domingo, 5 de mayo de 2019

El voto debe ser arancelado para contar con una financiación transparente de la política.




La única razón por la cual no se transparenta, la financiación y por ende los gastos y costos que insumen las campañas electorales, es que el votar posee en lo declarativo una gratuidad, que en verdad si quiera es tal. No existe un cobro, ni real ni manifiesto, pero sí existe una suerte de préstamo, al ciudadano, a los que se nos dicen que votaremos gratuitamente, se nos cobra luego, con intereses leoninos y con creces, en la amplia facultad, moral como también normativa, con la que “administran” nuestros recursos a los que entronizamos en el poder para ello. Nos cobran, no haciendo nada, haciendo poco, o haciendo mucho para unos pocos (dentro de los cuáles están ellos mismos, como sus familiares y amigos) en detrimento de los más, a los que previamente nos compraron con la gran conquista humanitaria, republicana y democrática, de la farsa del voto gratuito.
Una vez entendida esta perversidad mordaz en la que nos hacen creer (recordemos que el poder es más brutal e intenso en la medida que menos nos damos cuenta que opera sobre nosotros) y en el convencimiento pleno que en las comunidades organizadas en la que devenimos como producto del actual fenómeno humano, nada es gratuito en el momento mismo que nos traducimos, que nos intercambiamos, que nos replicamos de individualidad al constructo colectivo del que somos, como sociedad a la que pertenecemos o nos gustaría pertenecer, podremos avanzar en el segundo paso de proponer la instauración del arancelamiento del voto, a los efectos de contar con una dinámica de la política más honesta y transparente.
Para dar este segundo paso, nos topamos con uno de los grandes inconvenientes de nuestros tiempos actuales. A contrario sensu de lo que se puede creer, comunicar una idea, un pensamiento es cada vez más complejo, una suerte de quijotada en tiempos en donde se mediatiza, en un tráfico esperpéntico, a la velocidad de la luz, imágenes y frases hechas o acartonadas, que precisamente buscan la “comunicación chatarra” la oclusión del pensamiento y con ello la conversión del ser humano en una suerte de ser maquinal, que obedezca, replicando y multiplicando las indicaciones que le llegan desde un lugar que ni siquiera se pregunta, ni desea saber, cuál es o que intenciones tiene.
Un texto largo para el común de los mortales es una afrenta, un escarnio, un condenarse a pasar desapercibido, ganarse la caracterización, en el mejor de los casos, de persona aburrida o apartada de los fenómenos actuales. Una suerte de autista social es quién escribe, proponiendo una idea de política, más de cuatro párrafos, contando para ello, tal humanidad robotizada con la complicidad de los supuestos intelectuales y eruditos, los académicos de postureo, que encerrados en sus formalidades para publicar textos, se cierran en sus absurdas, arbitrarias e insolentes posiciones endogámicas, para publicarse entre sí, largas y aquilatadas citas textuales que no expresan más que la comprobación de que han leído y siguen leyendo, sin poder pensar en ninguna de las líneas de las que consumen, erigiéndose en las máquinas bestiales, de reproducción automática, sin posibilidad de pensamiento, con la cucarda en el pecho, o con el número de la revista científica, indexada por centros y usinas, en donde cada vez son menos, teniendo como requisito, además de cumplir a rajatabla las exigencias formales, no tener o en caso de tener, suprimir la posibilidad de pensamiento.
El voto debe ser cobrado, mediante una suerte de impuesto o carga única, que podrá ser abonada en forma dineraria y para los que elijan otra manera, otra forma (es decir no se impondrá desde el estado quiénes deberán pagar y quiénes no, sino que se ofrecerá la posibilidad) será dedicando tiempo y esfuerzo para la dinámica electoral, para la difusión de ideas de quiénes se postulan, como para la organización y control de la jornada electoral. Lo recaudado en contante  y sonante, se dedicará a los fines electorales, generando con esta conceptualización, inversa o invertida, de la que contamos en la actualidad, no sólo que la dinámica de la política sea más transparente y su financiación más clara, sino que se colaboraría con de-construir la cultura de la político, que nos hemos forjado como una suerte de actividad rentada, en donde el acceso de los beneficios de la misma es para unas pocos privilegiados, en detrimento de los más que por no tener, no contar, con el dinero o con la posibilidad de saber o de invertir su tiempo, caen en la trampa de la gratuidad, que como vimos nunca es tal, sino que es la nueva máscara en la que se trasviste la esclavitud y el sojuzgamiento de los que tienen por sobre los que no.
 La tesis por tanto sería, que sí queremos no sólo financiación transparente de la política, sino libertad de los votantes, el voto debe ser rentado, sí el sistema, nos guste o no, lo único que propone es el intercambio y sus lógicas de sumas y restas numerarias, no tiene sentido que nos quieran seguir “vendiendo” que algo es gratuito, cuando en verdad nos lo están cobrando con creces y por varias veces su valor real, haciendo que perdamos nuestra libertad por esa falsa y mentirosa gratuidad.

Por Francisco Tomás González Cabañas.




miércoles, 27 de febrero de 2019

El “pase” democrático.



De acuerdo a la escuela de orientación lacaniana (EOL) en Argentina:  “El pase es un dispositivo inventado por Lacan que se ocupa de investigar qué es el fin de análisis. Esta investigación se realiza a partir de los testimonios de los analistas que están decididos a transmitir aquello que el psicoanálisis les ha producido como cambio en la vida misma, es decir, lo concerniente a lo que queda como saber por un lado, y aquello que se va a ubicar como lo que no interroga más al sujeto”.  La escuela lacaniana de psicoanálisis (ELP) de España, define al pase de la siguiente manera: “el punto crucial del dispositivo del pase, es el paso que va de la posición de psicoanalizante a la de psicoanalista. Dicho de otro modo, se trata de saber qué lleva a alguien a hacer el trayecto que va del diván –donde dio curso libre a sus asociaciones– al sillón, donde se hará el destinatario de las demandas surgidas del malestar de un psicoanalizante. Puesto que no hay un título oficial de psicoanalista, ese paso depende de una decisión”.
La necesidad de que la ciudadanía, realice el pase, es decir el paso, de meros y simples representados, gobernados por la fría letra o disposición de una normativa, legal y supuestamente legítima, a un estadio, en donde pueda no gobernarse a sí misma (dado que sería un real-imposible) sino que dotar de sentido, a la representación y a las facultades que con ella cede, democrática, es ejerciendo el dispositivo del pase, referenciado en el creado por Lacan para el psicoanálisis, pero que nosotros los pretendemos instituir en lo democrático.
Salir de la mera condición de votantes, es el primer paso, la primera acción indubitable que una sociedad que se pretenda democrática, debe realizar para demostrarse a sí misma, que está decidida a llevar a cabo el pase democrático, que valga la redundancia democratizará a la comunidad toda.
Sí para salir del goce, nefasto y repetitivo, de lo electoral, puro, duro y absoluto, se deben prorrogar elecciones, no debiera existir problema alguno con ello. Sin embargo desde lo teorético, se recomienda como camino, salir de lo meramente electoral, por intermedio de caminos tácticos como optimizar el sentido de una elección, que nunca es tal en verdad, sino que siempre es un optar condicionado. La elección, tal como se define lo electoral y lo basal de lo democrático, debe pasar a ser, la opción electoral, que es en verdad el término que debiera definir, el comportamiento que tendríamos que asumir ante como constituir los poderes ejecutivos.
Dado que siempre, alguien está, se encuentra en el poder, y por disposición lógica, querrar, seguir, cotinuar, ad infinitum, por la misma persona, por otra, mediante el partido, la ideología o la doctrina, la opción electoral, debe brindar, contundente y manifiestamente, esta posición al ciudadano. Que elija en primera instancia, y como condición sine qua non, sí pretende o no,  que el oficialismo al mando, continúe en el gobierno del ejecutivo en cuestión. Ninguna aldea que se precie de democrática, podrá anteponer la galimatías de la libertad política o lo que fuera, para imponer la trampa, de que supuestamente se puede elegir a quién uno desee para que nos gobierne. El poder no sólo que tiene sus límites, sino más que nada, que los define, los impone, los determina. El poder, solamente podrá ser dimensionado, más justamente, sí es que lo reconocemos en su  fiereza y brutalidad. Nada más democrático que el ciudadano de cualquier sitio, antes que nada, vote, por sí o por no en la continuidad de quiénes lo gobiernan. Sí la mayoría se expresa por un una continuidad, el dilema se habrá resuelto, más que democráticamente, caso contrario, se arbitrara, solo en tal caso, una segunda elección, en donde ya no participará el oficialismo ni en la persona que antes se propuso, ni en el partido. En ese segundo movimiento, el ciudadano, deberá optar, entre los opositores, a través del sistema electoral que cada distrito lo determine, respetando la no participación del oficialismo perdidoso en esta segunda instancia.
Para la constitución del poder legislativo, se propone en este cartel de pase, siguiendo la referencia del pase lacaniano, la conformación de los votos “anticipado y compensatorio”, que determinan, aspectos que no orbitan en la actualidad y que consideramos esenciales para una realidad democrática, en donde el ciudadano vea implementado esto mismo como valor político en su vida cotidiana. El voto anticipado es un desarrollo teórico que hemos brindado en su oportunidad, destinado a quebrar la línea de tiempo ortodoxa entre el representante y el representado. Es decir, mediante este ariete, el votante, podrá mucho tiempo antes, otorgarle su apoyo político, la suscripción del acuerdo de cederle su poder real, a quién lo representará. No debe ser solamente, menos en tiempos en donde nos podemos organizar tecnológicamente más eficientemente, a través de la vieja usanza de emitir el sufragio en un día y hora determinado por el poder electoral o electoralista. Todos aquellos que por las razones que fueran, quieran demostrar su apoyo, el ceder su representación y la facultad de legislar, a los que se postulen, lo podrán  hacer en el momento que deseen y este apoyo (es decir el voto matemático) será computado en el momento sí, acabo y expreso de lo electoral (el día de la elección) esto no variará, pero lo otro sí. El ciudadano, que así lo desee, podrá votar en el momento que quiera y su voto, su cesión de representación y de facultad legislativa, se c0mputará en el tiempo determinado  y clásico de la elección o de lo electoral. Que el tiempo, pueda ser jugado a favor para la perspectiva del ciudadano, es sin dudad un pase democrático en la noción de la representatividad de la política. El voto compensatorio, también funge como cartel de pase, dado que habilitará a los que menos posibilidades tengan (económicas y de vida) a ser compensados en la arena política, en donde las decisiones de toda naturaleza se llevan a cabo, sin pruritos y como prioridad. Es decir, el pobre, el marginal, una vez compensado por el estado, por el poder constituido, haciendo que el voto de aquel valga el triple o el cuádruple de alguien que no es pobre o no está en tal condición, hará que al habérsele empoderado, no tenga que reclamar que se lo saque de tal condición. Es decir sí el pobre sigue siendo pobre, pese a que su voto valga (está es la noción del voto compensatorio) cuatro veces el voto de uno que no es pobre, el problema de la pobreza, ya pasará a ser más individual que colectivo, más económico que político y el estado y el poder, constituido e instituido, tendrán mucho menos que ver con ello, o al menos ya habrán hecho, no sabemos sí lo suficiente, pero sí significativamente más, de lo que hoy se hace, sin la existencia del voto compensatorio o de esta alternativa como pase de lo democrático.
Finalmente, el tercer paso, del pase que proponemos, es que el ciudadano asuma que no podrá tener nunca un poder judicial, ni independiente del poder político, ni mucho menos democrático. Se debiera poner en suspenso, en epojé husserliana, todas y cada una de las llamadas causas políticas, a iniciarse o a resolverse, como mínimo tres meses antes cada elección, a los efectos de desinflamar la perspectiva de criminalización política que siempre termina insuflando el sistema mismo para sí, bajo la argucia, o el fantasma institucional de que pretende algún tipo o de grado de justicia, cuando en verdad lo único que realiza es una operación política para una determinada facción partidaria o partidocrática en perjuicio de otra.
Este poder debe salir del encierro, pase mediante del ciudadano al que lo sometieron los especialistas en derecho, que como todos los especialistas a lo sumo debieran estar en los claustros, cerrados, pero en forma, testimonial en la institución de todo un poder, que termina por ocluirse en su posibilidad de brindar un servicio esencial, ante el desaguisado que actualmente propone, de marchas y contramarchas, de escritos y solicitudes, mayoría de la cuáles, el tiempo las fustiga al brindarles la indiferencia de su olvido.  Tal vez la mejor manera, de resolver la cuestión de la parcialidad de la justicia y de la independencia del poder político, es que la conformen principalmente, los que pierdan (o los segundos inmediatos en una elección o de haber acumulado cantidad de votos en segundo orden de prelación) la elección (que esperemos se llame opción electoral más luego) a un ejecutivo y que de tal manera, también tenga un circuito de periodicidad que hoy carece, en nombre (como el nombre del padre analítico)de esa democracia, que como creemos, sin esta serie de pases, sólo la tendremos, como la tenemos, únicamente nominalmente, de traducción y correspondencia irreal o imposible.
    
    




martes, 25 de diciembre de 2018

La necesaria homosexualidad de Jesucristo.


Dejando por sentado que tratamos la figura central  del relato bíblico, desde una perspectiva ajena a la religiosidad, y por ende, dispensándonos de las molestias que pueda causar el desgranar esta suerte de razonamientos y de pensamientos que ponemos en discusión, el planteo es claro, prístino y contundente. La no realización como hombre de Jesús (en el sentido patriarcal que se le otorgaba, o en ciertas latitudes se le sigue otorgando a la concreción de la masculinidad determinada en su razón de ser como progenitor y vinculado indiscerniblemente, mediante la sexualidad, con lo femenino o con féminas) se explica mediante la necesidad, de ese dios, su padre, como él padre, de transmitir una mirada, amplia y larga, del fenómeno humano, del que hasta ahora, la institución iglesia, y el significante religiosidad, prescinde.
Venimos leyendo desde tal oficialidad que Jesús, cumplió sacrificialmente su mandato como hijo, convirtiéndose de esta manera en el alter ego de cada uno de los que tenemos algún tipo de vinculación con el cristianismo, aunque más no fuese, culturalmente. Resulta imposible, no reparar hasta en las referencias políticas o sociales de una figura que multiplica comida y la reparte, que se las toma con quiénes lucran por el lucro mismo y que perdona a quiénes lo traicionan, en nombre de una humanidad, tanto pecadora como redimible, en caso de que sobrevenga el siempre a mano, arrepentimiento.
Se estudia también, trilladamente, al Jesús de los milagros, al que intercedió para sanar estados alterados de conciencia, al misericordioso, al justo, al de las parábolas, al de la resurrección, al tercer día entre los muertos.
En el estudio del Jesús histórico, se ha puesto el eje tanto en el contexto de su llegada, en la Romanidad en la que vivió, que actores secundarios como Poncio Pilatos, no sólo que traspasaron al olvido al que estarían condenados, sin la vinculación con Jesús, que hasta el derecho o el sentido de justicia se estudia desde la arbitraria decisión del romano, dado por ejemplo el texto “¿Qué es justicia?” del artífice del positivismo normativo, Hans Kelsen, quién inicia su libro citado con tal rememoración del momento histórico.
Algo similar ocurre con el Jesús literario, cuando Jorge Luis Borges narra la necesaria e imprescindible traición de Judas, para que el hijo de Dios, termine siendo quién finalmente es.
Cómo expresábamos y es la razón de ser del presente, sin que se pretenda tesis, hipótesis o mucho menos, arriesgada ventura del pensar.
Que Jesús sea presentado, tal como lo fue, sin una relación carnal con mujer alguna, evitando incluso o rehuyendo de la proximidad con la María Magdalena, que oficiaba como la representante de quiénes ofician de acuerdo al axioma “el trabajo más antiguo del mundo”, no es más que la demostración efectiva de la lectura más a mano que tendríamos de la manifestación de un hijo de dios en la tierra que ama a su próximo, a su igual, en una suerte de homosexualidad implícita, velada, sucinta y no tal como se nos impelió a que interpretemos su vida en la tierra como una suerte de apostolado vinculado a lo no humano o a su condición privilegiada en relación a terminar sentado a la derecha del dios padre.
Es decir, tendríamos una humanidad mucho más amplia y dispuesta a la comprensión, sí es que desde la moderna Roma, mediante encíclica próxima podría brindarse este giro hermenéutico. La importancia de contar con un Jesús, que encarará su humanidad desde esta elección, desde esta tendencia, fortalecería el ideario de familia tradicional, la que Jesús no tuvo, no eligió, no escogió, sea por propia decisión o por mandato paternal.
Creer que Jesús, se aprovechó de su condición de hijo de Dios y que por esta facultad privilegiada se mantuvo célibe y transitó sus días en la tierra desde esta posición de santidad, alejada del sentir y del desear humano, es pervertir a Jesús en su  concepto, es invertirlo, darlo vuelta, satanizarlo.
Necesitamos a un Jesús homosexual que brinde, a miles de año de su supuesta existencia real, un nuevo testimonio de que su obrar en la tierra no ha sido en vano, y que milagrosamente renace, en los corazones y en las mentes de quiénes lo interpretan más allá de las rígidas posiciones de las instituciones, que se dicen a su servicio o continuando su causa, pero que muchas veces se terminan pareciendo más, a las que decidieron su tortura, su calvario y su crucifixión algún tiempo atrás, del que parece que seguimos sin trascurrir o atravesar.


viernes, 14 de diciembre de 2018

El poder siempre es abusivo, más allá del género.



La discusión que orbita de un tiempo a esta parte, en ciertas aldeas occidentales, se oculta tras o debajo de la falda, del viejo estereotipo de lo femenino. Entendible y comprensible que así resulte, sin embargo, podríamos ir más allá del fenómeno de lo actual y del trauma  (de la herida) del ayer. Dentro de la pollera del significante mujer, estamos alojados tanto los que  abogamos, o las que abogan, sobre todo, desde una perspectiva de víctimas históricas, por una compensación o igualdad con respecto a lo masculino (muchos de los cuales, nos hemos aprovechado de tal privilegio o al menos no nos lo hemos cuestionado muy seriamente) como así también los que desde el nuevo pliegue de la escenografía del poder, pretenderán, seguir embanderados en el sexismo, cambiando o deconstruyendo la nominalidad del género, para revitalizar la disputa eterna, que se desliza mediante el poder, usando agonalmente a lo femenino contra lo masculino.
Aquí comienza la mezcla y la confusión. Buscadores de justicia, se mimetizan con quiénes sólo pretenden venganza, o en el mejor de los casos, continuar con la disputa real, entre el poder y lo que se revisten en sus pliegues, en sus bordes, ocultándose entre lo femenino y lo masculino, como meras máscaras de una lid que pervive en el  poder en su continúa disputa, de la imposición por la imposición misma, sin que esto pueda ser cuestionado u observado.
Ni lo masculino antes, ni lo femenino ahora, podrán ser constitutivos para un salto de calidad en lo humano, en la medida que no se propongan abordar al poder, pudiendo concebirlo sin su innatismo, abusivo que nos ha dejado y nos sigue dejando perplejos más allá de que vistamos polleras o pantalones, sea porque lo deseamos o porque nos lo impusieron desde un sistema cultural que muy agradablemente se cuestiona, muy a menudo, en sus formas, sus vestimentas, pero no su fondo o sus conceptos.
Los envases en lo que viene el intercambio, no pueden determinar hasta donde llegaremos con él, hasta donde pretendamos llegar. Posiblemente, tales límites, sean el territorio marcado desde el que no podamos salir.
Encerrados en el barrio, de la categoría género, en la manzana, en la circunscripción, de la genitalidad, finalmente perecemos en las cuatro paredes que nos determina en nuestra incapacidad por producir, una emoción que nos desborde de nuestra humanidad apocada, cercada, por lo que portamos para sentir y vivir nuestra experiencia de seres sexuados, limitados en el horizonte de esa complejidad que necesariamente, terminará en batalla, en enfrentamiento, por imponer, lo que se nos ocurra, sin que dejemos de ser unas meras marionetas de las tensiones del poder.
En definitiva terminamos, debajo de la pollera o del pantalón (de acuerdo a quién lo quiera ver y cómo) de la oblicuidad de ese poder, que se balancea y desbalancea, usando nuestros cuerpos y deseos para librar la batalla que pervive más allá de nuestras formas, de nuestras maneras, de nuestros envases, imposibilitándonos, llegar a tal posibilidad de preguntarnos, acerca de qué es lo que necesariamente busca ese poder, o qué buscamos con él, más allá del género en el que hayamos caído, del que nos percibamos o del que deseemos, o como nos llamemos o de quiénes seamos.
La disputa debiera ser con ese poder, con su tensión, con sus fines y determinaciones, sin embargo no nos da, en nuestros cuerpos ni de hombre ni de mujer, para que nos atrevamos a mejorarnos en nuestra condición de humanos.



  




sábado, 1 de diciembre de 2018

El deseo de la (de mí) madre.


Todo sujeto se las tiene que ver, en su complejo de Edipo, con el deseo de la madre, deseo que “siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre.” (Lacan, 1970, p. 118).
Corría el año 1984, a días de cumplir 4 años, aún conservo el siguiente recuerdo traumático: veo muchas piernas, zapatos, que se me cruzan, estoy cansado de caminar, de andar. Tengo sujeta una mano, por otra más grande, que ejerce fuerza hacía mi antebrazo con sus uñas. Cruzamos calles, avenidas, gente y más gente, o piernas y zapatos para mí horizonte visual. Llegamos a un negocio en donde venden tortas o cotillón. Era mi cumpleaños, no recuerdo de querer festejarlo, pero sí recuerdo cabalmente el querer que la torta que estábamos yendo a comprar tenga a los jugadores de Boca Juniors, dado que me reconocía hincha de ese club. Algo pasa, esos jugadores no están. Están los de River Plate, Mamá o el cocodrilo, cierra intempestivamente su boca. No sólo que ella es de Boca, el club, sino que jamás consultó o creyó conveniente que era propicio que me cambiara de club, a su antagónico además para una fiesta de cumpleaños en donde departiría con mis compañeros de colegio.
La foto o imagen que acompaña el texto (sin la cuál no podría entenderse esta verbalización de un trauma) no sólo es contundentemente ratificatoria, sino que además incluye a un actor secundario que está a lado mío. Como se podrá comprobar, las cuatro velas en la torta, son la prueba que cumplía cuatro años. Los jugadores de River Plate son también claramente perceptibles. El niño que está a lado mío, cumplía años el mismo día o uno anterior. Lo recuerdo perfectamente, dado que sí bien la institución educativa a donde me enviaron  mis padres, estaba al mando de los jesuitas, se entronizaba como un sitio de cierto status social (su ubicación geográfica en una de las principales avenidas de una Buenos Aires que despertaba de su pesadilla dictatorial). Al parecer de muy pequeño, se me desarrolló “conciencia de clase”, el niño de a lado, era el hijo del portero o de alguien del servicio de limpieza, si conservo tal recuerdo es porque así nos los hacían sentir. Su torta, que no sale en la foto, era casera, no comprada como se puede ver que era la “mía”. Recuerdo como me gustó su torta (al punto que hoy 34 años después, las tortas caseras, bizcochuelo y dulce de leche, básicas, sencillas, son mis preferidas) y como me desagradó la mía (comprobación que en la infancia es imprescindible la lógica binaria).
Finalmente, vinieron los regalos. Una suerte de aparición del azar. Venían regalos para él como para mí, los dos cumpleañeros, tan iguales como distintos. Le tocó un reloj, lo desee tanto como había deseado que se cumpliera que mi torta tuviese a los jugadores de Boca, mi club, y no los de nuestros antagónicos.
Así como me sucede con las tortas, me sucede algo contundente con el objeto reloj. No los usó, los he usado muy poco en ciertos intervalos de la adolescencia.
Sin embargo, recién ahora voy asimilando algo, por esto mismo, tantos años después lo comparto, a partir de esta reflexión verbalizada. Creo que deseaba fervientemente el reloj, dada su relación con el tiempo.
Era el tiempo, que necesitaba para salir de la boca del cocodrilo que representaba el deseo de mi madre.
Papá no lo pudo o no lo quiso hacer, dado que esta es la función arquetípica de todo padre, según el psicoanálisis: Dice Lacan (1992): “Hay un palo de piedra por supuesto que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba. Eso es lo que se llama falo. Es el palo que te protege si, de repente, eso se cierra.”  

Boca para mí significa no sólo haber salido de la boca del cocodrilo del deseo de mi madre, sino también mi último bastión en donde no cedo, ni mi libertad, ni mi dignidad ni mi elección. Por más que me vean para ese afuera de la manera que crean, no siempre, se encuentra en línea, consustanciado con mi adentro, ni ratificatoria ni adversarialmente.
Concibo el poder desde esta conceptualidad, desde esta experiencia. Fue la primera gran tensión que enfrente, con cierta conciencia en mi vida, en desigualdad de condiciones y solo.  Casi cuarenta años después descubro que me sujeté a lo único que podría haberme dado la posibilidad de ser sujeto, el tiempo.
Soy el de la foto, el de las palabras, sin que eso sea óbice para tener siempre algo más, que de acuerdo a cómo transcurrimos en el tiempo eterno, va decantando, se va develando, se va constituyendo, sin que exista poder alguno que lo detenga.



sábado, 3 de noviembre de 2018

La democracia es lo indecible del poder.



“Lo que circula entre nosotros denominado como vacío, es lo indecible, sin representación para quien advino al lenguaje (sujeto)”. Levín, R. “Hacia un psicoanálisis de lo indecible”. (Psicoanálisis APdeBA - Vol. XXVI - Nº 2 – 2004. Pág. 339). Sí al principio fue el verbo, como reza en las sagradas escrituras, ante sin duda, en la cronología de la historia occidental, debió haber sido, el poema de las dos vías de Parménides que nos insta a que sigamos por lo que expresaba la diosa, voz de su poema: “Vías de indagación que se pueden pensar». La primera es nombrada de la siguiente manera: «que es, y también, no puede ser que no sea»; la segunda: «que no es, y también, es preciso que no sea». La primera vía es la «de la persuasión», que «acompaña a la verdad», mientras que la segunda es «completamente inescrutable» o «impracticable», puesto que «lo que no es» no se puede conocer ni expresar”. (Platón, Timeo I 345, 18–20 dos versos del poema de Parménides).
Claramente Parménides inaugura la vía de lo indecible. Sin embargo, desde su señalamiento, que bien pudo haber sido el prohijar una prohibición, lo que establece es la historia misma de todo lo otro que viene sucediendo con el fenómeno humano. Creyéndonos, desde Platón mismo, con su división entre el mundo eidético y el real, vía participación, habitamos lo indecible, con la firme convicción que las conjeturas que brindamos como palabra, como logos, como concepto, como posibilidad, nos hacen algo más certeros, más auténticos en la experiencia que nos podríamos dar de acuerdo a las atribuciones de lo humano, que implican libertad, felicidad, placer, vida y sus consabidos contrapesos de opresión, tristeza, goce y muerte. Semánticas del desequilibrio o nominalismos oscilantes, nada puede variar que allí donde no estamos es donde la eternidad se consagra. En el no lugar de la experiencia fallida es precisamente, desde donde venimos o hacia donde vamos, en este mientras tanto, que damos en llamar vida, una suerte de epojé o de parentésis homeopática, el entre abrevado entre cielo y tierra en donde transcurridos, es lo accidental, lo pasajero, mientras que aquello, lo inalterable, lo inescrutable, a lo que consagramos tanto temores, como esperanzas, es la razón de ser, de nuestra permanencia finita en este presente al que sólo le dedicamos palabras, que siempre serán escasamente vacuas, para llenar el vacío del que provenimos y hacia donde regresaremos.
Aquí es donde interviene el poder y el triunfo, dialéctico como flagrante de la democracia, como todo lo que nos puede brindar a una comunidad dada, sin que nos cumpla siquiera lo mínimo, lo elemental o lo básico. De todas las formas de organización política que hemos experimentado, no salimos de las mismas, por vía consensual, razonada o bajo la lógica en que previamente nos mantuvieron tras sus normas o prerrogativas. Con esto queremos expresar que es imposible el ansiar, el desear una democracia democrática o que se guie o manifieste bajo tales parámetros.     
Sí en la ambivalencia de lo humano, entre lo agonal de las fuerzas que pugnan, sean como pulsiones de vida o muerte, de verdad y mentira, de esto y lo otro, o las contraposiciones que fuesen, la democracia plantea en la actualidad, la versatilidad conjetural de hacernos creer que el poder puede ser asimilado, maniobrado, manipulado con razón y por sobre todo emoción humana e ilusamente con amor, verdad y justicia.
El pliegue, el borde, por donde, asoma el desborde lo democrático, es de acuerdo a la mayoría de las apreciaciones teóricas e intuitivas, el movimiento, el giro o la disrupción de lo femenino, una suerte de mare magnum, en donde todo parece girar alrededor de la vulva o de la vágina, como siglo atrás, el hombre (en su sentido genérico) giraba desde la hendija del falo.
Podríamos añadir entonces la siguiente apreciación; sí la ley es el padre, el deseo de la madre es la transgresión. “Desde Freud, inventor del psicoanálisis, la maternidad se inscribió como un síntoma de las mujeres, un modo particular de ellas de hacer con la falta. La lógica freudiana para las mujeres parte del no tener el falo, encontrando en el hijo su equivalente. Entonces, ellas se completan o se sienten completas teniendo niños. A partir del psicoanalista Jacques Lacan, el niño no ocupa tanto el lugar del falo de la madre, sino el lugar del objeto que causa su deseo, un objeto de satisfacción no representable, carente de significados, y que escapa a la imagen y al Ideal. De modo que, el lugar del niño en el deseo materno se emparenta con los objetos pulsionales: la voz, la mirada, la caca” (Graciela Giraldi, Psicoanalista. Notas escritas una mañana cualquiera, a la orilla del río Paraná, 2015, Rosario.)
El poder, como lo pulsional por antonomasia de lo indecible de lo humano, embarazó, nuevamente, a nuestra condición, y estamos en tránsito, en proceso, de ser a la vez, al unísono, concomitantemente, la parturienta, el engendrador y el gameto formado.
Nos vamos licuando, en deconstruir los principios mediante los cuáles comprendíamos los conceptos que otrora nos apaciguaban al brindarnos cierta precisión en explicaciones que creíamos o sentíamos como conmensurables, atendibles o que básicamente nos conformaban en un grado mínimo.
No nos tranquilizarán las mismas palabras, modos o dialécticas en las que nos veníamos desenvolviendo de acuerdo a los roles que nos fueron dados o que fuimos heredando.
Lo único cierto, e inmodificable, es que en este plano, desde Parménides, como desde siempre, la vía que pensamos que estamos transitando, no es precisamente la de la verdad o del conocimiento. Esa es de la que provenimos, hacia donde vamos siempre, al concluir esta experiencia de lo finito. En este mientras tanto, todo puede ocurrir, y estaremos más cerca de aceptarlo, es decir de manejarnos con ello, sí es que nos convencemos ( o confabulamos que es lo mismo, hasta tal vez lo sea suprimir y reprimir) de que toda la palabra, toda razón que se articule mediante ella, no puede dejar de traducir, de significar, de representar un beneficio para quién la plantea, y un perjuicio, velado, oculto, por ende engañado o engañoso, para todos aquellos a quienes necesite convencer o persuadir a los efectos de consumirles su fuerza, o cegarlos en su reacción. Esta es la razón por la cual la democracia posee sus horas contadas, el nuevo cuerpo en el que el envase del poder, referirá al fenómeno humano, tiene tras sí, otras formas, otras codificaciones y por ende, estipulará otros movimientos, otras manifestaciones.
Llámese como se llame (incluso le podrán seguir llamando democracia, o neodemocracia o democracia reformada) lo cierto es que ninguna organización de lo humano, podrá ponerle palabras, o un decir, al poder. Este seguirá siendo indecible. Salvo que se haga filosofía, pero para ello, antes que nada y por sobre todo, se debe poetizar. El único índice serio que manifieste un cierto “avance” en términos de calidad de lo humano, debe tener correlación en como tratan sus comunidades a sus poetas. Y tal como sucede con la política, desde Platón a esta parte, en relación al vínculo con nuestros poetas, estamos igual o peor que antaño.

viernes, 28 de septiembre de 2018

La inevitabilidad de la pobreza.


Psicoanalíticamente la falta no sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable. Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus social,  la asociación es inmediata y se cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político, escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o de la exclusión.
Hemos naturalizado, o mejor dicho tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que, adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.
El síntoma, es decir la manera, la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría.
La inevitabilidad de la pobreza, nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y que sólo tengamos,  medios, recursos, instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros los pobres o  marginales, en el mejor de los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.
La democracia se sostiene en la falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de completar tal falta.
La anemia democrática es en verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta, como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.
Cuando, ciertos informes estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”) que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.
La pobreza se nos torna, inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.
El problema de la pobreza, jamás puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número, esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo único  que nos preocupa de la pobreza es que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal calamidad,  cayendo en la trampa de creer que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni llenará, que no cubre la falta.
Insistimos la pobreza, en su inevitabilidad ya pertenece a  una suerte de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas” que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia .