Podría constituirse en la prueba
irrefutable que de la democracia lo único que realmente les importa es su
semántica. El simbolismo, marcado a fuego, el totemismo que lo democrático, es
la última playa en donde desembarca la razonabilidad humana. Una suerte de epifenómeno,
que demostraría que existe un avance cierto e indiscutible de lo humano. La
justificación de nuestras existencias errabundas, del arrojo sin ton ni son al
que hemos sido sometidos, y que por no tolerar tal orfandad, creamos a partir
de esta sublimación de lo negativo, el sentido, en política, la
complementariedad, de que prevalecimos por sobre poderes dinásticos,
eclesiásticos y militaristas. Somos derechos y humanos, porque nos decimos democráticos.
En la reverberación de la semántica (de aquí que en los últimos tiempos lo
democrático se juega en los medios de comunicación, porque sólo es un reflejo
de una idea, de un concepto, cuya traducibilidad es un imposible) más allá de
que seamos obligados, invitados, condicionados, a optar, nunca a elegir (sí así
fuera deberían aceptarse las candidaturas más allá de lo partidocrático, o que
el azar elija una cámara de representantes en donde todos tengan, realmente,
las mismas posibilidades de ser electos) en un acuerdo tácito con la dirigencia
que se nos ha instituido como el padre regulador, normativo, el amo disciplinante,
nos prometen, consabidamente todo aquello que no nos van a cumplir, pero no lo
peor, lo más significativo, o lo más evidente de ante quiénes estamos, es que
no nos dicen, con quienes nos van a gobernar, bajo que parámetros, metodologías
elegirán a sus equipos técnicos, a sus grupos de colaboradores, o como quieran
llamar a sus asesores, colaboradores o quiénes sean que les ayuden en la tarea
para lo que propusieron. La firma de tal cheque en blanco, para que a partir de
la ratificatoria de mayoría, hagan y deshagan a sus respectivos antojos, se
avala, se respalda, cuando, en la previa electoral, desarrollan todo tipo de
promesas, para los diferentes segmentos en los que se divide una comunidad y
arman y desarman, proyectos para cada compartimento, con la misma facilidad,
que los niños construyen y destruyen castillos de arena.
Les debería dar vergüenza. Hacer campaña mostrándose como si fuesen
hijos dilectos, de amos celestiales, que a ojo de buen cubero, solucionaran por
inspiración mística, todos y cada uno de los problemas que se les puede
presentar a una comunidad dada. Este abuso de los tipos de liderazgo
Weberianos, se exacerba ante el carismático, que es hiperbolizado por una
maquinaria pseudo profesional de consultores y marketineros, que a cada
situación social o política, le encuentran su definición para Twitter. En
ciento cuarenta caracteres el hambre de un niño, la falta de trabajo de un
adulto, o las posibilidades de producción mediante un me gusta en Facebook o
una foto en Instagram se resuelven, fatídicamente, claro está. “Cuando
Lacan en Vincennes habla de producir vergüenza no propone generar culpa ni
fijar al sujeto a significantes amo; se trata, por el contrario, de que cada
uno se anoticie del goce que está implicado en el uso que hace de los
significantes que privilegia en su existencia. Es en esos significantes donde
el sujeto encontrará su verdadera nobleza”. (Ortiz Zavalla, G. “Malestares
actuales”. Aperiódico Psicoanalítico. Número 29).
El goce que deberíamos propiciar,
es el de que podamos elegir, no al intendente, al jefe comunal, al alcalde, al gobernador,
al presidente, al primer ministro, o la definición semántica que posea el
político, ofrecido a ser ratificado por la mayoría. Esto es el engaño, desde
donde nacen truncas nuestras esperanzas de una democracia que tenga que ver,
con que los asuntos del estado se entrecrucen con las cuestiones que nos
suceden. Estas personas, los candidatos, ya están elegidas, y no debemos dar
importancia que así sea. Claro que tampoco tenemos que creer que las elegimos,
como algunos nos pretenden seguir haciendo creer, como si además esto fuese
positivo. Ya lo deberíamos saber, y de allí que tendrían que tener vergüenza y
nosotros hacérselas sentir. No pueden gobernar para repartir objetos, o para
implementar programas preestablecidos. Lo establece muy acertadamente el
siguiente autor Panameño, a quién citamos para quitarnos el eje de
monopolizadores de la palabra, y como muestra de que en cualquier parte del
globo (el democrático occidental) nos sucede lo mismo: “A los y las gobernantes
que les hemos delegado la gobernanza, son los que nos representan en los
diferentes espacios públicos: nacionales e internacionales. En las últimas
décadas hemos presenciado cómo ni tan siquiera nos pueden representar
dignamente. El problema va más allá del moralismo de denunciar el buen o mal
comportamiento de determinados funcionarios y funcionarias. El problema está en
que nuestra “clase política” entró en una crisis irreversible de legitimidad. Aun
así, en esas circunstancias, un alto porcentaje del populus, en particular al
grupo más alienado, quiere ser como esa “clase política”, que está compuesta
por varios sectores muy heterogéneos, por un lado lo que voy a llamar la
“lumpenyeyesada” que es un elemento importante de esa “clase política” que no
tienen cultura ni conciencia política, pero son un ejemplo fetichizado para
amplios sectores del populus, así por muy banal que sea su gestión, tendrán un
espacio en la “clase política”, a razón de que tienen un arrastre electoral
alto, además tienen puestos públicos de relevancia por las mismas razones. Otro
sector de ésta “clase política” son lo que Marcos Roitman llamaría “operadores
sistémicos,” son aquellos que no necesariamente son un ejemplo fetichizado,
pero que en buen panameño resuelven, habitualmente son los que usan el
clientelismo como elemento cohesionador; son flexibles: por eso cambian de
partido fácilmente o de estatus de independientes a partidarios en un abrir y
cerrar de ojos, pero además, y más importante, son funcionales a los intereses
de la élite dirigente plutocrática, siempre y cuando estén garantizados sus
intereses. Por lo tanto, se requiere – y quizás por las fuerzas de las
circunstancias acontezca – el surgimiento de nuevos líderes y lideresas
políticas honestas, y un pueblo empoderado capaz de participar políticamente,
que se enganchen con sus necesidades objetivas y materiales, en un medio en
donde nuestra “clase política” cava su propia tumba. (Rodríguez Reyes, A.
Debacle de la clase política Panameña).
La tumba señalada por el autor,
es para nosotros la pérdida del poder o la muerte civil por parte de estos actores,
que continúan ratificando, con estas actitudes, que no están pensando, sintiendo
o viviendo una experiencia democrática, sino totalitaria, o sujeta a una dialéctica
de amo y esclavo, de la cual no pretenden, ni para los otros, ni para sí, otros
estadios que no sean estos, nefastos para una experiencia de libertad.
La muerte civil es en verdad una
ficción jurídica, ha sido en algún tiempo de la historia, una especie de
penalidad extrema que simulaba una especie de esclavitud moderna o al menos no
tan antigua. Nunca se llegó a implementar en forma sostenida, pero asoma, cada
tanto y por sobre todo en culturas feudales, como una suerte de acechanza para
los que creen en el temor reverencial (los que se resguardan en posiciones de
poder o ventajosas sobre otros, para esquilmarlos en sus capacidades, bienes o
energías, abusivos que incluso transgreden la lógica filiar y se aprovechan de
sus vástagos o familiares) de que el poder, que alcanzaron o que poseen, se le
discurrirá de las manos, producto de la puja que llaman democrática, pero que
es en verdad un mero juego estadístico, para ver quiénes reparten mejor la
bolsita de mercadería, la dádiva, la prebenda, para los más necesitados, y las
expectativas para los que logran tener algo en el buche, en la panza, en el
estómago y quieren no cambiar nada, sino
se ellos quiénes también estén en la cúspide de la pirámide. El problema es que
hacemos, con las piltrafas humanas que quedan desbastadas, destruidas, a merced
de la muerte civil, que es ni más ni menos que el acabose existencial más no
así la extinción física. El vagabundeo, errabundo, por parte de los que se
creían actores indispensables e insustituibles de la cosa pública, instados a
ubicarse en tiempo y espacio de lo que son y han sido es el fiel reflejo del
lugar que verdaderamente ocuparon para los otros.
Estos sujetos deberían constituir
una suerte de Sanedrín, consejo de ancianos o Senado Vitalicio, que guarde sólo
para ellos, en tal ficción de la que nunca podrán salir sí es que no demuestran
por motus propio voluntad para ello, este enmascaramiento de la fábula de la
campaña permanente, de que solucionarán todo y cada uno de los problemas de los
ciudadanos, que supuestamente dependerán de lo que hagan o dejen de hacer. Más
allá de lo presupuestario, el sostener esta suerte de Panóptico de Bentham,
donde nosotros, los que pretendamos una experiencia de gobierno, con más
semejanzas a una democracia o como se la quiera llamar, podamos ver en tal
edificio transparente, a estos políticos
en el delirio extremo de sus propuestas, de sus poses, de sus postureos, de sus
mentiras inacabas e incomprensibles. Esta suerte de observador nos dará la
posibilidad de saber que es a lo que podemos aspirar y que es lo hemos venido
padeciendo.
La puerta de ingreso a tal lugar,
el franqueo, el límite, para habitar uno u otro lugar es muy básico y sencillo.
Pídale a su político que le hable de democracia, que le diga cómo cree que se
encuentra, en caso de que así lo entienda, como la mejorara, como la hará más
democrática. Un político que quiera hablarle de otra cosa, de acciones, de
propuestas, de proyectos, de cosas concretas, no es un político, será cualquier
otra cosa (podría ser desde un autómata hasta un charlatán, pero
caracterizarlos es lo de menos) menos un político.
Un político que no hable de
democracia, debería estar muerto democráticamente, debería estar confinado en
el panóptico señalado, para que cada tanto, cuando tengamos tentaciones
antidemocráticas, miremos tal lugar y observemos la anti humanidad y la anti
política en grado sumo.
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