decir económico, en depresivo.
La depresión económica, que se manifiesta en los índices de pobreza, de marginalidad, los desajustes financieros, como inflación, recesión, burbujas o bicicletas financieras, no son más que la depresión en sí misma, que cómo síntoma, está indicando el número,  o mejor dicho su tiranía, su accionar tiránico tal como en la lógica del amo, nos ponemos bajo él, en condición de esclavos, privándonos de nuestra posibilidad de conquista de ser por nosotros mismos, de realizarnos desde y para nuestra hábitat natural, que es el concepto, el logos, la palabra.
Quién pretendiera absolutizar el accionar filosófico, determinó que el vacilar de las cosas no es más que la revolución. Que vacilemos es señal, como síntoma, que estamos enfermos, en la paradoja que sólo los cuerpos vivos, enferman.
El número nunca cierra, nunca puede terminar de ser real. El número es lo más alocado, y poético, en el sentido peyorativo que se le da al término (sobre todo por parte de quiénes tienen todo, lo material, y muy pocas posibilidades o deseos de pensar o poetizar, que es lo mismo) que pudimos haber inventado.
El número es la muestra cabal de nuestras debilidades, de nuestros trémulos temores, de nuestra perfidia y por sobre todo, de nuestra insignificancia.